50 años sin el “Che” Guevara

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René Sánchez García.

El día 9 de octubre de 1967, Ernesto “Che” Guevara de la Serna, fue asesinado en la localidad de la Higuera, Bolivia. Su cadáver fue expuesto en el lavadero del hospital Señor de Malta, situado en Vallegrande, con el propósito de “hacer patente su derrota y desalentar los brotes de insurrección en el continente americano”, pero sucedió exactamente lo contrario: “durante las siguientes dos décadas miles de jóvenes de campos y ciudades de América Latina abrazaron el ejemplo del Che e hicieron suyo el sueño revolucionario”. Bajo su inspiración, las guerrillas continuaron en la región y por muchos años.

Según sus biógrafos, analistas y documentos escritos, las últimas horas del guerrillero revolucionario fueron verdaderamente tristes, llenos de torturas, vejaciones, miedo y dolor. A tal grado que fue acribillado bajo varias ráfagas de disparos e incluso mutilado de sus dos manos. Si bien para el gobierno de los EEUU el Che representaba un peligro, para la CIA era el hombre más buscado por el peligro que representaba para la paz. No así sus pertenencias personales (carabina, cartuchos, reloj, altímetro, mochila, gorra, ropa, cuaderno de notas, bolígrafo, etc.) que fueron a parar a manos de jefes, oficiales y soldados bolivianos, quienes intentaron hacer negocios.

Durante años estuvo desaparecido el cuerpo de este famoso guerrillero, nadie sabía de su paradero. Fue hasta el año de 1997 que un cuerpo de profesionistas forenses de Argentina, localizaron, muy cerca del aeropuerto de Vallegrande (Bolivia) una fosa clandestina con 7 cuerpos, el cual uno de ellos no tenía manos ni tiro de gracia, lo cubría una chamarra verde olivo, dentro del cual había tabacos, “para los expertos cubanos y argentinos no había duda, eran los restos del Che”.

Siempre existieron mujeres muy de cerca del guerrillero, que lo acompañaron durante el mismo sueño revolucionario. Una de ellas fue Loyola Guzmán, quien durante todo el mes de enero de 1967 compartió café, planes de trabajo y sueños, quizá utópicos, pero sueños: “cambiar la sociedad que teníamos por otra con justicia social, libertad sin discriminación. En ese momento queríamos ser parte de una revolución socialista”. Ella, 26 años después (1993), regresa a la zona donde lo conoció, para participar en una película sobre el diario del guerrillero, dirigida por el cineasta suizo Richard Dindo.

El periodista estadunidense Jon Lee Anderson, uno de sus biógrafos más reconocidos, alguna vez expresó: “Creo que siempre tuvo la noción de héroe. De niño se nutrió de libros y biografía de héroes, y cuando estudió a Carlos Marx vio los problemas del mundo con los ojos clínicos de un legista, con la intención de curar el mundo de sus enfermedades crónicas”. Por ello afirma que es el héroe que se inventó a sí mismo. Sostiene que Ernesto Guevara, como joven médico recién egresado de una Universidad argentina, pensaba terminar en París escribiendo poesía, pero algo lo hizo cambiar y convertirse en hombre rudo y capaz de soportar las vicisitudes de una guerrilla. Pero fue la televisión quien también lo convirtió en un personaje famoso de la época, “pues representaba lo nuevo, lo enojado, el justiciero social y el revolucionario, en una época en la que el mundo apenas se acostumbraba a ver líderes históricos en las pantallas”. 50 años después, sigue encarnando aun el idealismo de la juventud que desconoce los límites y que reclama actos heroicos; pero también es verdad que el Che se convirtió en una mercancía consumista: “Toda la vida y complejidad del Che, para la mayoría de los jóvenes, han sido reducidas a su rostro, a la fotografía de Alberto Korda. Si tu te pones la playera del Che, quieres decir que eres inconforme. Hay cierta superficialidad en esto, pero en nuestra época consumista no tienes que hacer nada, sino vestirlo o presumirlo.

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