Aquel ropero

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DANIEL BADILLO

Intacto, sereno, como si las horas y los días se hubieran detenido en él. Tres cajones y un espejo en el que –orondo- me peinaba cuando niño para ir a la escuela “Enríquez”, en mi maravilloso Coatepec. Roberto y Guadalupe guardaban allí los tesoros más sublimes de mi infancia: un carrito eléctrico que me había regalado mi madre en una navidad y que giraba en círculos con sus luces de colores. Los relojes de El Veloz, los papeles importantes y galletas cuidadosamente conservadas en su caja. El ropero era una fortaleza y al mismo tiempo un baúl con miles y miles de recuerdos. Su olor a cedro lo recordaré por siempre ya que allí también guardaba un diccionario que me había regalado un amigo de Roberto que, de vez en vez, llevaba bolsas con tenis y zapatos que ya no usaba y que, junto con mis primos, nos poníamos para salir. He de reconocer que en muchas ocasiones –la mayoría de ellas- los zapatos eran grandes y mis pies nadaban.

Fue una infancia, como aquí lo he dicho, difícil y con enormes carencias pero colmada de felicidad. Corriendo y jugando en el solar lleno de plantas y de flores que se conserva intacto a pesar del tiempo. Escuchando día y noche el trinar de las aves de El Veloz, que nos dieron sustento y esperanza cuando niños. Caminando hasta el río de “La Marina” solamente para tirar piedras en él y darse un chapuzón. Si el ropero hablara contaría mil historias. Fue testigo, de generación en generación, de quienes llegamos por razones del destino a vivir a casa de Lupe y de Roberto. Huérfanos de padre. Una casa humilde que está rumbo al panteón. Su cocina era de tablas y el techo de láminas de zinc. Había un brasero en el que doña Lupe hacía tortillas de mano para vender. En estos días de frío, me sentaba junto a él y conforme iban saliendo las tortillas les untaba manteca y sal acompañado por un tarro de café.

Evoco aquel ropero porque hoy lo volví a contemplar. Impávido. Inmóvil. Los años no han hecho mella en él. Conserva el mismo color y el mismo espejo ahora ya translúcido. Huele igual que cuando niño. Ya no tiene galletas ni el carrito eléctrico. Se encogió y yo crecí, porque solía verlo hacia arriba y parecía un gigante con sus cuatro patas. Junto al ropero está una mecedora que mi hijo Mario le regaló al Veloz. Entro a la habitación sin hacer ruido. Veo a Roberto profundamente dormido en el sillón. Detrás de él, custodiando el sueño del amigo de las aves, está el ropero. Me quedo en silencio unos minutos. Veo al Veloz. Disfruto su paz, su cabello blanco y sus manos enlazadas entre sí. De repente sus ojos se abren como ventanas grandes. Una sonrisa lo despierta del letargo. El ropero, una vez más, es testigo del encuentro.

POSDATA:

 

Se ha ido un gran maestro. Ignacio Oropeza López fue un catedrático excepcional. Quienes tuvimos oportunidad de ser sus alumnos en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana podemos dar cuenta de su compromiso con la formación de cientos y cientos de jóvenes periodistas. Que descanse en paz este gran hombre. Un abrazo solidario a su familia y amigos. Gracias maestro donde quiera que esté.

mariodanielbadillo@hotmail.com

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