El destino existe

 

Por: José Ramón Flores Viveros

 

El siguiente pensamiento lo tome del libro de Carlitos Páez, titulado “Después del día diez”, que me enviara recientemente  de  Montevideo, Nilda Martínez Laguna, madre del periodista uruguayo Ramiro Priscal. El libro es una joya, jamás y nunca había leído  un libro tan estremecedor y apasionante. Páez fue uno de los 16 sobrevivientes que permaneció durante 72 días en la Cordillera de los Andes, de aquel accidente aéreo que estremeció al planeta y que para poder sobrevivir, tuvieron que comer la carne de los muertos en el brutal impacto del avión con los macizos de los Andes.

Le agradezco a Nilda este significativo presente, que me ha vuelto a sacudir, tal y como sucedió aquel –paradójicamente- viernes 13 de octubre de 1972, tenía yo entonces 15 años y apenas dos meses después, subí con mis amigos de barrio al Cofre de Perote. Carlitos Páez cuando el brutal accidente tenía 18 años de edad , en el inicio del libro pone un pensamiento que me encanto y que es un reflejo profundo del poder insólito del alma y el espíritu que todo ser humano , trae inscrito en  el interior y que la mayoría de las veces ni siquiera nos damos por enterados.

“Empieza por hacer lo necesario, luego lo que es posible, y de pronto te encontraras haciendo lo imposible”, el autor es San Francisco de Asis.Este pensamiento me hizo recordar a los conquistadores de lo que la mayoría etiquetamos como imposible, o que casi siempre- y lo digo por mi principalmente- antepongo a siempre la palabra “pero”, en lugar de decir “por qué no”.

Nilda me envió dos libros relacionados ambos con los sobrevivientes de los Andes, todos de origen uruguayo, de Montevideo. Me encuentro leyendo apenas el de Carlitos Páez, mis impresiones han vuelto a ser casi las mismas, que en aquel año de 1972, Carlitos minutos  antes de la catástrofe, le había tocado ventanilla y contemplaba embobado la maravillosa Cordillera Andina, la mas larga del planeta, entonces su compañero de asiento Rafael Echavarren  a quien apodaban el “Vasco”, le pidió que lo dejara cambiar de lugar, para sacar unas fotos de los Andes para su novia, Carlitos no quería, aunque fue tanta la insistencia del “Vasco”, que terminó cediendo. En el impacto del avión, la muerte del “Vasco” fue fulminante. Rafael no era miembro del equipo de rugby, y solo unos días antes de que saliera la expedición rumbo a Chile, después de mucho tiempo de no verse, había pasado a saludar a Carlitos a su casa, y fue como Páez lo invito a sumarse al grupo. El destino caprichoso, hizo su trabajo de manera misteriosa y macabra. “Ricardo Strauch, en cambio no tuvo la misma suerte. Su padre le exigió como condición ineludible para la autorización que se cortara el pelo. Si no lo hacía, no recibiría el dinero que necesitaba para viajar. Ricardo no quería despedirse de su melena, de modo que una noche lo acompañe al casino a jugar a la ruleta rusa para ver si el azar lo favorecía y le proporcionaba la plata que su padre le negaba. Lo que sucedió era previsible: en casos semejantes, cuando se trata de situaciones extremas, el azar no suele responder con benevolencia, de modo que lo perdió todo. No me explico como antes pude haber dicho que el no tuvo la misma suerte. No hizo el viaje, de modo que es posible afirmar que su negativa a cortarse el pelo lo salvo de la muerte. O, al menos, de la odisea que, hasta que nos rescataron sufrimos quienes continuamos con vida”.

“Había un quinto amigo, Gilberto Regules, el Tito, pero el no viajo, debido quizás que una vez más el destino leyó al pie de la letra lo que ya estaba escrito. La noche que fuimos al casino, Tito estuvo con nosotros y termino con una borrachera fenomenal, de modo que al día siguiente no se despertó a tiempo y perdió el avión que salía temprano por la mañana. Yo quise ubicarlo antes de partir, intente llamarlo por teléfono a la casa para que se levantara y fuera lo más rápido posible al aeropuerto, pero no pude lograrlo. Empecinado en hacer el viaje de cualquier modo, dispuesto a encontrarse con sus amigos para divertirse con ellos en Santiago, Tito, finalmente ya liberado de los vapores del alcohol, tomo un avión de línea que, por supuesto le costó mucho más caro, y nos esperó en la capital chilena. Nunca llegaríamos a encontrarnos”.

Saludo con mucho afecto al matrimonio amigo de toda la vida Silvia Ruiz y Vicente Montero Domínguez, quienes se mostraron muy agradecidos por la columna dedicada a Doña Ana Domínguez Pérez, también al ingeniero Vicente Fuentes Libreros. Lo que hice fue solo un merecido homenaje para su suegra y mama. Doña Ana ya está con mis amigos entrañables y también fallecidos, con sus hijos Adrián y Mario Montero Domínguez, el dúo dinámico para los cuates, “Batman y Robín”.

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