La cosecha

 

 

Rafael Rojas Colorado

rafaelrojascolorado@yahoo.com.mx

 

 

 

 

Al canto de los gallos en su mansión Evangelina despertó. Inmediatamente corrió las cortinas de la ventana. La penumbra acababa de sepultar a la noche y, frente a sus ojos, la belleza del alba anunciaba un día maravilloso para las tareas del campo. Para entonces, su madre había regresado del molino de nixtamal con la masa para el bastimento.

A las siete de la mañana, Evangelina y su madre, la señora Nieves, caminaban a toda prisa a lo largo de su barrio; llevaban consigo un tenate, lona de manta y, colgado al hombro, el morral de yute con el bastimento. Poco más tarde viajaron en un carro de redilas, propiedad de don Federico Torres, hacia las extensas fincas de café. Los campesinos, apretujados entre sí, se daban calor unos a otros para mermar el frío de la mañana. En la diaria aventura disfrutaban su condición, encomendándose fervorosamente a Dios. Cruzaron los verdes cañaverales que rodean Mahuixtlán y las besanas de los Olvera, serpentearon cerros y largas rodadas hasta llegar a su destino.

El encargado de la finca, hombre espigado, manos ásperas y rostro tostado por las quemaduras del sol, reflejo de la rudeza del campo, colocó una hoja de mata de plátano, indicando el surco donde va la mano. Evangelina y su mamá movieron la marca tres surcos cada  quién, disponiendo almorzar antes de comenzar su labor. El bastimento consiste en tacos de frijol  y extendidas de salsa; las comparten con sus compañeras al igual que algunas ocurrencias. Ningún campesino lograba esconder la felicidad porque –decían entre ellos– “la mancha estaba rete buena”. Efectivamente, las matas se doblaban por el peso de tanto café cereza, amenazando con reventarse de maduro.

A las doce, Evangelina llenó la primera lona de manta, a la cual le caven treinta y cinco kilos aproximados. Solicitó a Melesio que se la amarrara y la llevara al rancho, de favor. Minutos después de marcarla, Melesio regresó, y su amiga, en agradecimiento, le preparó un pico de gallo; y hasta se hicieron compadres al partir un café cuate que la muchacha encontró en la primera mata del segundo surco: una vieja costumbre entre campesinos.

Sentados bajo la fresca sombra de un chalahuite, Evangelina y Melesio paladeaban el típico platillo compartiendo amena plática, mientras el tiempo transcurría con rapidez. Pronto llegó la hora de buscar leña para hacer la lumbre y calentar el bastimento. Buscaron una melga para ello. Con una pequeña vara afilada de la punta Evangelina volteaba los tacos que se doraban en las vivas brazas de la fogata, cuyo humo les enrojecía los ojos. Cuando Evangelina terminó de comer sólo una idea laceraba su mente: recuperar a toda costa los minutos perdidos. Melesio le acondicionó un pequeño gancho amarrado a un mecate; la joven lo aseguró a su cintura y con el mencionado garfio de madera sujetaba y acercaba las ramas permitiéndole cortar el café a dos manos.

A las cinco de la tarde el mayordomo gritó por vez primera: “ya vámonoooos, vámonoooos”, anunciando que la jornada de trabajo había llegado a su fin. La mayoría de los cortadores, con lona y costales al hombro, comenzaron a desplazarse por todas las veredas que conducían al rancho con el producto del día. Se escuchaba el crujir de las hojas secas cuando las pisaban.  La estampa exhibía el folclor del campo. Evangelina no prestaba atención a los llamados del encargado, continuando arduamente su trabajo en medio de la prodigiosa cosecha. Varios minutos después del tercer y último grito la joven vació el contenido de su tenate con el que completaba una lona más. Melesio siempre se encontraba cerca de su amiga, dispuesto a cargarle la lona de café.

Veinte minutos más tarde un costal de yute estaba suspendido de la báscula romana de pilón, al tiempo que la voz grave del administrador dictaba al apuntador: “Evangelina Solís cortó ochenta y dos kilos”. Ella esbozó una sonrisa de satisfacción. Parte del café lo entregaban en el beneficio del señor Juan Martínez, en El grande; y el restante, en el benefició de la Agrícola.

El sábado, a la una de la tarde, finalizaba el trabajo de la semana. La algarabía siempre era desbordante entre la gente de campo, formulando sus planes para esa tarde que se tornaba en un día de feria. Derrochaban parte del ingreso de la semana.  El color del folclor exhibía su color en las calles empedradas de aquel pueblo de magia. Los campesinos formados en fila india en las casas de los cafetaleros iban esperando turno para recibir la raya de la semana. Singular aquella romería campesina.  Evangelina presumía su belleza: los labios pintados de rojo carmesí, un vestido floreado a la rodilla y un rebozo negro con dibujos blancos a la mitad de los hombros. Melesio, quien la amaba en secreto, aprovechó la oportunidad invitándole una nieve en el kiosco. Desde la mesita en la que paladeaban su helado, a cierta distancia, miraban la rueda de la fortuna. Más tarde llegó la señora Nieves para hacerse acompañar de Evangelina; comprarían el recaudo de la semana. Mientras tanto, Melesio, preocupado, aprovechó para recorrer la cantina de don Lauro, la de Memo, Rosita y la central, en busca de su hermano, acostumbrado a embriagarse cada fin de semana hasta perder el conocimiento.

Melesio anhelaba mejorar su condición económica e iba madurando la idea de que, durante la época de la guayaba, solicitaría una oportunidad para aprender en los talleres de Filiberto Barrera el oficio de mecánico en maquinaria para el proceso del café. Parte de esta industria se encontraba esparcida en los talleres de Montes, Aguilera, Orea y otros; sólo entonces confesaría sus nobles sentimientos a Evangelina, quien anidaba pensamientos similares: se imaginaba despachando en la tienda de don Eulalio, que flanqueaba el umbral del mercado rebolledo.

Durante la mañana de aquel domingo, Melesio hizo realidad un viejo sueño: ducharse en los baños de vapor de don Antonio Maldonado; fue un lujo que disfrutó al máximo. Al llegar a su casa se sentía relajado. A temprana hora se fue a la cama; durmió tan profundamente que no se percató del fuerte aguacero que  azotó al pueblo durante toda la noche.

El lunes por la mañana, doña Nieves y Evangelina sufrieron una de las mayores incomodidades del campo: al jalar las matas para cortar el prodigioso fruto, el agua contenida en las hojas del cafeto les escurría a lo largo de los brazos hasta las axilas, erizándoseles la piel a causa del escalofrío. La humedad de la finca la disfrutaban con verdadero gozo a través del canto de los ruiseñores, las calandrias y las primaveras. Todo lo que allí respiraba aspiraba el fresco perfume del celestial verdor que se extendía a larga distancia.

Los días siguieron su curso entre el chipichipi, la lluvia, el frío, la niebla y el sol. Con cierta tristeza los campesinos recolectaban la última pepena de la cosecha: la mancha sólo quedaba en el recuerdo; les dolía en el alma. Al menos consiguieron formar un pequeño ahorro para enfrentar las necesidades de la guayaba.

Aquella tibia mañana, a través de la ventana de su casa, Evangelina miraba extasiada –como si de jazmines se tratara– la primera floreada de mayo, augurando la más fructífera cosecha de los últimos años. De pronto, una voz amorosa la despertó de su sueño, volviéndola a la realidad: era su esposo, el más rico cafetalero de la región; llevaba en la mano dos boletos de avión; en breve partirían a Europa para promover el arábigo.

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