La Sociedad de la Nieve

Por: José Ramón Flores Viveros

 

Les deseo seguir compartiendo esta historia insólitamente cruda y dramática de los 16 sobrevivientes de los Andes.

Del libro con el mismo título, que me fue enviado desde Montevideo.

                          Moncho Sabella.

Si hay una constante en los setenta y dos días en los Andes, y una constante que se mantuvo cuando regresamos  a la civilización, es esa frase de nuestras abuelas de que “el diablo no duerme”. Y como nunca duerme, hay que estar alerta. Hablo del año 72 y del presente.

Yo era el que menos probabilidades tenía de sobrevivir. Era el más delgado de todos, muy bajo, con veintiún años .Tenia pocos amigos en el grupo porque venia del colegio Sagrado Corazón y no del Stella Maris- Christian Brothers, sufría bronquitis crónica y padecía mal de altura. Pero como a tantos les sucedió, fui conociendo gradualmente el poder que la mente ejerce sobre el cuerpo.

Todos los rugbiers  pesaban más de ochenta kilos, puro musculo, mientras que yo pesaba menos de sesenta. ¿Por qué me salve? Primero porque nunca, salvo el día del alud, dude de que saldría con vida. Luego porque regule adecuadamente el gasto y la reserva de energía, y en tercer lugar porque aprendí desde el primer momento que nos salvábamos si manteníamos la humildad.

Desde el primer día aprendí, también, lecciones básicas, más elementales, como que el ser humano se adapta a todo. A lo bueno y a lo malo. A vivir en un palacio, completamente olvidado del sufrimiento de los demás, o a cohabitar en medio de cadáveres, viviendo en un féretro de metal, como era el fuselaje.

Yo estaba muy solo, no conocía íntimamente a ninguno, vivía en el Centro, y ahí la mayoría era de Carrasco. Y a las que más conocía habían muerto o estaban muy heridos, como el Vasco. Al principio miraba a mis compañeros de tragedia y sentía miedo. Llegue a pensar que podían llegar a matarme. Al fin y al cabo mi temor inicial no era tan descabellado: ocurrió  con el barco Dolphin en 1759, cuando mataron a un español, o en 1765, cuando el barco ingles Peggy quedo a la deriva, sin ningún alimento. Primero mataron a un esclavo para comérselo, y luego sortearon quien sería la víctima, que recayó en un tripulante. Paso la noche esperando que lo mataran al amanecer, pero al alba los encontró un barco y se salvó, aunque perdió la cordura para siempre. En un eventual sorteo como el del Peggy, yo tenía todos los boletos.

Sentía miedo: ¿estos tipos no serán capaces de matar para sobrevivir? Muy poco después me di cuenta de cuan equivocado estaba. El grupo no solo no era agresivo, sino que era el más afectuoso que he conocido en mi vida. ¿Cómo pude pensar semejante desatino? Solo tengo una respuesta: … Continuara.

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