La sociedad de la nieve

 

Por: José Ramón Flores Viveros.

 

 

 

El milagro humano es este: cuanto más compartimos más tenemos.

                       Leonard  Nimov.

 

Roberto Canessa.

Abandonados.

 

No sé si hubo algún científico loco y maldito que dijo: en lugar de poner cobayos, pongamos  seres humanos en el hielo. Que sean jóvenes para que resistan más y no se mueran con las enfermedades que traen consigo. Quitémosles el oxígeno del aire para que se tambaleen y alucinen. La mayoría serán universitarios, para ver si se las pueden ingeniar, para ver cómo se organizan, como operan en equipo, como planifican y resuelven creativamente los problemas. Pongamos deportistas, y veamos si son capaces de resistir setenta y dos días, mientras tres y luego dos de ellos intentan caminar diez días sorteando el abismo, trepando la montaña hasta llegar a los valles. Vamos a descubrir en este laboratorio siniestro como se forma la sociedad de la nieve. Para ver hasta donde resisten, cuanto pueden soportar. Si resistieron hasta aquí, ateridos de frio, al borde del pánico, pues agreguemos otra trampa, mas cual todavía, más humillante si se puede, para que desciendan al fondo mismo de los abismos, y cuanto más hondo, siempre peor..

Lo más perverso de ese experimento es que puedo decir lo que pensaba ese cobayo, sometido a semejante escarmiento. Yo y los otros quince que sobrevivimos.

La prueba es más siniestra todavía porque podemos observar como el cobayo experimenta, por ensayo y error, como se  equivoca, como se encuentra la casilla errada y llena de esperanzas cree vislumbrar la salida, cree escuchar los aviones de rescate, pero es un espejismo. Lo vemos subir al sur y casi muere agotado, casi queda ciego; baja al este y casi se congela. Que aprendan de sus errores con la peculiaridad de que siguen probando, porfiados, no desfallecen, continúan moviéndose, aunque sea para el lado equivocado.

Sigamos humillándolos, tensando la cuerda  hasta lo impensable. Que primero comiencen a comer los músculos de los cadáveres y luego se vean obligados a seguir con las vísceras, hasta que deban abrir los cráneos a hachazos para llegar al interior del cerebro.

En la sociedad de la nieve los códigos eran completamente diferentes a la sociedad de los vivos, donde lo que se apreciaba no era algo material, sino intangibles como ser todos iguales,  pensar en el grupo, ser fraternos, prodigar afectos o abrigar iluciones.Por eso  lo que más quiero en la vida es rescatar esa sociedad  de la montaña, ese experimento de comportamiento humano único que funciono en base a los cinco conceptos más sencillos, que puedo imaginar: equipo, persistencia, afectos, inteligencia y, sobre todo, esperanzas. Pero para reproducir el modelo debo conocer sus claves, desentrañar sus misterios.

No puedo imaginarme pobreza ni humillación mayor que la que vivimos en la montaña. Pero regresamos de la muerte y aquí estamos. Pregunten que les contamos. Hay muchos que hoy están escalando sus cordilleras, y nosotros podemos prestarles los zapatos que nos ayudaron a salir de la emboscada.

Volvimos a la sociedad convencional pero lo hicimos valorando la vida en una forma diferente, sabiendo que un vaso de agua puede equivaler a varia horas de ardua tarea para fundir la nieve con los rayos del sol que se cuelan entre las nubes. Que cualquier trozo de pan viejo es infinitamente mejor que lo que teníamos que comer en la montaña, que el colchón más duro y roñoso es mucho más mullido que el piso de metal roto y abollado de un fuselaje congelado. Y  que si tengo esos elementos, soy una persona rica, tengo lo necesario para vivir y el resto depende de mí, porque en cualquier momento se te cae el avión y entonces te das cuenta de todo lo que tenías y lo que perdiste.

El mundo nos pensaba muertos y tenían fundamentos. Pero íbamos a intentar volver, y si lo lográbamos, le pediríamos a la sociedad que nos dejara entrar. Y  de repente aparecimos entre la bruma.

Tomado de “La sociedad de la nieve”, de Pablo Vierci, que es la historia de los 16 sobrevivientes de los Andes.

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