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A la Ciudadanía:

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CARTA ABIERTA

A la Ciudadanía:

Si algo nos caracteriza como seres humanos, es la preocupación por los otros, sobre todo por quienes menos tienen. Esta es la razón de ser de la política. Sin esta base moral, las pugnas entre grupos, partidos y caudillos solo son luchas que buscan el poder por el poder: el poder para servirse a sí mismos.

Desde niños, soñamos con lo que nos gustaría dedicarnos en el futuro. En mi caso, siempre me llamó la atención la política. Esta causa la aprendí de mi abuelo materno, Salvador Díaz Villar, originario de La Comunidad de las Puentes, Coatepec; un hombre de buen corazón que trabajó por su comunidad. Fue obrero en la Fábrica de Hilados y Tejidos la Purísima, Regidor de Coatepec y Columnista de la Revista Siempre, que me enseñó una herramienta fundamental para conectar con las personas: la oratoria.

Conforme fui creciendo, mi gusto por hablar ante el público se fue retroalimentando con las experiencias de mi comunidad. Asistía con mi madre, Profesora de Primaria, y mi padre, Carnicero, a eventos políticos, sindicales y sociales, lo cual me permitió conocer las luchas de la clase trabajadora que vive al día, que sueña con impulsar las posibilidades de sus hijos. Esto me amplió el panorama, pero, sobre todo, me hizo darme cuenta de que hay gente sufriendo por situaciones innecesarias, como la falta de escuelas, de clínicas equipadas, de mejoras en los caminos, las cuales debían haberse resuelto años atrás. Con estas ideas en mente, fue en 2003 que, con unos amigos, me decidí a formar un grupo de labor social. Queríamos aportar nuestro granito de arena para mejorar nuestra realidad más inmediata. Como suele pasar cuando alguien alza la voz desde la sociedad civil, las acciones que hicimos llamaron la atención de algunos partidos políticos que me invitaron a participar en sus filas. Me surgieron miles de dudas: ¿será lo correcto entrar a algún partido? ¿Podré defender mis ideas a pesar de ello? ¿No será mejor cambiar al país desde otros colectivos? Sin embargo, nuestras leyes aún estructuraban a una política orientada hacia los partidos (pese a las reformas recientes, en la práctica sigue siendo así), por lo que un poco de realidad me hizo aterrizar mi decisión final: si quería impulsar un cambio significativo en la vida pública, tendría que hacerlo desde las instituciones oficiales. Tras sopesar varias opciones y con la orientación y respaldo de mis padres que me han apoyado en todas mis decisiones, acepté la invitación que me hizo el Revolucionario Institucional, pues en su momento me parecieron plausibles sus documentos básicos, los cuales tienen una base histórica y social sólida. 

Después de 12 años, tuve la oportunidad de ser suplente a la Diputación Federal por el Distrito de Coatepec, pero es hasta 2018 cuando encabecé ya la candidatura y, quizás, en el peor momento de la historia del PRI, pues el sentir de la gente estaba trazado hacia otro camino. Sin embargo, caminar como candidata ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. Aunque ya conocía a todos los municipios que integran al distrito, entré en contacto con la gente para conocer sus necesidades y sobretodo su sentir, con el objetivo de llevar su voz hacia la Cámara Baja.

Desde que inicié campaña, sentí el rechazo de la ciudadanía. Escuchaba a menudo frases como “ya estamos cansados de lo mismo”; “su partido no ha hecho nada por el país”; “en el PRI hay pura corrupción”. Y a pesar de argumentar que no todos somos iguales, pidiendo la oportunidad de servir, viví violencia política en diversas formas, directa e indirecta. Eso no impidió seguir caminando por ese sueño, el cual había anhelado desde niña.

Como es sabido, los resultados no me favorecieron y aunque mi estado de ánimo no era el mejor, en mi interior me reconfortaba pensar que se escuchó la voz del pueblo, exigiendo justicia y mejores oportunidades para todos.

Tres años después de esta experiencia, veo en retrospectiva y reafirmo que el problema no son los partidos políticos, sino algunas personas, no todas, que, con su afán de poder, olvidan ayudar al prójimo. A pesar de muchas decepciones al interior del partido, sé que hay gente valiosa no solo en él, sino en todos los que quieren que a México le vaya bien. Estas personas siempre están combatiendo contra los que se sirven con la cuchara grande y fingen ser buenos samaritanos.

Esta situación casi no es señalada en lo público. Se piensa que los partidos son homogéneos, que sus integrantes piensan igual y no cuestionan los errores, pero eso está lejos de ser verdad: hay quienes nos enfrentamos a los que solo quieren el poder por el poder, a los que quitan espacios a los nuevos liderazgos y que tienen una agenda propia, ajena a lo que exigen las mayorías.

Hoy escribo estas palabras, con la frente en alto, para comunicar que es momento de cerrar un ciclo y comenzar otro. Acepté la invitación que me externó el Partido Revolucionario Institucional en su momento, y agradezco a quienes me apoyaron en mi corta carrera política. Comulgo con muchas ideas de los documentos básicos y cuestioné prácticas que distaban de la lealtad a la que le debemos al pueblo, pero algo que no puedo aceptar de la dirigencia actual es permitir una alianza con el Partido Acción Nacional. Trastocar ideologías para cumplir objetivos puramente pragmáticos es solo una muestra de la desesperación de quienes ven a la política como un mero negocio; de quienes buscan el poder por el poder.

Por ello, he tomado la decisión, junto con mi esposo, de comenzar un nuevo proyecto, y será desde el Partido Verde. Aceptamos unirnos a este partido porque nuestra misión sigue siendo el sumar, construir y trabajar por la transformación de Coatepec. Porque si somos leales no es a una persona o a una minoría reducida que controla algún u otro partido. Nos debemos al pueblo, y a ellos reafirmamos nuestra lealtad.

Decidimos aceptar la invitación del Partido Verde porque nos han dado la libertad de opinar, de sumar a personas valiosas, de impulsar a hombres y a mujeres que al igual que nosotros, tienen los mismos sueños y anhelos, sin responder a grandes cúpulas ni intereses personales. Esta libertad política no la había tenido desde hace tiempo.

Vivimos momentos difíciles. La ciudadanía quiere servidores públicos comprometidos. En medio de esta crisis, es tiempo de valorar más la vida, a la familia, a la naturaleza. No pospongamos un país sustentable solo para imponer una agenda personal a los demás. No sé qué nos depare el destino, pero vivo con Fe y Esperanza en un mejor futuro, al lado de las personas que me encuentro en mi vida cotidiana, haciendo política sin descalificaciones, con propuestas y por supuesto, entregando el corazón.

Sinceramente,

Linda Rubí Martínez Díaz