Hace diecisiete años tomé tus manos. Te acepté como mi esposa y me entregué a ti como tu esposo. Te prometí permanecer a tu lado en las alegrías y en las penas, ser tu compañero en la salud y en la enfermedad, amarte y respetarte todos los días de mi vida.
Pero aquel día tan esperado había comenzado meses antes, con un simple intercambio de letras en un correo electrónico. Lo que parecía una equivocación llegó a ser el milagro que nos permitió compartir la vida en este tiempo y en este espacio.
A trescientos ochenta kilómetros de distancia, fuiste llamada a una nueva misión de vida.
Ya no solo eras Dolores.
Te convertiste en Colores.
Y así, Él pintó mi vida, iluminándola con tus colores. Gracias por haberte confiado a mí. Sin merecerlo, me concedió la gracia de aprender a amarlo a Él a través de ti.
Abandonaste tu tierra y a tu familia para formar una nueva. Con confianza emprendimos el viaje juntos, nos subimos a una barca e iniciamos la aventura.
Comenzamos un proyecto de vida compartido. Tres años después llegó nuestro primer hijo; dieciocho meses más tarde, el segundo. Entre desvelos, preocupaciones y alegrías, fuimos descubriendo que el amor más que un sentimiento era una misión compartida.
Al paso de los años llegó la rutina. Navegamos por un mar sereno. Pero los mares tranquilos no forjan marineros; son las tormentas las que revelan la fortaleza. Son los vientos contrarios los que obligan a desplegar las velas. Las pruebas de la vida son las que nos hacen crecer.
Hace dos años y medio inició una travesía que nunca imaginamos recorrer.
Recuerdo aquella llamada: “En la noche, cuando regreses a casa, hablamos. Ya están los resultados. No son buenas noticias. Tenemos cita el lunes”. Me lo dijiste con la voz entrecortada, intentando mantener la serenidad. Un gran calor invadió mi pecho, mis ojos se llenaron de lágrimas. Era la noticia que tanto temíamos escuchar.
Mientras volvía a casa, repetía una y otra vez: “Debes ser fuerte”. “Tienes que darle ánimo”. “No la dejes verte llorar”. “Ahora tú tienes que sostenerla”. Pero la verdadera fortaleza no consiste en ocultar el miedo.
Nos adentramos en esta etapa afortunadamente nunca solos. Él estaba en la popa, “durmiendo” sobre un cabezal. También tuvimos muchos compañeros de viaje. Un grupo de hermanas, no de sangre, sino de vida, una hermandad nacida de la elección y del cariño. A nuestro lado navegaron amigas, vecinas, hermanos, familiares y, providencialmente médicos, enfermeras, psicólogas y tantos servidores que ejercen su vocación con amor y entrega.
Lentamente la enfermedad fue reclamando partes de ti. Las primeras quimioterapias se llevaron tu hermoso cabello negro, ese que admiraba al verlo suelto. Se atenuaron también tus cejas y pestañas, tan características de tu rostro. Y poco a poco fueron abandonándote las fuerzas; ya no eras aquella mujer incansable que parecía capaz de todo.
Tiempo después, se marchó tu pecho izquierdo. “Cumplió su misión”, me dijiste. En ese lugar quedó una herida que nunca cerró por completo, testimonio silencioso de la persistencia de aquella presencia dañina. Después vino otra cirugía y luego una nueva biopsia que reveló que la clasificación inicial había sido incorrecta.
Tras una tercera cirugía, tu brazo izquierdo dejó de responder, el derecho limitó sus movimientos y tu rodilla derecha fue dificultando cada paso. Entonces apareció el dolor, ese compañero indeseado que te acompañó hasta el final.
Y aunque tantas cosas te fueron dejando, todas quedaban eclipsadas por tu sonrisa, tu mirada, tu ánimo, tu generosidad y tu fe. La enfermedad fue agotando tu cuerpo, pero nunca logró doblegar a la mujer que habitaba en tu interior. Seguías siendo fuerte y muy valiente. Aún en medio de todo, encontrabas motivos para bromear y continuabas pensando en la necesidad de los demás antes que en ti misma.
Esa fortaleza era admirada por quienes te rodeaban. Muchos decían: “Qué bien se ve usted”. Ignoraban el esfuerzo que significaba levantarte de la cama, conciliar el sueño, soportar el dolor, las náuseas o retener alimentos. Ignoraban la batalla silenciosa que librabas cada día.
Aquella promesa pronunciada ante el altar no fue solamente una emoción, fue una decisión consciente, la decisión de seguir eligiéndote y caminar a tu lado, día tras día.
El pasado 11 de septiembre, concluyó nuestra travesía compartida y llegaste al puerto seguro, ese puerto que siempre sostuvo tu fe. Ahora duermes. Descansas en la paz de Dios.
Aún hay momentos en los que me parece escuchar tu voz. Al regresar a casa, todavía pienso en alguna anécdota que quisiera contarte o en alguna noticia que me gustaría compartir contigo.
Sé que habitas en presencia de Dios, donde ya no existe el dolor, donde el sufrimiento ha quedado atrás y donde ninguna enfermedad podrá volver a tocarte.
Y, sin embargo, sigues aquí. Te encuentro cada día en nuestros hijos. En sus palabras, en sus gestos, en su manera de ver la vida. Veo en ellos la semilla que sembraste con tanto amor: tus enseñanzas, tu ejemplo, tu generosidad y tu fe. Nada de eso murió. Todo eso seguirá dando fruto.
Hoy, con paz y confianza, elevo al cielo tu cita favorita y la hago nuevamente oración: “Dios dispone todas las cosas para el bien de aquellos que lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito.” Amén.
Gerardo Rivera Trujillo








