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CUANDO LA MÁSCARA SE COLOCA

Por Jennifer Rodríguez Pacheco

Fotografía Cortesía de Héctor Quintanar

El carnaval de Coyolillo fue una grata experiencia para mí, significó el encuentro con una tradición de un pueblo veracruzano que por primera vez visité. La comunidad se encuentra Actopan, a menos de una hora de donde yo vivo. El domingo 22 de febrero fue el último día de carnaval de esta comunidad afro mestiza, una fiesta que resguarda su memoria y su procedencia, cargada de historia y significado. El carnaval aparece como símbolo de libertad y alegría.

Anonadada por el encuentro, lo primero que llamó mi atención fue la presencia protagonista de la máscara de toro. A partir de ese momento fue imposible dejar de notarla. Durante todo el recorrido intenté descubrir su significado, o más bien, comprender qué busca definir dentro de la comunidad.

Ir al otro es intentar comprender su historia, su manera de expresar el sentido que lo acompaña, su identidad y aquello que desea comunicar. Este viaje significó precisamente eso para mí, y tuve la fortuna de conversar con la gente del lugar.

Acompañada de mis colegas periodistas, al llegar al parque nos encontramos con la presentación de los reyes del carnaval en las diferentes categorías: infantil, juvenil, de la tercera edad y, por supuesto, los reyes de la alegría. Entre batucadas, el pueblo se envolvía en un ambiente festivo. “Ni el aire detiene el ánimo carnavalesco”, decían los jóvenes.

Muy cerca de allí, conocí a un personaje muy importante para la comunidad de Coyolillo: Octavio López Zaragoza, maestro artesano con más de 50 años de experiencia fabricando máscaras. Nos contó que también ha enseñado a elaborarlas. Le pregunté directamente por el significado de las máscaras, – pues había de diablo, de mujeres, viejitos, y la icónica de toro-, él respondió que su significado provenía de la cultura del Congo, raíz de su descendencia. Lo mismo sucede con las vestimentas, las danzas y la comida; son manifestaciones culturales que la comunidad busca exaltar en el carnaval, una fiesta tradicional que comparten con apertura hacia los turistas.

Sin embargo, lo que más me interesó fue pensar en la transformación de la persona detrás de máscara. Básicamente, permite esconderse, entonces, es así como surge otra personalidad. Al momento de esconderse el rostro, hay una extroversión del cuerpo y de los deseos.

La máscara de toro, asociada a la fuerza y la virilidad, remite a un simbolismo instintivo. La figura animal es frecuente en los carnavales y suele vincularse con el cortejo y la fertilidad. No es extraño que estas celebraciones se caractericen por comportamientos desordenados o cargados de connotaciones sexuales.

Pero, en términos generales, la gente busca divertirse y expresar su alegría. Para una comunidad marcada por un pasado de esclavitud, la fiesta también es afirmación de libertad.

Los niños participan de esta celebración con entusiasmo. Sus vestiduras consisten en capas adornadas, hechas son retazos de tela y brillo; llevan máscaras de manera y cencerros pequeños, y gorros con flores de papel. Pero no todos los niños tienen la posibilidad de disfrazarse de la misma manera, pues ahora también se estila usar máscaras comerciales, de plástico y de cualquier personaje de la cultura popular, que poco tienen que ver con la tradición original

Dariel, un joven de 19 años, con el que platiqué, me comentó que ese factor hace que se pierda la tradición. Antes – me dijo- las familias se reunían para hacer sus propias máscaras, o iban a talleres importados por el maestro artesano Octavio. Aunque no está de acuerdo con los disfraces modernos, lo respetaba, porque también esas máscaras hacen sentir libres a los niños y jóvenes. Y este es el punto central, el carnaval es libertad. Y la máscara un incentivo más, no ser identificado, que nos sepan quienes son, desinhibe. 

Lo que observé en esta celebración, no fue únicamente un grupo de enmascarados a la batuta de las comparsas.  Vi personas que buscan comunicar sus deseos, no solo físicos, sino también sus aspiraciones. No solo de su pasado, sino también de los problemas del presente.

Al final del recorrido nos despedirnos de Celestina Zaragoza, quien nos recibió como anfitriona en su hogar.  No solo nos recibió a nosotros y a las familias visitantes, también abre las puertas a todos los amigos de sus hijos, quienes días antes preparan allí sus disfraces y elaboran flores de papel para los gorros. Además de ser una mujer cálida y hospitalaria, es maestra de prescolar en la comunidad. Me contó algo muy valioso de su profesión, pues ella fomenta la tradición con sus alumnos y su granito de arena es enseñarlos a fabricar sus propias máscaras de papel maché.

Por todo lo que estas personas me compartieron, comprendí que el carnaval es un recordatorio de su herencia, una manifestación de la alegría y el color de un pueblo de origen africano. Es, para ellos, uno de los legados más valiosos de su historia y también una forma de visibilización y reconocimiento como pueblo afrodescendiente.

Con mucho respeto, fui participe de la celebración. Yo también me coloqué una máscara, dejé de ser Jenny, una citadina, y me convertí en otra persona, en una observadora e interlocutora de otra

cultura. Y que cuando la máscara se coloca… la diversión comienza.