UN CAFÉ DESDE EL DIVÁN
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COMENTARIO DE “DERRETIR LAS ESQUINAS”

El pasado fin de semana tuve la fortuna de asistir a la puesta en escena que inaugura el recinto teatral “Estridentópolis” en donde la Compañía Titular de Teatro de la Universidad Veracruzana seguirá deleitando al público veracruzano de ahora en adelante. La obra inaugural se llama “Derretir las esquinas”, una obra de David Gaitán.

 

Asistí sin más información, sin más expectativas que las de pasar un buen rato de entretenimiento, abierto a recibir la puesta en escena cual si tuviera un lienzo en blanco en mi cabeza. Al arribar al edificio, ubicado en el Campus para la Cultura, las Artes y el Deporte de la UV, sentí una gran emoción porque al leer el nombre del lugar en letras plateadas, lo tomé como una declaración o una promesa que decía: aquí se viene a escandalizar lo cotidiano.

 

Y quiero decir que esta promesa se cumplió, en una obra sin diálogos, pero con un montaje magistral que con cada movimiento dejaba perfectamente claro que la verbalización es sólo una forma de comunicar pero no la única y, tomando a la risa como hilo conductor, nos mostró una serie de dilemas morales, sociales e individuales que nos invitan a preguntarnos: ¿qué representa la risa en la vida?

 

Desde mi formación como psicólogo no pude más que pensar que, así como cada persona tiene una forma particular de reír, rayando incluso en la ridiculez, tenemos formas únicas de ser y habitar el espacio. Y que la risa termina siendo una de las expresiones más genuinas de nuestra personalidad, como lo son los síntomas, actos fallidos y olvidos que dejan ver nuestros impulsos, emociones y pensamientos más profundos.

 

La risa, me parece, sirve como una atinada analogía que expone cómo cada persona puede perderse en sus emociones, realizando comportamientos poco convencionales o incluso inapropiados. Así como en la obra, donde las risas se asemejan a sonidos chuscos, incómodos, incontrolables, que no responden a ningún contexto externo aparente, en la vida real también hay conductas que no logran ser contenidas por el marco de lo “normal” o lo esperado. Lo risible, entonces, se transforma en signo. Se vuelve síntoma.

 

Tal es el caso que, cuando los personajes se pierden en la risa sin control, pueden ocurrir cosas atroces sin que la risa se detenga. Es decir, ¿qué tiene que pasar para que dejemos de reírnos?… o, mejor dicho, ¿qué tiene que pasar para que nos conectemos con la realidad?

 

El giro dramático que irrumpe en la escena —un cuerpo inerte cae— no solo corta las risas; congela el tiempo. En ese instante, la representación toca una fibra sensible del espectador: la interrupción de lo cotidiano por lo real. En términos psicoanalíticos, el goce (en este caso, la risa) se quiebra cuando aparece algo que no puede simbolizarse fácilmente: la muerte, lo irremediable, lo que no se puede devolver a la comedia.

 

Hoy en día, nuestra sociedad transita por un fenómeno deshumanizante, donde incluso el dolor ajeno puede convertirse en entretenimiento. Una persona que cae en la vía pública, alguien en crisis emocional al borde de un puente, se transforma rápidamente en contenido viral, en objeto de burla. Las cámaras de los celulares se encienden con más rapidez que los reflejos de ayuda. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿de qué nos reímos realmente? ¿Qué nos hace gracia? ¿Qué efectos tiene esa risa colectiva, esa distancia emocional que anestesia el sufrimiento del otro?

Desde la psicología social, estas formas de insensibilidad no son casuales. Son el resultado de estructuras culturales que refuerzan la desconexión afectiva y que, al mismo tiempo, castigan la vulnerabilidad. En contextos así, reírse de lo ajeno se vuelve una forma de defenderse de la angustia, de proyectar hacia afuera el miedo, la impotencia o la incertidumbre que no se sabe cómo nombrar.

 

Y desde la psicopatología, podríamos leer estas formas de risa como expresiones de lo que nos rebasa: como una descarga ante lo insoportable, como una vía de escape que, sin embargo, también puede devenir en síntoma. Freud ya lo advertía: el chiste, el humor, incluso la risa involuntaria, tienen funciones defensivas. Nos ayudan a tramitar lo que no podemos asumir del todo.

 

La obra Derretir las esquinas nos coloca, sin palabras, frente a este abismo. Nos recuerda que la risa puede ser alivio, pero también encubrimiento. Que lo que empieza como gesto espontáneo puede convertirse en rutina vacía. Y que, a veces, solo un acontecimiento traumático nos devuelve de golpe a la pregunta por lo humano, por lo compartido, por el límite.

 

Porque —y aquí retomo un punto esencial desde la psicoterapia— no hay cosa que nos nuble más el juicio que nuestras pasiones. No porque sean malas, sino porque cuando no son comprendidas, cuando no se elaboran, cuando no se ponen en palabra, tienden a desbordarnos. Por eso el análisis no busca controlar las emociones, sino darles un lugar. Porque sólo cuando se escucha al síntoma, es posible construir sentido y recuperar el vínculo con la realidad.

 

Finalmente, y sin afán de quemarles el final —o como se dice ahora, de spoilearles la obra—, me permito dejar una pregunta abierta, como quien al final de una taza de café deja el silencio para que se asiente lo compartido: Y a ti, ¿qué te quita la sonrisa?

 

Nos leemos en el próximo Café desde el Diván.

 

Paulo César Soler Gómez

Contacto: psoler@live.com.mx

Youtube: : https://youtube.com/@paulosoler