¿CÓMO LOGRAR CONVIVENCIA SANA CON LA TECNOLOGÍA?

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Agencia Reforma

Ciudad de México 26 abril 2026.- Especialistas coinciden en que el problema no es el uso digital en sí de niños y jóvenes, sino cómo se construye el lazo con dispositivos.

En un contexto donde crece la preocupación por el impacto de la tecnología en niños y adolescentes, especialistas coinciden en que el problema no es el uso digital en sí, sino la forma en que se construye la relación con estas herramientas.

El reto: usarla con criterio

Para Iván Chávez Peñaloza, consultor en tecnología y redes sociales, el punto central en la relación con la tecnología es el criterio. “El tema principal es tener criterio para poder seleccionar el contenido”, afirma en entrevista.

En ese sentido, propone una lógica activa frente a los algoritmos: educarlos.

“Hay que educar al algoritmo para que te mande lo que tú quieres”, explica, enfatizando la necesidad de filtrar información y privilegiar contenidos de valor.

De cara al futuro, Chávez advierte que aún falta avanzar en regulación y conocimiento. Considera necesario endurecer controles de edad y generar mayor corresponsabilidad entre plataformas y familias.

En un entorno donde el uso de la tecnología es irreversible, el desafío no es desconectarse, sino aprender a convivir con ella.

“La tecnología ya está aquí, entonces, como sociedad tenemos que encontrar un punto medio”, comenta el especialista en el uso de la inteligencia artificial en el contexto educativo.

Agrega que uno de los principales errores es sobredimensionar las capacidades de la tecnología sin considerar sus efectos a largo plazo.

Con 25 años dedicados a la educación y trabajo en prevención de cyberbullying, considera que existe una percepción generalizada de inocuidad.

“Pensamos que es inofensiva, que no nos va a traer más que beneficios”, señala, aunque subraya que pocas personas analizan “qué pasa al interior de la persona cuando está sometida de manera permanente o constante a estas plataformas”.

El foco de preocupación se acentúa en niños y adolescentes. Chávez alerta que el acceso temprano y sin supervisión es un factor crítico.

“Actualmente le damos al hijo el celular a los 8 o 9 años y el papá se lo suelta, y realmente ni conoce esas redes sociales”, afirma. Por ello, insiste en que el acompañamiento adulto es indispensable: “Que el papá esté atento, que el papá sepa a qué accede el hijo”.

Más allá de la supervisión, plantea la necesidad de establecer límites claros.

“Si el hijo está sobrepasando los límites del horario de dormir, quiere decir que el papá no está siendo lo suficientemente responsable”, advierte.

Asimismo subraya la importancia del ejemplo. “Es imposible que el papá le diga al hijo ‘no uses las redes sociales’. pero el mismo papá está colocando información privada en las redes”, alerta.

Sin embargo, el especialista rechaza una visión completamente negativa. Reconoce que las plataformas también pueden ser aliadas del bienestar.

“Nos vamos a encontrar también con contenido que puede ser relevante”, explica, desde herramientas educativas hasta recursos para salud mental o desarrollo personal.

Incluso, señala que algunos jóvenes recurren a la inteligencia artificial para procesar emociones, aunque matiza que esto debe tomarse “con pinzas” y no sustituye la atención profesional.

Florecer en lo digital

En medio de las alertas crecientes sobre los efectos negativos de la tecnología -particularmente entre jóvenes-, surge un enfoque que busca equilibrar la conversación: el florecimiento digital.

Más allá de advertencias sobre adicción o ansiedad, expertos plantean que la relación con lo digital también puede potenciar el bienestar, si se gestiona de forma consciente.

Epifanio Sánchez, especialista en bienestar organizacional, considera que el punto de partida es claro: la tecnología no desaparecerá.

“Las pantallas ya no nos las vamos a quitar. Sí, es algo que va a estar omnipresente y que irá evolucionando”, afirma.

Desde esta premisa, propone distinguir entre bienestar y florecimiento digital. Mientras el primero implica evitar efectos negativos, el segundo apunta a un impacto positivo profundo.

“Cuando dejo de sufrir es porque alcancé un bienestar digital, pero cuando empiezo a florecer, cuando tengo un impacto muy positivo en mi humanidad, en mi calidad de vida, ahí estamos hablando de florecimiento digital”, explica.

El debate cobra relevancia en el contexto del Reporte Mundial de la Felicidad 2026, que subraya el papel de la tecnología en la vida cotidiana. Sánchez retoma sus datos para advertir que el impacto no es homogéneo entre generaciones.

“Los Z y los millennials superan por mucho los niveles de interacción digital, mientras que generaciones mayores muestran más altos niveles de autocontrol en línea”, explica.

El reporte revela que sólo el 70 por ciento de los jóvenes Z reporta buena salud mental, frente al 92 por ciento de los “boomers”, cifras que Sánchez cita como señal de alerta.

Aun así, introduce un matiz clave: dentro de esa misma generación, quienes desarrollan habilidades de autorregulación muestran mejores resultados.

El problema, sostiene, no es el uso en sí, sino la forma en que se utiliza. “La clave no está en usar o dejar de usar la tecnología, la clave está en ‘¿cómo la usas?'”.

Entre los principales riesgos, identifica tres focos: la adicción a pantalla, la comparación tóxica y la desinformación. Pero insiste en que centrarse únicamente en estos aspectos deja incompleta la conversación.

“Hay mucha investigación reciente que nos dice que la mayoría de las personas que usan tecnología experimentan beneficios significativos”.

Para transitar hacia una relación más saludable, propone acciones concretas.

La primera es tomar conciencia del uso real: “Revisa el tiempo en pantalla y si ese uso va de acuerdo a tus valores”.

La segunda, introducir pequeños cambios: “Voy a silenciar el teléfono a partir de esta hora, durante la comida no veo el teléfono”.

Y la tercera, establecer acuerdos colectivos: “Hacer un pacto digital con mi comunidad, con mi familia, con mis amigos”.

En el fondo, el reto está en un entorno diseñado para captar la atención.

“Hoy en día vivimos la economía de la atención. Hay toda una economía desarrollada a partir de mantener mi atención presa”, advierte.

Frente a ello, la alternativa no es el rechazo, sino la intención. Sánchez lo sintetiza así: “La tecnología debe amplificar lo bueno que tienes. No necesito restringirte, con que te muestre lo bueno que sí hay, te haga vivirlo, te olvidas de lo demás”.

Otra forma de conectar

Rosalinda Ballesteros, directora del Instituto para el Propósito y Bienestar Integral de TecMilenio, pide también enfocarse en los usos positivos de la tecnología.

“Cuando la tecnología se utiliza para conectar, esta interacción social aporta y es una forma positiva de usar las redes sociales”, destaca.

En términos prácticos, la especialista propone un enfoque integral que combine límites y conciencia.

“Limitar el tiempo de uso de redes sociales es importante, las regulaciones parentales son importantes”, señala, pero insiste también en fortalecer la interacción fuera de las pantallas: “más interacción cara a cara definitivamente”.

Asimismo, subraya la necesidad de desarrollar pensamiento crítico frente a los contenidos digitales.

“Así como no todo lo que te dice alguien en la calle es verdadero, tampoco todo lo que estamos viendo en las redes sociales lo es”.

En última instancia, agrega, el reto no es eliminar la tecnología, sino aprender a convivir con ella. “Si se utiliza para generar comunidad, apoyo social y relaciones interpersonales, esta conexión humana en el mundo digital puede amplificar nuestro bienestar”, considera.

El debate sobre el impacto de la tecnología en el bienestar ha cobrado nueva fuerza tras la publicación del Reporte Mundial de la Felicidad 2026. El reporte señala que a partir de 4.5 horas diarias de exposición al teléfono inteligente aumenta la incidencia de ansiedad, depresión y comportamientos autolesivos, dato que Ballesteros sitúa en el centro de la discusión sobre salud mental juvenil.

La especialista retoma posturas como la del psicólogo Jonathan Haidt, quien advierte sobre un cambio profundo en los patrones de convivencia.

“Se cambiaron los patrones de convivencia social por comunicación o interacción que está mediada por la pantalla”, explica.

Sin embargo, también subraya que no existe una relación causal simple. “No podemos saber cuál fue primero: si ya teníamos un tema de soledad no deseada o si la tecnología lo está causando”, apunta.

En este contexto, el bienestar integral enfrenta múltiples dimensiones de riesgo.

En el plano físico, destaca una problemática creciente: “tenemos una crisis en el sueño, que es un proceso indispensable, y tiene consecuencias en el mediano plazo en la salud mental”.

En lo social, dinámicas como las “rachas” -contadores que las propias plataformas activan cuando los usuarios interactúan diario- generan frustración cuando se interrumpen y condicionan la conducta de los jóvenes.

A esto se suma la exposición constante a estándares idealizados. “Esta comparación constante con imágenes de éxito y una vida idealizada genera una problemática en sí misma”, advierte.