COMO UN BANQUETE, UN PICNIC LITERARIO SOBRE EL AMOR PROPIO

FILOSOFIA PARA HORIZONTAL
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Hace un par de días, una buena amiga me invitó a un picnic en el INECOL. Era un evento organizado por un colectivo de chicas que se dedican a compartir encuentros de literatura. El tema central era el amor propio, aunque pronto se convirtió en algo más amplio: hablamos de cómo se nos dice que debe amar una mujer, de las relaciones amorosas y discusiones sobre la autonomía frente a concepciones machistas.

Me sorprendió la lucidez de las mujeres con las que coincidí, eran personas muy críticas. Había un ambiente de mucha feminidad en el mejor sentido: sentarnos en círculo, mirarnos a los ojos, hablar sobre nuestros sentimientos y leer en voz alta. Poesía, fragmentos de libros, cartas, mensajes, incluso nuestros propios escritos; escuchar y dialogar. Ese es el tipo de plan que, en lo personal, disfruto mucho.

Sí, el amor propio era el pretexto, pero también era el enigma. ¿Cómo definir algo que socialmente se promueve tanto y se entiende tan poco?

Hoy el discurso dominante parece reducir el amor propio a una serie de autocuidados que inicia desde la mañana: rutina de skincare, hacer ejercicio, comer saludable, ir a terapia, hacerse las uñas una vez al mes, etcétera. Actos que, sin duda, pueden ser valiosos, pero que también forman parte de un mercado que ha aprendido a vender muy bien la idea de querernos. En términos simples, el amor propio no se agota solo en eso.

Durante el picnic, cuestionamos la narrativa que durante mucho tiempo se nos repitió: que el amor era algo que venía de fuera, que había que ser lo suficientemente digna -cumpliendo ciertos estándares- para ser amada. La pareja como mundo entero para experimentar el amor, y la idea de que para amar de verdad se tenía que sufrir. Como si amarse a una misma, en lugar de a una pareja, fuese un gesto egoísta.

Muchos de esos discursos tienen un origen machista. Una conversación interesante surgió alrededor de algo aparentemente cotidiano: cocinar. Puede verse de dos maneras. Por un lado, como una obligación históricamente asignada a las mujeres; por otro lado, como un acto consciente de cuidado hacia una misma o hacia las personas que amas. ¿Desde dónde lo hago? ¿Desde el deber o desde la elección?

Una de las chicas comentaba que le encanta cocinar, pero que cuando tenía que hacerlo para su pareja, algo cambiaba: aparecía la aversión y el enojo. A partir de esa experiencia intentamos reconstruir lo que estaba ocurriendo. Tenía que ver con el significado cultural que se ha asociado con este acto. No porque no disfrute de la actividad; de hecho, puede ser un acto gozoso y de “amor propio”. Lo que pesa es la narrativa que lo ha ligado históricamente a lo femenino como obligación.

Reconocer esta carga permite, de algún modo, liberarnos de ella y cocinar si así lo deseamos, pero como un gesto propio y no como un mandato. O, por qué no, desear una pareja que también cocine para nosotras.

El discurso del amor propio en las mujeres parece muy difícil de separar de los roles sociales que se nos han asignado. Tal vez por eso es un concepto tan complicado de definir individualmente. Debo admitir algo: no estoy segura de saber exactamente qué es el amor propio. Más bien lo pongo en cuestión. Y quizá ahí está lo interesante. Porque es algo que se repite constantemente, y que incluso se ve como algo inquietante no practicarlo, pues ¿cómo no te vas a querer a ti misma?

Después de casi cuatro horas de tertulia, así como menciona la filósofa Diotima en el Banquete, apenas si alcanzamos a revelar algunos de los misterios menores que rodean al amor propio. No hubo una definición clara, ni una conclusión contundente. Pero sí hubo algo valioso: comunidad.

Descubrir un espacio donde las mujeres podemos reunirnos a pensar, compartir y cuestionar juntas. Espacios que nos pertenecen. Por eso esta también es una invitación para quienes quieran sumarse a este tipo de encuentros. A mis compañeras facilitadoras pueden encontrarlas en Instagram como @picnic_literario_.

Y quizá, después de todo, el amor propio no sea un manual de lo que debemos ser ni una lista de hábitos que cumplir. Tal vez sea algo más sencillo —y a la vez el arte más difícil—: conocerse, preguntarse quién es una.