Cuando una ‘selfie’ pesa más que el memorial de Mandela
Alejandro García Rueda
Las imágenes que transmitía CNN fueron únicas. En medio de la lluvia podía percibirse una atmósfera festiva, los sudafricanos no paraban de cantar y bailar dentro del estadio FNB –conocido también como Soccer City– y mientras dentro del inmueble ya se le hacía frente a la lluvia, un mar de gente corría eludiendo al aguacero para darle el último adiós a Madiba.
El arribo de diferentes Jefes de Estado demostró al mundo el poder de las ideas de Nelson Mandela. En torno a su figura se dio la reunión de personajes con ideologías políticas distintas. Barack Obama, presidente de Estados Unidos, David Cameron primer ministro inglés, Dilma Rouseff, mandataria brasileña y Raúl Castro, presidente de Cuba, además de Ban Ki-Moon, Secretario General de la ONU –entre otros– se dieron cita en Johannesburgo para mostrar su respeto por el fallecido líder político pero los periódicos, los portales en internet y las redes sociales no destacaron eso. En su lugar decidieron dar peso a una inoportuna eventualidad.
Un sonriente Barack Obama opacó el funeral de uno de los personajes considerados como íconos del siglo XX –con la colaboración del primer ministro británico David Cameron y la primera ministro danesa, Helle Thorning Schmidt– al tomarse un autorretrato que ya es un viral en Twitter.
Lo curioso del caso en lo que a este autorretrato se refiere es el contexto; pero también lo son las formas. El mandatario estadounidense acababa de referirse a Mandela como un «gigante de la historia que transformó una nación a través de la justicia» y días atrás la Casa Blanca (a través de Twitter) daba cuenta de lo “inspiradora” que fue para quien despacha desde la oficina oval la vida del hombre que luchó contra el régimen racista apartheid. Además, está el hecho de que el mismo primer ministro inglés –estando en el estadio– había declarado a Christiane Amanpour de CNN que buscaba emular la vida y obra de Mandela. En fin.
Una ‘selfie’ es un arma potente para la consecución de éxito a nivel de marketing, pero el funeral de Mandela no era la ocasión propicia para buscarlo. No estaban ahí para realizar publicity, sino para compartir los sentimientos de los ciudadanos sudafricanos y de las caras más visibles de una nación que respira en una democracia joven.
Lo cierto es que la triste realidad que –por lo menos ellos tres– deben afrontar es que esta imagen que puede rayar en lo trivial parece haber eclipsado el sentido real de un acto de tal magnitud. No era un personaje cualquiera, los sudafricanos estaban rindiendo tributo a alguien que consideraban como su padre.