CUANTO PEOR, MEJOR
Por: Alejandro García Rueda
Todo parece indicar que si algún sueño se alberga
en partidos políticos muy específicos es que determinados medios tengan cero
influencia en la vida política, social y económica del país.
El contexto es este: En su momento, hubo
quienes respaldaron la llegada de Felipe Calderón a Los Pinos; quienes se
alinearon con beneplácito al Pacto por México de Peña y, años más tarde,
festejaron el freno a la reforma en materia energética propuesta por el actual
presidente de la república. Lo hicieron con la anuencia y el silencio cómplice
de actores mediáticos y políticos preponderantes en todos niveles.
Durante más de 70 años, panistas y priístas coparon
los puestos clave; antes del año 2000 a los perredistas no se les daba ni el
agua y al resto de los partidos se repartía una de cal por mil de arena. Hoy
más de un analista político en televisión se pregunta qué está pasando o qué
hay que hacer con MORENA como si se tratara del mal más grande que aqueja a
México por encima de la violencia o la inflación.
Hay grupos políticos que están desatados,
aprovechan el mar de dudas en el que navega la ciudadanía, pero fallan al
tratar de gestionar sus declaraciones. Tan es así que sueltan lodo apenas
encuentran un micrófono cerca.
Esto representa, para los representantes de los
medios de información dedicados a hacer un periodismo profesional, una
dificultad para ganar credibilidad.
Es lógico que la gente se sienta engañada y
desorientada porque estos grupos, plenamente identificados por su activa
participación dentro y fuera de las redes sociales, están insultando la
inteligencia del espectador que busca datos decentes y bien expuestos.
En tiempos de Coronavirus, Fake News y
cadenas de WhatsApp, los políticos en cuestión apelan a la poca o nula
alfabetización mediática y digital que tiene el electorado para distinguir la
información de la propaganda o del product placement.
La realidad puede verse en los noticiarios
emitidos por la mañana, al medio día, por la noche o en pleno fin de semana,
cuando en el minuto a minuto se nota que lo suyo no es manipulación, sino
burla.
Hay un fenómeno del que poco o nada se habla y
es que —en el panorama informativo actual de nuestro país— la voz pública tiene
menos relevancia. La doctrina no la pueden dar otros, tienen que ser ellos,
¿cómo? A través de la presencia de sus afines en puestos clave de la estructura
mediática porque, en su lógica, eso ayudará a redondear el alcance de sus
objetivos.
Los medios están siendo utilizados como
herramienta y no como vínculos con la sociedad o plataformas para generar o
recuperar confianza. Frente a quienes piden dinero, la mayoría solicita verdad
y sobre todo, diálogo porque si las administraciones gubernamentales anteriores
hubieran tenido otras prioridades, tal vez el ruido qure ahora produce la
violencia no hubiera existido.
¿Qué le importa más al ciudadano de a pie? ¿Que
el hijo del presidente rente un departamento en Boston o que las autoridades
correspondientes se preocupen por construir escuelas?
Si le preguntamos a un campesino ¿le importará
más que quien encabeza el poder ejecutivo se transporte en una camioneta del
año o que el gobierno rehabilite un camino?
Es claro que un político pensará en términos de
poder y buscará constantemente derrocar al adversario, pero reducir el papel de
los medios afecta los cimientos de la democracia.
Los perfiles que participan ahora en la
conversación están desempeñando el papel de militantes, de activistas y no de
representantes populares.
Ningún político, dentro o fuera del gobierno y
en cualquiera de sus niveles parece estar tomando como una responsabilidad
individual el defender los derechos y las libertades colectivas.
Están insultando el intelecto de la audiencia
porque al hablar de principios fijos, lo más lógico hubiera sido verlos actuar
valientemente. Si los partidos políticos sueñan con que los medios tengan
influencia cero en la vida política, social y económica del país, déjeme
decirle que esto no les beneficia y que en el caso de que esto suceda, habrá
otras figuras que intenten retomar ese papel.
Los canales de comunicación pueden ser
limitados, no así los idearios.
El sueño, aparentemente, se resume en una
frase: «Cuanto peor, mejor» (pero el daño también lo sufren ellos).