Cuaresma
Del miércoles 16 de febrero al sábado 3 de abril 2021.
Cuaresma: Tiempo de gracia para el arrepentimiento y la conversión
Pbro. Lic. Francisco Suárez
González
Con el rito de la recepción de ceniza,
el Miércoles de Ceniza, se inicia en el calendario litúrgico de la Iglesia
Católica, el tiempo de la Cuaresma, es un período que nos prepara para la
Pascua de la Resurrección del Señor, cima del año litúrgico, donde celebramos
la victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y el mal, y por lo mismo, la
Pascua es la fiesta de alegría porque Dios nos hizo pasar de las tinieblas a la
luz, del ayuno a la comida, de la tristeza al gozo profundo, de la muerte a la
vida.
El hecho de recibir Ceniza tiene
como objetivo recordarnos a todos nosotros cual es nuestro origen: «Dios formó al hombre con polvo de la
tierra» (Gen 2,7). y nuestro fin: «hasta
que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste hecho. Porque eres polvo y al
polvo volverás» (Gn 3,19). Con un sentido simbólico de muerte,
caducidad, fragilidad, humildad y penitencia, la ceniza ayuda a que miremos en
nuestro interior y descubramos esas cosas que necesitan de la misericordia de
Dios. Nos ayuda a reconocer que somos débiles, que vamos a tener un final y que
necesitamos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús para poder llegar a
vivir junto a Él en el Reino de los Cielos. Esta mirada a la interioridad de
uno, de reconocer las fallas y querer arreglarlas, entra en la dinámica de las
dos palabras claves del tiempo de la cuaresma: arrepentimiento y conversión. Al
reconocer nuestros pecados, nos arrepentimos y al querer cambiarlos nos
convertimos.
El tiempo de la Cuaresma hace
referencia al número simbólico 40 de las Sagradas Escrituras y recuerda los
cuarenta días del diluvio (Gn 6,5ss); los cuarenta años de la marcha del pueblo
judío por el desierto (Dt 8,2-4); los cuarenta días que Moisés trascurrió en la
cima del Monte Sinaí (Ex 34,28); o los cuarenta días que el profeta Elías pasó
caminando en el desierto hasta el monte Horeb (1 Re 19,8) y desde luego los
cuarenta días y cuarenta noches que Jesús pasó en el desierto en oración y ayuno
(Mt 4,2).

La
Cuaresma ha sido, es y será un tiempo favorable para convertirnos y volver a
Dios Padre lleno de misericordia, si es que nos hubiéramos alejado de Él, como
aquel hijo pródigo que se fue de la casa del padre y le ofendió con una vida
indigna y desenfrenada (Lc 15,11ss). Esta conversión se logra mediante una
buena confesión de nuestros pecados. O si tenemos la gracia de seguir felices
en la casa paterna como hijos y amigos de Dios, la Cuaresma será entonces un
tiempo apropiado para purificarnos de nuestras faltas y pecados pasados y
presentes que han herido el amor de ese Dios Padre.
Esta purificación la lograremos
mediante unas prácticas recomendadas por nuestra madre Iglesia; así llegaremos
preparados y limpios interiormente para vivir la Pascua de Cristo, con toda la
profundidad, veneración y respeto que merece. Estas prácticas son el ayuno, la
oración y la limosna.
Ayuno y abstinencia no sólo de comida y bebida, que también será
agradable a Dios, pues nos servirá para templar nuestro cuerpo, a veces tan
caprichoso y tan regalado, y hacerlo fuerte y pueda así acompañar al alma en la
lucha contra los enemigos de siempre: el mundo, el demonio y nuestras propias
pasiones desordenadas.
Ayuno y abstinencia, sobre todo, de
nuestros egoísmos, vanidades, orgullos, odios, perezas, murmuraciones, deseos
malos, venganzas, impurezas, iras, envidias, rencores, injusticias,
insensibilidad ante las miserias del prójimo. Ayuno y abstinencia, incluso, de
cosas buenas y legítimas para reparar nuestros pecados y ofrecerle a Dios un
pequeño sacrificio y un acto de amor; por ejemplo, ayuno de televisión, de
diversiones, de cine, de bailes durante este tiempo de cuaresma.
Ayuno y abstinencia, también, de
muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los sentidos; ayuno
aquí significará renunciar a todo lo que alimenta nuestra tendencia a la
curiosidad, a la sensualidad, a la disipación de los sentidos, a la
superficialidad de vida. Este tipo de ayuno es más meritorio a los ojos de Dios
y nos requerirá mucho más esfuerzo, más dominio de nosotros mismos, más amor y
voluntad de nuestra parte.
Limosna no sólo la limosna material o económica: unas cuantas
monedas que damos a un pobre mendigo en la esquina. La limosna tiene que ir más
allá: prestar ayuda a quien necesita, enseñar al que no sabe, dar buen consejo
al que nos lo pide, compartir alegrías, repartir sonrisa, ofrecer nuestro
perdón a quien nos ha ofendido. La limosna es esa disponibilidad a compartir
todo, la prontitud a darse a sí mismos. Significa la actitud de apertura y la
caridad hacia el otro. Recordemos aquí a san Pablo: “Aunque repartiera toda mi
hacienda, sino tengo caridad, nada me aprovecha” (1 Cor 13).
Oración. Si la limosna era apertura al otro, la oración es apertura
a Dios. Sin oración, tanto el ayuno como la limosna no se sostendrían; caerían
por su propio peso. En la oración, Dios va cambiando nuestro corazón, lo hace
más limpio, más comprensivo, más generoso, en una palabra, va transformando
nuestras actitudes negativas y creando en nosotros un corazón nuevo y lleno de
caridad.
La oración es generadora de amor. La
oración me induce a conversión interior. La oración es vigorosa promotora de la
acción, es decir, me lleva a hacer obras buenas por Dios y por el prójimo. En
la oración recobramos la fuerza para salir victoriosos de las asechanzas y
tentaciones del mundo y del demonio.
Que esta Cuaresma que vamos a
comenzar nos ayude a todos a renovar nuestro corazón y nuestras actitudes para
ser mejores personas, mejores familias y así contribuir a la construcción de
una mejor sociedad.