CUMBRE TAJÍN: DEL ORGULLO CULTURAL AL SÍNTOMA DEL ABANDONO

Por Miguel Ángel Cristiani G.
¿En qué momento un proyecto cultural de talla internacional se convirtió en una versión disminuida de sí mismo, sostenida más por la inercia burocrática que por una verdadera política pública de Estado? La pregunta no es retórica: es el reflejo de un proceso de desgaste que hoy exhibe, sin pudor, la decadencia del Festival Cumbre Tajín.
Nacido en el gobierno de Miguel Alemán Velasco, el Festival Internacional Cumbre Tajín fue, en su origen, una apuesta ambiciosa por posicionar a Veracruz —y particularmente a la zona totonaca— en el mapa cultural del mundo. No se trataba solo de espectáculos: era un proyecto integral que conjugaba tradición, identidad, turismo y desarrollo económico. Durante sus mejores años, -como nos tocó ir a cubrirlo con el grupo de periodistas que eran invitados- el festival logró atraer a artistas de talla internacional, generar derrama económica y, sobre todo, dignificar la riqueza cultural de los pueblos originarios.
Hoy, sin embargo, el panorama es otro. Y no se necesita ser experto para advertirlo. Basta observar la reducción sistemática del presupuesto, la disminución de días —de ocho a apenas tres— y la pérdida de calidad en la cartelera artística. Lo que antes era un escaparate global, hoy parece una agenda improvisada que mezcla sin criterio ni rumbo. De la difusión, ya ni hablar es bueno.
Aquí no hay nostalgia: hay evidencia. Los presupuestos culturales en Veracruz han sido históricamente vulnerables a los vaivenes políticos. Cada administración llega con su propia narrativa y, en el peor de los casos, con su propio desinterés. La cultura, lejos de ser vista como inversión estratégica, se trata como gasto prescindible. Y cuando hay recortes, siempre es el arte, la tradición y la identidad lo primero que se sacrifica.
La reducción del Festival Cumbre Tajín no es un hecho aislado: es el síntoma de una política cultural sin continuidad ni visión de largo plazo. En México, los proyectos culturales suelen depender más del entusiasmo sexenal que de una institucionalidad sólida. Y así, lo que una administración construye, la siguiente lo diluye.