Desacostumbrarnos
Desacostumbrarnos
Por Yuzzel Alcántara
A caminar mirando
hacia todos lados, a caminar no mirando a ningún lado, a no salir de noche
porque te pueden desaparecer, a quedarse en casa y encender las pantallas, a
cambiar infinitamente los canales del televisor, a escuchar lo mismo en todos:
más asesinatos, más cuerpos sin ser encontrados, más cárteles en pugna… se
escucha un silencio trepidatorio: Guanajuato, Veracruz, Jalisco, Chiapas…, dispara
ondas irradiadas de rabia que nos tocan, pero, ¿todavía nos duelen?, ¿recorren
como escalofríos nuestra piel?, ¿o cada vez menos?. Es que quizá nos vamos
uniendo a un mundo enmudecido, ensordecido y enceguecido de sí mismo –así, todo
junto y al mismo tiempo– porque ya no hay sentimientos que al conmovernos nos
hagan empatizar, sólo escenas cruentas como ondas que nos tocan y sin
atravesarnos se van.
A no llorar, a
levantarse rápido cuando uno se cae, a ser fuerte, a hacerle frente a todo,
así, a lo macho, a lo mexicano. A contenerse. A pensar “lo mataron, seguro que
por andar metido en las drogas”, a mirar las estadísticas de muertos por covid y
culparlos por su propia muerte: “por no cuidarse, por no alimentarse
sanamente”, a ver gente que vive en la calle y decirnos para adentro “son
pobres porque quieren, porque no trabajan”. La mayoría de veces no es así. La
sociología contemporánea –Larissa Lomnitz, Saskia Sassen–, se ha cansado de
mostrar que en América Latina hay un sistema económico y político que expulsa a
la mayor parte de la población, no concediéndole acceso a ningún tipo de
derecho ni de bien social, como el trabajo, la vivienda, o la educación.

A
desacostumbrarnos a reaccionar como siempre.
No creo que la
fuerza para construir una “nueva normalidad” deba emerger de un optimismo sostenido
en la evasión de la realidad, o en el confort temporal de que a uno no le pasa,
o en el sentirse ajeno a todo cuanto cruza frente a nosotros. Para abrirnos la
puerta al nuevo México que ansiamos vivir necesitamos escuchar la voz de todos
los otros que de antemano han sido silenciados, para componer un sólo eco, tan
estridente y tan melodioso, como para frenar el arrebato de la vida que las
grandes corporaciones, multinacionales, cárteles y gobernantes corruptos se
afanan en conseguir.
Dice un verso de la poeta Alejandra Pizarnik: “hay candado pero no llaves / y hay pavor pero no lágrimas”. Dejemos que las lágrimas nos empapen en un solo duelo, dejemos que sean las llaves para abrirnos nuevos horizontes. Porque el pavor vivido por uno solo paraliza, pero el pavor vivido en colectivo organiza.