
Cada 28 de agosto, México celebra el Día del Abuelo, una fecha que va mucho más allá de los abrazos, los regalos y las reuniones familiares. Es una oportunidad para reconocer a las personas adultas mayores como pilares de muchas familias, depositarias de la memoria colectiva y protagonistas de una etapa de la vida que merece ser vivida con dignidad, autonomía y seguridad.
Pero detrás de la celebración existe una realidad demográfica que obliga a mirar el tema con mayor seriedad. México atraviesa un proceso acelerado de envejecimiento. Más de 17 millones de personas tienen 60 años o más, cerca del 14 por ciento de la población nacional. En Veracruz, el fenómeno adquiere especial relevancia, con más de 1.1 millones de adultos mayores, mientras que en Coatepec 13,596 habitantes, equivalentes aproximadamente al 14.5 por ciento de su población, pertenecen a este grupo. De ellos, 7,540 son mujeres y 6,056 hombres.
Estas cifras representan millones de historias, pero también millones de necesidades. Enfermedades crónicas, soledad, depresión, vulnerabilidad económica, falta de pensiones contributivas, brecha digital y dificultades de movilidad forman parte de los desafíos cotidianos. A ello se suma una realidad poco visible: muchos abuelos se convierten en cuidadores de sus nietos para que sus hijos puedan trabajar, asumiendo una responsabilidad que puede convertirse en una sobrecarga física y emocional.
Por ello, el Día del Abuelo no debería limitarse a una celebración simbólica. Debe servir para preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad, como familias y como gobiernos para garantizar una vejez digna. Se necesitan políticas públicas que fortalezcan la atención médica, los sistemas de cuidados, la seguridad económica, la accesibilidad y la inclusión digital; pero también familias que acompañen, escuchen, respeten la autonomía y no conviertan a los adultos mayores únicamente en proveedores de cuidados.
La celebración del 28 de agosto tiene, en ese sentido, una doble responsabilidad: reconocer lo que nuestros abuelos han aportado y construir las condiciones para que puedan vivir dignamente el presente y el futuro. Porque una sociedad que envejece necesita dejar de ver la vejez como una carga y comenzar a entenderla como una etapa con derechos, experiencia y participación.
PASEANDO CON MI ABUELO
Como recuerdo aquellos paseos dominicales al parque del pueblo, mi abuelo Laurencio Polanco Munuera nos lleva a mi hermana Paz y a mí por una nieve del kiosco. Hombre de letras, amigo de la disciplina de elegante presencia, alto siempre bien arreglado con su traje de casimir y camisa bien almidonada.
La gente le saludaba respetuosamente porque ser profesor era de alta envergadura. Impartía clases en la escuela Cantonal Benito Juárez.

Esperábamos ansiosos la orden para salir de su casa, en la calle Rebolledo número 19, una sola cuadra era toda una aventura, me presentaba con sus amigos y vecinos yo orgulloso de la admiración con que le veían. Inquieto corría por la calle de Terán, para hacer el trayecto más largo, eso le decía al abuelo. Pero, la verdad, aquí entre nos, quería ver si estaban las gemelas en el patio de su casa cuando regresaban de misa. Eran unas niñas bien, de tez morena, tan bonitas que parecían muñecas de belleza singular, sus caireles caían a sus hombros, de mirada coqueta y sus vestidos de domingo Yo soñaba con que sus padres saludarán al abuelo para estrechar su mano.
Al regresar a casa, él descansaba, más tarde platicaba con mi madre y jugaba cartas. Caída la tarde se volvía a ir, una vez me escape para seguirle. ¡Oh sorpresa!
Cuando lo vi arriba en el kiosco tocando el saxofón, con la banda del pueblo. Mi admiración creció y creció hasta estos días de mi otoño. En este día tan especial, un tributo aquel hombre comprometido con la educación, el arte y el amor a Coatepec. Con cariño a mi abuelo Laurencio.
Por hoy hasta aquí.








