DOS BOCAS: LA REFINERÍA QUE AÚN NO REFINA
El Regional Coatepec 3 de septiembre de 2025
DOS BOCAS: LA REFINERÍA QUE AÚN NO REFINA
En
México tenemos la costumbre de inaugurar obras inconclusas y aplaudir promesas
como si fueran resultados. La Refinería Olmeca, mejor conocida como Dos Bocas,
es el ejemplo más reciente y más costoso de ese viejo vicio político. Desde su
inauguración en julio de 2022, se nos ha vendido como el buque insignia de la
autosuficiencia energética, pero los hechos se empeñan en desmentir el
discurso: sobrecostos estratosféricos, retrasos interminables, producción muy
por debajo de la prometida y, ahora, la paradoja de una refinería “estratégica”
fuera de operación por un simple corte de energía eléctrica.
La
planta, ubicada en Paraíso, Tabasco, debía ser la joya de la corona de la
política energética de la llamada Cuarta Transformación. Se presentó como el
proyecto que nos liberaría de la dependencia de combustibles importados, sobre
todo de Estados Unidos. Pero a dos años de haber sido inaugurada, su desempeño
dista mucho de la autosuficiencia prometida: en julio procesó 156 mil barriles
diarios, menos de la mitad de su capacidad diseñada (340 mil). Y de esa cifra,
solo 57 mil barriles se convirtieron en gasolina y 76 mil en diésel. En otras
palabras, su producción real sigue siendo marginal frente a la demanda nacional
de combustibles.
El
contraste entre el discurso y la realidad no es menor. El presidente López
Obrador prometió que Dos Bocas costaría 8 mil millones de dólares; el Instituto
Mexicano de Ingenieros Químicos estima que la cifra real ya rebasa los 21 mil
millones. Es decir, un incremento del 162 %. En cualquier país serio, semejante
desfase presupuestal sería motivo de escándalo, investigaciones y sanciones.
Aquí, en cambio, se normaliza y hasta se celebra como “inversión estratégica”.
Las
cifras oficiales de Pemex confirman los tropiezos: en junio la refinería
alcanzó un pico de 191 mil barriles diarios; en julio la producción cayó 9.5 %.
La gasolina refinada bajó 27 % en ese mismo periodo. Y aunque el diésel mostró
un alza del 18 %, el balance general sigue estando muy lejos de justificar la
inversión faraónica.
No es la
primera vez que un megaproyecto energético se hunde en sus propias
contradicciones. Baste recordar los elefantes blancos de Pemex en décadas
pasadas: plantas petroquímicas subutilizadas, gasoductos ociosos, refinerías
que nunca llegaron a su capacidad prometida. Dos Bocas no rompe con esa
tradición; más bien, la perpetúa con un costo mayor y un disfraz
propagandístico de “soberanía energética”.
El
problema no es solo técnico ni financiero, sino estructural. La política
energética mexicana sigue atrapada en un modelo del siglo pasado: apostar por
refinar más petróleo en lugar de transitar hacia energías limpias y
diversificadas. El mundo avanza hacia la descarbonización; México se aferra al
crudo. Así, Dos Bocas no solo es un proyecto caro e ineficiente, también es una
apuesta contraria a las tendencias globales.
Ahora
bien, el contexto político tampoco es menor. En vísperas del arranque del nuevo
gobierno de Claudia Sheinbaum, se anuncia la creación de un fondo de inversión
de 250 mil millones de pesos para financiar proyectos estratégicos y aliviar la
deuda de Pemex, la petrolera más endeudada del mundo. Además, se proyectan 105
mil millones de pesos adicionales para el mantenimiento y operación de
refinerías. La apuesta, de nuevo, es sostener a costa del erario una empresa
que no logra levantar cabeza.
El
gobierno asegura que, en 2025, Dos Bocas alcanzará su capacidad máxima de 340
mil barriles diarios. ¿Será? Los antecedentes invitan al escepticismo. En mayo,
la planta produjo apenas 43 mil barriles diarios de gasolina, una cuarta parte
de lo que supuestamente debería generar. ¿Cómo confiar en que el próximo año,
por arte de magia, logrará multiplicar su producción por ocho?
Más allá
de las cifras, lo que Dos Bocas simboliza es la persistencia de una visión
política que confunde soberanía con terquedad. No se trata de negar la
importancia de la seguridad energética, pero sí de reconocer que no se alcanza
con elefantes blancos ni con obras inauguradas al vapor para presumir en giras
presidenciales. La soberanía energética requiere planeación, diversificación,
transición hacia renovables y, sobre todo, transparencia en el uso de los
recursos públicos.
Dos
Bocas debería ser, más que motivo de aplauso, una llamada de atención. Una
refinería que costó más del doble de lo presupuestado, que opera a medias, que
se apaga por un corte eléctrico y que produce menos de lo esperado, no puede
presentarse como triunfo nacional. Es, en todo caso, un recordatorio de que la
política energética mexicana sigue atada a inercias, intereses y discursos que
no resisten el contraste con la realidad.
El reto
de la próxima administración será decidir si continúa alimentando este
espejismo con más dinero público, o si, de una vez por todas, se reconoce que
la soberanía no se construye con proyectos faraónicos sino con políticas
sensatas, honestas y sustentables. Mientras tanto, Dos Bocas seguirá siendo lo
que hasta hoy: una refinería que refina poco, cuesta demasiado y simboliza
mucho de lo que México necesita superar
…