‘EL MUNDO ESTÁ MUY MAL Y NO MERECE EL MUNDIAL’

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Agencia Reforma

Ciudad de México 30 marzo 2026.- En un acto de bibliomancia, a petición de este diario, Juan Villoro busca en Los héroes numerados, su más reciente libro, un augurio para la próxima justa mundialista.

Abre al azar el volumen y la práctica adivinatoria -a la manera de las Suertes de Virgilio, que se jugaban en la Edad Media con un ejemplar de la Eneida- lo conduce a una de las páginas que dedica a Andrés Iniesta, “el genio incalculable”. En específico, al párrafo donde habla de la enxaneta, el más pequeño de la tribu coronando la torre humana en las fiestas populares de Cataluña.

“Creo que es una buena imagen de los jugadores frágiles que, sin embargo, son decisivos”, dice en entrevista Villoro, a propósito del habilidoso canterano de Fuentealbilla que fuera esencial para el Barça de Pep Guardiola y para la propia Selección de España que se coronó campeona del mundo en 2010.

“Entonces, creo que eso expresa mucho la fuerza de la fragilidad, y el fútbol tiene, para mí, esa grandeza. Ahora, México es un bastión de la fragilidad. Ojalá surgieran jugadores como Iniesta”, añade el escritor y periodista, transfigurando el vaticinio en anhelo.

El sábado se encontraba en Estados Unidos, de visita en la Universidad de Harvard. Desde allá vio el duelo amistoso entre México y Portugal con que fue reinaugurado el otrora Estadio Azteca; “partido flojo, pero gran público, como siempre”.

“Una metáfora de lo que es el fútbol nacional, donde el público hace más esfuerzo que los jugadores”, apunta.

Es ahí, en la “tremenda discrepancia entre la pasión nacional y los magros resultados en el campo”, donde está lo que el autor de títulos como Dios es redondo (2006) y Balón dividido (2014) puede anticipar con mayor seguridad de cara a la próxima Copa Mundial de Futbol, que arranca en México.

“Tenemos una de las selecciones que más ha participado en los mundiales junto a otras que han sido varias veces campeonas del mundo; hemos cosechado récords negativos, desde la primera derrota en un Mundial hasta la mayor cantidad de goles en contra. En México, la pasión futbolística tiene que ver con una extraordinaria capacidad de autoengaño, que no necesariamente es negativa porque nos permite lo más importante del fútbol, que es celebrarnos a nosotros mismos.

“La maravilla de estar juntos hace que el fútbol se convierta en un tenue pretexto para la verdadera fiesta, que es vernos a nosotros, hacer la ola, compartir tortas en las tribunas, lanzar gritos de ingenio, etcétera. Entonces, creo que en este Mundial una vez más ocurrirá lo que ha pasado tantas veces en el fútbol desde que yo escribo de él, que sería desde 1990”.

Su debut en tal cancha, en realidad, ocurrió unos años antes, en 1978, con la publicación del cuento El mariscal de campo en el suplemento deportivo del Unomásuno, que le celebró Augusto Monterroso. Pero no fue sino hasta el 90 que acudió al Mundial de Italia como colaborador de El Nacional y escribió Los once de la tribu, matriz de todas sus crónicas de futbol.

“Cuando los héroes numerados saltan a la cancha, lo que está en juego ya no es un deporte. Alineados en el círculo central, los elegidos saludan a su gente. Sólo entonces se comprende la fascinación atávica del futbol. Son los nuestros. Los once de la tribu”, plasmó Villoro en un texto del que ahora presenta una actualización.

“Ahí yo quise sintetizar lo que consideraba que era el secreto que estaba detrás del juego, la flama oculta que anima la pasión futbolística. Me pareció interesante actualizar ese texto”, cuenta el autor, cuyo nuevo lanzamiento se aboca a componentes fundamentales de la liturgia pambolera, como la afición, la camiseta, el balón, las celebraciones y hasta los cronistas.

Es precisamente en los mundiales, observa Villoro, cuando tal sentido de pertenencia cristaliza con la ilusión de formar parte de una comunidad que nos trasciende. En esta ocasión, no obstante, aquello está siendo rebasado tanto por la desoladora situación política actual como por la desmesurada especulación económica de la FIFA.

De modo que no es ninguna sorpresa que, a casi 70 días de que arranque el torneo de un deporte que “se promueve o se desacredita solo”, palabras de Villoro, el asco pareciera ir ganando por goleada sobre el gozo.

¿Es un Mundial que no debió ser?

Más bien, el mundo actual no debió ser como es.

En la Grecia clásica, las Olimpiadas representaban una tregua sagrada; todos los conflictos que hubiera en ese momento se suspendían para que pudiera haber competencias. Hoy en día no habrá tregua de ningún tipo.

La geopolítica revela que estamos en un mundo roto, en donde hay situaciones tan contradictorias como la de que Estados Unidos (coanfitrión del torneo junto con México y Canadá) bombardea Irán, y al mismo tiempo invita a su selección a jugar en su territorio. Es un mundo de delirio (.) El mundo está mal y, realmente, no merece un Mundial.

EL FUTBOL Y EL PADRE

Villoro tenía 9 años cuando sus padres se divorciaron, y de pronto su papá, el filósofo Luis Villoro, tuvo que idear qué hacer con él los domingos.

“Me llevó al fútbol, y me fascinó”, recuerda el también editorialista de Grupo REFORMA.

“El lugar donde yo vi más veces a mi padre en toda mi vida fue un estadio de fútbol, primero el Olímpico Universitario, luego el Estadio Azteca”.

Su célebre y respetado padre, rememora, era puma por razones universitarias; “había apoyado al equipo Asturias antes, pero cuando surgieron los Pumas, que pasaron de Segunda División a Primera, ya se quedó con ellos”, dice sobre quien, ante todo, siempre fue un “académico crónico”.

“Cuando salían los rivales al campo y la gente los abucheaba, mi padre se levantaba en las tribunas enardecido y decía: ‘¿Pero por qué los abuchean si son nuestros invitados? ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos rivales? ¡Aprecien ustedes la grandeza de tener un oponente! ¡Es la dialéctica de los contrarios!’.

“Gritaba como loco, y la gente le hacía caso: empezaba a aplaudir sólo para que se callara y pensando que se trataba de un perturbado, porque la Filosofía puede parecer una perturbación para muchas personas. Pero él era filósofo de tiempo completo, entonces pensaba así; a mí me daba mucha vergüenza que gritara de esa manera, pero él estaba metido en su personaje de filósofo”.

Ya entrado en la adolescencia, el futuro escritor de conocida afición por el Necaxa comenzó a frecuentar los juegos con amigos, y su padre dejó de asistir.

“(A la postre) entendí que él no había ido al estadio por ser fanático, como yo pensaba, sino por ser padre, para estar conmigo, lo cual era todavía más valioso. Y eso explica, sin necesidad de psicoanálisis, mi pasión emocional por el fútbol, porque ahí vuelvo a estar con mi padre”.

Los héroes numerados, editado por Seix Barral, se encuentra ya en las estanterías del País.