ENRIQUE ZOZA
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Coatepec no es solo aroma a café; es, ante todo, una construcción mental y espiritual erigida por sus hombres y mujeres ilustres. El reconocimiento de Zoza, con zeta tal como firmaba sus obras, con la instalación de la réplica de su caballete en la glorieta hacia Zimpizahua no es un simple ornato urbano; es un acto de justicia poética y una pausa obligada para reflexionar sobre qué estamos haciendo con nuestra identidad cultural.

Hablar de Zoza es remitirse a una estirpe de intelectuales que entendieron que el amor a la “patria chica” se demuestra con rigor y disciplina. Heredero intelectual de su bisabuelo el historiador Mariano Contreras y de su padre, el maestro Adolfo L. Sosa, encontró su vocación desde niño.

Zoza no fue un artista de ocurrencias. Su formación en la Escuela Libre de Arte y Publicidad, discípulo del arquitecto Armando Bravo, sus manos desarrollaron habilidades en la madera y en los pinceles, lo dotaron de una técnica que transitó con maestría del óleo al mural, y del cincel a la pluma. Sus ojos eran capaces de atrapar su concepción de belleza con trazos firmes en formas y colores.

Desde aquellos trazos infantiles inspirados en los cerillos “La Central”, hasta la magnificencia de la bóveda del Templo Guadalupano, Zoza entendió que el arte es un servicio público. Sus paisajes de puentes y caballos no eran solo estética; eran el registro de un patrimonio que él mismo defendió físicamente, como cuando evitó la demolición del Puente del Diablo. Esa es la primera lección, el artista debe ser el guardián de su entorno.

La importancia social de figuras como Zoza radica en la cohesión. En una era de contenidos efímeros en las redes sociales dentro de un mundo globalizado, deslavado se extravía la comunidad.

Enrique Gregorio Zoza nos ofrece un ancla. Sus revistas Examen y Herencia Histórica son cápsulas del tiempo que impiden que el coatepecano camine como un extraño en su propia casa.

Al honrarlo, la actual administración da un paso correcto, pero insuficiente. El camino correcto es continuar la ruta de su legado porque es un referente para las nuevas generaciones. Un pueblo sin héroes culturales es un pueblo a la deriva.

Sin embargo, encontramos un contraste doloroso, triste. Mientras celebramos la inmortalidad de Zoza, la realidad de nuestra niñez actual nos golpea. El reciente incidente durante el Día de la Bandera en Xalapa, donde 16 estudiantes sufrieron desmayos y malestares por falta de previsión y alimentación, es el síntoma de un sistema que ve a los niños como “escenografía” para actos políticos y no como el capital humano más valioso del estado. Como ha sucedido durante muchos lunes cívicos.

Es una ironía trágica: homenajeamos al niño Zoza que a los nueve años ya pintaba murales, mientras hoy exponemos a nuestros niños a jornadas extenuantes bajo el sol o el frío, tratándolos como objetos de ornato en eventos oficiales. Si queremos “nuevos Zozas”, debemos dejar de usarlos como público de relleno y empezar a tratarlos como creadores en potencia.

Zoza, el personaje y su obra son un ejemplo a seguir, lo que las autoridades deben gestar son estrategias y programas culturales, ahora que están en el diseño del Plan Municipal de Desarrollo.

No se quiebren la cabeza, no vean hacia otros horizontes, aquí en nuestra casa tenemos ejemplos como nuestro artista Enrique Zoza.

No basta con inaugurar monumentos; hay que construir instituciones.

Coatepec requiere una Academia Municipal de Artes que no sea un taller de manualidades, sino un centro de alta exigencia técnica en dibujo, pintura e historia local.

El talento no conoce de clases sociales, pero la formación profesional sí. Se necesitan becas que detecten al niño que hoy raya cuadernos con la misma pasión que Zoza y le den los pinceles que su familia no puede costear.

El muralismo debe volver a las escuelas. Que los niños pinten su historia en sus muros, supervisados por artistas locales, devolviéndoles el sentido de propiedad sobre su entorno, así aprenderemos a amar y respetar calles y monumentos.

Zoza es ya un inmortal de nuestro pueblo. Su caballete vacío es una invitación y, al mismo tiempo, un reclamo silencioso: ¿quién se sentará ahí mañana? La respuesta no está en el bronce, sino en la voluntad política de invertir en la sensibilidad de nuestra infancia. Celebrar a Zoza es honrar a Coatepec, pero educar a los que vienen es asegurar que Coatepec siga teniendo un alma que pintar.

La Paradoja Uno llega, otra se va

Resulta una ironía lacerante, casi un insulto a la lógica cultural, que mientras Coatepec celebra la llegada del monumento al maestro Zoza, el mismo gobierno que hoy se dice promotor de la identidad se prepare para remover el busto de María Enriqueta Camarillo de su sitio de honor en la entrada de la ciudad.

Es la contradicción hecha política pública, se honra al artista que dedicó su vida a proteger el patrimonio, mientras se desmantela el homenaje a la “Hija Pródiga” que nos puso en el mapa literario universal. Pareciera que, para nuestras autoridades, la memoria colectiva es un juego de piezas intercambiables y no un legado sagrado.

¿Cómo explicarle a la ciudadanía que para “modernizar” o “reordenar” hay que borrar? Zoza, quien diseñó monumentos para la propia María Enriqueta y fue un férreo defensor de nuestras raíces, difícilmente celebraría un reconocimiento que llega de la mano con el destierro de la poeta. Al final, lo que hoy inauguran con una mano, lo borran con la otra, dejando claro que, en Coatepec, el respeto por la historia dura lo que dura el discurso oficial.

Por hoy hasta aquí.