EL RAPSODA
EL RAPSODA

“¡Primera llamada! ¡Esta es primera
llamada!”. 12 de octubre. Se celebraba el encuentro de dos culturas. Con cierto
nerviosismo esperaba mi turno en el camerino. El maquillista aprovechaba para
darme los últimos retoques. A mis setenta años aún me acompañaba el lejano
temor de pisar un escenario, extraña sensación de nerviosismo que jamás se ha escapado
por completo de mi ser.
Los minutos transcurrían lentos. Mis
ojos se posaron en el espejo. Como de costumbre, estaba vestido de negro. Pensaba
que era la única manera de concentrar al público en mi canto. Por un momento mi
mirada quedó estática en un punto fijo, mi mano derecha bajo el mentón, la
mente acercó mi dorada infancia en la libertad que sólo se descubre en La
pampa. Mi etapa de estudiante, el primer amor y el primer contacto con la
música. En aquella lozana edad mi pecho se trasmutaba en fuente inagotable de
sueños, inquietudes e ilusiones, comenzando a abrir esas alas que me condujeron
a incursionar en pequeños grupos musicales.
Estas pequeñas experiencias me
entrelazaron con otros románticos jóvenes y, con apenas veinte años encima, uno
se atreve a todo. Poco a poco comencé a sentirme persuadido por la fama, así inicié
mi extraordinaria aventura cruzando el inmenso océano. Cuando el barco se iba
hundiendo en el horizonte vi por última vez la imagen paterna agitando un
pañuelo blanco: a medida que avanzaba mar adentro se fue perdiendo de mi
empañada vista. Fue ese el momento en que rompía el eslabón familiar.
Momentáneamente me distrajo la voz de mi
representante. Entusiasta me informaba que el boletaje estaba agotado y los
empresarios buscaban una pronta autorización para vender los espacios de los
pasillos. El reloj avanzaba lento y, aunque nunca me sucedió en un camerino,
volví a divagar en el ayer. Mis primeras experiencias en el viejo mundo no
fueron satisfactorias, salvo aquella en que, en un vuelo a Bruselas, atestigüé
el hermoso milagro que define la línea entre el día y la noche y, por supuesto,
Bélgica, país que desde entonces llevó en mi corazón. Allí se me apareció un
tierno duende entregándome su amor para acompañarme durante toda la vida.

El recital estaba programado a las ocho
de la noche y los nervios no se ausentaban totalmente de mi cuerpo. Presentí
que me encontraba en la antesala de mi última actuación en el Teatro del Estado,
donde siempre he sido bien recibido. La edad así me lo dictaba, como anulando
el boleto de vuelta a este maravilloso país.
Cada vez que las manecillas del reloj
avanzaban el corazón me palpitaba con más fuerza, evocando ese espíritu
golondrino que me estremecía de emoción. Mis recuerdos se esfumaron cuando
escuché una voz que advertía: “¡Segunda llamada! ¡Segunda!”. Sin desearlo los
recuerdos arremetían mis sienes. Un buen día,
desempolvando la frivolidad que siempre acompaña la juventud, decidí por un
estilo más pleno de belleza y sentimiento, concentrándome en musicalizar viejos
poemas olvidados en los secretos de la literatura. Cuando los llevé a un
escenario experimenté que pisaba el primer escalón que conduce a la fama.
Fueron muchas las noches en que me
quedaba mirando el manto de estrellas; en esos momentos añoraba mi patria, allá
en el fin del mundo, y me dolía la nostalgia, mis juegos infantiles y los
amigos perdidos en la distancia.
Sin embargo, Dios me ofreció un hogar en
el mundo entero. Así fui aspirando el aroma de todas las flores en los jardines
del planeta. A mi paso fui recogiendo espinas, ternura, gotas de lluvia, amor,
rosas, rememoraciones, estrellas, amistad, pajaritas de papel, sentimientos,
sueños y más sueños y ramilletes de ilusiones; poemas todos que cada vez más
apretujaban mi equipaje.
Escogí el trabajo de un nómada que, con
guitarra en mano, va por los caminos desnudando con la voz lo que el alma va
tejiendo en los pasajes de la vida. Inspirado en la sensibilidad, mi fiel
aliado es el viento que conduce mis canciones hasta donde a la planta de mis
pies, por la lejanía, les ha sido imposible llegar.
En ese momento el tic tac del reloj
atrajo mi atención: marcaba las ocho de la noche, y nuevamente esa voz
imprescindible en los teatros anunciaba: ¡Tercera llamada! ¡Tercera!
¡Comenzamos!”. Encaminé lentamente mis pasos al centro del escenario, vi cómo
el telón lentamente se iba levantando y, de pronto, experimenté la dulce
sensación que me hizo sentir haber apenas sido ayer cuando por vez primera pisara
este lugar. Las luces me iluminaron por completo, la calurosa ovación me
acariciaba el alma, y en muchas pancartas leí: “¡Bienvenido a Xalapa, Alberto
Cortez!”. rafaelrojascolorado@yahoo.com.mx