ARQUIDIOCESIS XALAPAA
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Pbro. Juan Beristaín de los Santos

Los cristianos de las primeras generaciones se interesaron muy pronto por las tentaciones que Jesús padeció (Mateo 4, 1-11). No querían olvidar el tipo de conflictos y luchas que Jesús tuvo que superar para mantenerse fiel a Dios.

En el desierto o en la conciencia de cada ciudadano se puede escuchar la voz de Dios, pero también se puede sentir la atracción de las fuerzas oscuras que alejan del proyecto divino de la salvación o del verdadero servicio a los demás.

En la primera tentación, Jesús se resiste a utilizar a Dios para convertir las piedras en pan. Lo primero que necesita una persona es comer, pero no sólo de pan vive el hombre. El anhelo de la persona no se apaga solamente alimentando su cuerpo. Existe una vocación de trascendencia y sed de justicia en cada ciudadano que el Estado Mexicano debe proteger y custodiar para alcanzar el verdadero desarrollo integral.

La segunda tentación se produce en el templo. El tentador propone a Jesús hacer su entrada triunfal en la ciudad santa y descender de lo alto como un Mesías glorioso. Jesús reacciona rápido: “No tentarás al Señor, tu Dios”. Jesús rechaza ser un Mesías triunfador. No pondrá a Dios al servicio de su gloria. Él no busca quedar bien, sino hacer el bien a los más desvalidos y necesitados; ésta es una incisiva invitación a todos los ciudadanos y gobernantes para practicarla cada día en México y Veracruz.

La tercera tentación sucede en una montaña altísima. El espíritu del mal invita a Jesús a adorarlo para poseer todas las riquezas del mundo, pero Jesús lo rechaza porque él no ha venido a dominar, sino a servir a los más necesitados. La enseñanza de Jesús, al vencer el mal, es para todos sin excepción.