ENTRE EL FERVOR MUNDIALISTA Y LA VULNERABILIDAD DE NUESTRA CASA

MUNIDAL 2026
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El Mundial 2026 ha llegado con su habitual poder hipnótico, capaz de suspender, al menos por noventa minutos, la agobiante realidad social. Es un fenómeno catalizador, es un bálsamo que invita a vestir la camiseta y salir a las calles a celebrar, quizás porque la vida cotidiana nos ofrece pocas ocasiones para el júbilo colectivo. El balompié, que antaño fuera estigmatizado como una actividad menor, hoy ha transformado a los futbolistas en verdaderas estrellas de rock. Sin embargo, detrás de la atmósfera festiva que desplazan la nota roja y las desgastantes disputas políticas, subyace una realidad comercial, el Mundial ha sido diseñado bajo la lógica del Super Bowl, donde lo que se vende es la experiencia de consumo más que la excelencia deportiva.

Mientras la televisión exprime esta fábrica de emociones y nos preparamos para semanas de debates bizantinos entre “expertos” de ocasión, una ironía dolorosa persiste, nuestros niños y niñas siguen careciendo de espacios dignos para la práctica deportiva real.

Como nota al margen, resultó un entrañable contraste ver al orgullo de Coatzacoalcos, Salma Hayek, engalanar la inauguración, frente a la esperanza de jóvenes veracruzanas como Yolett Cervantes Cua, que representan la lucha por abrirse camino desde el origen.

INFRAESTRUCTURA, EL COSTO DE LA OPACIDAD

La euforia mundialista no debe impedirnos mirar lo que ocurre bajo nuestros pies. Las lluvias recientes han desnudado, con la contundencia de la naturaleza, la precariedad de nuestra infraestructura municipal. El caos vial y los estragos en el libramiento no son simples “accidentes climáticos”; son el resultado evidente de obras mal ejecutadas y de una planeación ausente.

La obra pública se ha convertido, trágicamente, en la fuente principal de los llamados “diezmos”. Cuando los procesos de licitación se diseñan para favorecer a los amigos de campaña y no a los mejores constructores, la calidad se sacrifica y la seguridad de la ciudadanía queda en entredicho. ¿Cuántas obras más deben fallar para que comprendamos que, mientras no existan contralorías sociales autónomas y una verdadera vigilancia ciudadana en el cabildo, la administración seguirá navegando entre la opacidad y los arreglos bajo la mesa?

Estamos lejos de los estándares que un Pueblo Mágico como Coatepec merece. La falta de mantenimiento preventivo en instalaciones hidráulicas y vías públicas es una negligencia que, por fortuna, no ha derivado en una tragedia humana, aunque las pérdidas materiales y el riesgo latente en las familias son innegables.

La pregunta no es si vendrá la calma después de la tormenta, sino si la autoridad municipal cuenta, por fin, con un plan de prevención serio o si estamos esperando a que la naturaleza nos dicte una lección más severa. Es una interrogante preventiva, por supuesto; no vaya a ser que la verdad incomode a quienes despachan en Palacio.

Después de tempestades y goles, hoy haga una pausa, acompañado de un buen café de nuestra tierra, acompañado de un amigo o familiar disfrutemos la amistad para resistir el caos, es el refugio consciente en los pequeños placeres que nos recuerdan por qué vale la pena cuidar a nuestro querido Coatepec.

Por hoy hasta aquí, que quiero goles y frijoles… bien refritos.