OpiniónUriel Flores A.

GOBIERNOS: SALIR DEL AUTOCONSUMO

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GOBIERNOS: SALIR DEL AUTOCONSUMO

Uriel Flores Aguayo

 

Existen los mundos político y social en nuestra sociedad. Ya de por sí es anómalo que los gobernantes se la pasen hablando; existe una extraña tenencia en los políticos por creer que deben hablar de todo y a todas horas. Son o pretenden ser el centro de todo, dominan los escenarios. Sería sano y tendría decoro que se abstuvieran más seguido de hablar. Tiene mayor sentido los que hablan como parlamentarios en tanto que esa es su función, del nivel en que lo hagan ya es otro asunto. Los que si resbalan hacia lo disfuncional son los miembros de los poderes ejecutivos; no es necesario que hablen a todas horas, al contrario, deben guardar reposo verbal y abrir paso a las voces institucionales. Es mucho mejor que hable la sociedad, que se escuchen las voces de la gente. Es lo sano, oxigena socialmente.

Los gobiernos viven en el auto consumo, se alejan de la gente y hablan consigo mismos. Los aparatos públicos se reúnen, celebran y muestran sus formas ; no se entienden mucho de sus responsabilidades y opacan su esencia. Es curioso que anuncien con solemnidad lo que pasa en el gobierno, sus nombramientos y sus actos. Todo queda entre ellos. Que donde hay un foro o un informe, van todos; esa es su actividad del día; hay discursos y alabanzas. Sería interesante saber cuánto tiempo dedican en los gobiernos a tratar asuntos propios y cuánto para la gente. Pudiera ser abrumador que gran parte del tiempo y labores los dediquen a asuntos internos , derrochando el presupuesto. Hay una tradición política post revolucionaria, el esplendor del PRI y sus antecesores, en que los aparatos de gobierno se dedicaban a atender todo con criterios partidista. Eso significa  que permanentemente se encontraban en campaña; ahí su tiempo y el dinero público se desviaba cruelmente. Era el caso extremo de gobiernos que casi exclusivamente funcionaban para mantener el poder, por obviedad sus responsabilidades sociales y democráticas pasaban a un último lugar.

Los gobiernos deben ser absolutamente institucionales, separados orgánicamente de sus partidos de origen y cumpliendo escrupulosamente con sus responsabilidades. El servicio público requiere funcionarios profesionales, cuyas carreras se basen en méritos y con claridad de la función a desempeñar. Si únicamente el criterio de ingreso es el de pertenencia a un partido determinado, los resultados serán opacos y menores. No hay cualidad especial si trabajan en los gobiernos ni tampoco deben cubrir los espacios de la conversación pública. Son servidores y ya. Lo importante sería verlos trabajar y no adquirir privilegios. Uno de sus aportes serios sería que apoyen en la apertura de espacios y caminos para la sociedad civil organizada, que ésta sea protagonista. Que las calles y escuelas lleven nombres de destacados ciudadanos, que no se siga con la absurda costumbre de encumbrar a políticos cuyos méritos no van más allá de cumplir con sus obligaciones.

Tantos miles de funcionarios y burócratas deberían utilizar su tiempo en atender y resolver asuntos colectivos. Se emplea mucho dinero en su nómina y operación como para que dejen vacíos de responsabilidades. Los gobernantes deben dedicarse a los asuntos de la sociedad, encarar problemas y resolverlos, hablar cuando sea necesario y convocar en forma plural a la participación ciudadana. Ese es su papel básico. Los discursos rimbombantes y los actos de auto consumo merecen un lugar discreto con tendencia menguante. Al mundo civil le conviene e interesa que hagan su trabajo, que rindan cuentas y aparezcan poco en términos publicitarios. Mucho ganaríamos con gobiernos de sentido común y labores sustanciales.

Recadito: acueducto con reforestación.