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Sáb, 1 ago

HERNÁN CORTÉS TENDRÁ SU MOMENTO AHORA

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San Nicolás de los Ranchos, Puebla 9 agosto 2026.- Llegó la Presidenta Claudia Sheinbaum hasta las faldas del Popocatépetl con otra gesta bajo el brazo.

Si en 2020, aún como Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, retiró la estatua de Cristóbal Colón de Paseo de la Reforma y renombró la estación del Metro Zócalo como Zócalo/Tenochtitlan; si en 2021 rebautizó la Plaza de la Noche Triste como de la Noche Victoriosa y la avenida Puente de Alvarado como México-Tenochtitlan, ahora le tocaba el turno a Hernán Cortés.

Las nubes cubrían y descubrían la nieve del volcán que no explota y los bosques arrasados por la lava ocasional. La mañana era templada entre el bosque de ocotes. Venía y se iba la sombra entre los cientos de asistentes formados de pie. Soldados, bomberos, rescatistas, pobladores y funcionarios con cascos, gorras, sombreros y palas listas para plantar árboles.

Ondeaba una bandera de México entre el tumulto; los brigadistas cargaban estandartes también. Sonaba el Huapango de Moncayo. El ambiente parecía el de una batalla y el paisaje también. Por aquí subió Hernán Cortés en noviembre de 1519, con 400 soldados, 15 jinetes españoles y unos mil tlaxcaltecas, entre el brillo del fuego del Popocatépetl y la sombra del Iztaccíhuatl, rumbo a Tenochtitlan, según el relato de Bernal Díaz del Castillo.

Habían dejado atrás la ciudad de Cholula, donde perpetraron una matanza en la que acuchillaron y quemaron vivos a los indígenas. Algunos dicen que por el temor a una rebelión; otros, azuzados por los tlaxcaltecas, rivales de los mexicas. Marcharon hacia la capital del imperio con sus lanzas, sus astiles, sus cotas de malla, sus cascos de hierro y sus perros de presa, haciendo estruendo. No los detuvieron los regalos de oro y pluma de quetzal que recibieron de Moctezuma para disuadirlos en ese paso que los mexicas llamaban Tajón del Águila, de acuerdo con Miguel León-Portilla.

“Antes bien, como si fueran monos levantaban el oro, como que se sentaban en ademán de gusto, como que se les renovaba y se les iluminaba el corazón”, anotó en “La visión de los vencidos”. Tampoco los detuvieron la amenaza de emboscadas ni los árboles derribados para evitar el paso de los caballos. “¿Qué hombres ha habido en el universo que tal atrevimiento tuviesen?”, se preguntó Hernán Cortés sobre su reducida tropa.

Consumada la conquista de Tenochtitlan en 1521, con apoyo de miles de guerreros indígenas, el lugar se denominó Paso de Cortés. Ahí se creó el Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl, una reserva natural de 39 mil hectáreas.

Ahora había un estacionamiento gigantesco, camiones militares, drones del tamaño de una bicicleta y vendedores con canastas de pan. El polvo fresco se elevaba sobre las cabezas. La Mandataria llegó hasta ahí a pie porque la carretera estaba atascada. Había pendones de programas sociales en cada poste desde Cholula hasta Santiago Xalitzintla, y una fila de autos detenidos impedía avanzar.

Sheinbaum había anunciado el miércoles una hazaña: plantar 6.6 millones de árboles ese día en todo el País. Hazaña mínima, a pesar de todo, si se toma en cuenta que el 18 de noviembre de 2024, en la Cumbre del G20 en Río de Janeiro, presumió que México destina mil 700 millones de dólares cada año para apoyar a 439 mil campesinos del programa Sembrando Vida.

“En seis años (desde el sexenio de López Obrador) se han reforestado con la siembra de mil 100 millones de árboles”, dijo. Como si hubieran sido sembrados millones diariamente desde entonces y, aun así, hubiera espacio para el inicio de la nueva jornada. Una jornada que terminaría opacada por el anuncio.

El copal de los danzantes de Santiago Xalitzintla (unos se dijeron aztecas, otros tlaxcaltecas) ardía de nuevo para humear a la Presidenta. Sheinbaum firmó un decreto para celebrar la jornada de reforestación cada segundo domingo de agosto, miró el vuelo de prueba de los drones que habrían de dispersar medio millón de semillas en zonas inalcanzables, recordó que era el Día Internacional de los Pueblos Indígenas y entonces sí habló de la nueva gesta.

“Fue por aquí que Hernán Cortés, después de la masacre de Cholula, pasó hacia Tenochtitlan”, dijo. “Y este día les propongo que dejemos de llamar ‘Paso de Cortés’ a este territorio, porque por aquí pasaron los pueblos mucho antes. Así que el día de hoy, Día Internacional de los Pueblos Indígenas, llamemos a este paso el ‘Paso de los Pueblos Indígenas’”. La aprobación se la dio un aplauso general.

Se cantó el Himno Nacional, en español, y los invitados se fueron detrás del templete a plantar árboles. Se rompió la formación. Angelina Xicoténcatl Coyote, una danzante que le había dado la bienvenida a la Presidenta con la cara pintada y un bastón con cabeza de halcón disecado, dijo que muy bien, que ya desde antes había por ahí una escultura de bronce de Hernán Cortés, pero alguien se la robó.

“A lo mejor, pero no había como ahorita que tenemos un poquito más de conciencia y razonamiento, y le dábamos mucha importancia a gente que vino a destruir nuestro País”, decía cuando los de la Ayudantía abrían camino hacia la camioneta presidencial, a un lado de su tambor, sus pieles secas y su copal.

“Ahora, que me gustaría más que le hubieran puesto un nombre indígena”, agregó Angelina Xicoténcatl, señalando que había algo todavía más urgente: “Aquí entran los talamontes; camiones de redilas, cinco, seis, hasta diez, y nadie hace nada. No puede ser, porque yo creo que eso es ilegal”.

Sheinbaum torció a la derecha y equivocó el camino hacia el centro del terreno en lugar de enfilar hacia su vehículo. Fue de un lado a otro entre empujones, saludos, gritos y polvo durante 15 minutos.

“¡Presidenta! ¡Los talamontes, Presidenta!”, le alcanzó a gritar Angelina Xicoténcatl.

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