
ILUSOS
(I)
Francisco Montfort Guillén
<<Si me engañas una vez
con ese truco, maldito seas. Si me engañas dos veces con el mismo truco,
maldito sea yo por creerte>>. Así reza, palabras más, palabras menos, un
viejo refrán árabe que se repite en España. Una gota de sabiduría que ha pasado
desapercibida por los mexicanos. ¿Cuántas veces han sido burlados por sus
gobernantes?
Lo cierto es que ellos eran
especialistas, los priistas, en generar ilusiones. Teniendo todo el poder en
sus manos, su objetivo era legitimar cada seis años el ejercicio del poder en
una nueva persona. Y lo conseguían. Renovaban esperanzas individuales en muchos
mexicanos que añoraban conocer al nuevo presidente, gobernador, alcalde y sus
grupos. Con suerte, a algunos otros ciudadanos se les cumplía el sueño de que <<les
hiciera justicia la Revolución>>, es decir, <<agarrar un buen hueso
y enriquecerse>>.
Para el resto de los mexicanos
la cuestión consistía en creer las nuevas expectativas de mejorar su condición
socioeconómica y subir algunos peldaños en la escala social. Ciertamente no
fueron pocos los que alcanzaron a mejorar sus condiciones de vida, aunque con
el paso del tiempo, la boca del embudo se fue empequeñeciendo y cada sexenio
fueron menos los mexicanos que pudieron mejorar su posición social.
Estas historias conocidas
vienen a cuento porque la revista Nexos, del mes de mayo pasado, en su
dossier, hace una recapitulación de las <<Oportunidades perdidas: En el
último medio siglo México ha perdido al menos cinco oportunidades de volverse
un país moderno. ¿Qué quiere decir moderno? Tres cosas: un país próspero en su
economía, equitativo en su sociedad y democrático en su vida política>>
pp.18. Nexos, num.569, mayo 2025.
Esta cuestión me parece
central para vida pública de nuestra nación. Pienso que debería ser el eje
articulador de la discusión política tan ensimismada en la banalidad, la
estulticia y la retórica populista liderada desde las conferencias matutinas
del ejecutivo federal desde hace casi siete años, y hace al menos otros 18, desde
la oposición llamada de izquierda, centrada en la simplificación de la
realidad, la ideologización, la descalificación de sus adversarios y la
división política esquemática de los ciudadanos entre pobres buenos y ricos
desalmados.
Para los colaboradores de la
revista Nexos estas fueron <<las cinco oportunidades perdidas, los cinco
procesos que apartaron a México de su posible acceso a la modernidad: 1. El
desenlace trágico del Movimiento del 68. 2. La promesa de la abundancia
petrolera que se disolvió en la crisis de 1982. 3. La promesa de la
modernización salinista que derivó en la crisis económica de 1994. 4. El
proceso de transición que desembocó en un regreso autoritario a partir de 2018.
5. La llamada Cuarta Transformación que verificó ese retroceso y le dio rango
constitucional (Ibid.)>>. Pasemos revista a estos momentos históricos.
En primer lugar, quiero decir
que esta definición de modernidad es una convención de los autores. Como
definen el concepto, se podría intercambiar la definición por país democrático,
o país desarrollado, o país igualitario. Si bien no es un texto académico, si
resulta pertinente recalcar que los procesos o fenómenos de la modernidad, del
desarrollo con una justa distribución de la riqueza y de la democratización
son, en su núcleo central, claramente diferentes. Pues, por citar el ejemplo
actual más destacado, China ha conseguido sacar de la pobreza a por lo menos la
mitad de su población en condiciones de aceptable igualdad, ha modernizado a
esos millones de seres humanos, pero no tiene un régimen democrático.
Y no se analiza en el texto de
la revista Nexos el papel, la esencia y la calidad del Estado como agente
central, cerebro colectivo, aparato de comando de la sociedad mexicana
encargado, precisamente, de hacer compatibles los procesos de modernización, de
democratización y de prosperidad económica (tal vez ahora habría que agregar el
aspecto de sustentabilidad) con distribución equitativa de la riqueza.
En la mesa de diálogo sobre el
Movimiento estudiantil de 1968 la conductora propone una interrogante:
<<qué hubiera pasado si en 1968 la matanza que cometió el gobierno no
hubiera pasado: ¿tendríamos un país peor? … ¿Nos hubiera llevado a un lugar
peor quizá? Y Ariel Rodríguez Kuri responde: …Por una parte los Juegos
Olímpicos no fueron una mascarada del régimen; fueron, genuinamente, la
conclusión de un larguísimo proceso modernizador…porque se propuso (la sede
olímpica) desde el subdesarrollo, no desde la bonanza…>>.
Modernidad y desarrollo son
inseparables. Pero son cuestiones distintas, aunque inextricablemente
asociadas, contradictorias, complementarias. Y, efectivamente, el Movimiento
Estudiantil de 1968 fue una expresión de modernidad, por su autenticidad libertaria,
que no democrática, y menos pieza clave en la promoción del desarrollo. La gran
protesta estudiantil fue una reacción a una exagerada acción policíaca del
gobierno. No fue una reacción política, digamos clásica. En palabras de uno de
sus más lúcidos dirigentes, Gilberto Guevara Niebla: <<La idea de los partidos
políticos ni siquiera aparecía en la cabeza de los estudiantes del 68>>.
La idea de desarrollo
(crecimiento económico y distribución de la riqueza) no era parte central en
los debates de los años sesenta. En nuestro país, sin embargo, empezaba a ser
claro que el “milagro mexicano” se estancaba. En 1965 se reporta por primera
vez un saldo negativo en el crecimiento del campo, que había sido el motor del crecimiento
económico, de la movilidad social y la estabilidad política en el país. Y ese
dato no gustó al gobierno. El presidente Díaz Ordaz quiso revertirlo con más
distribución de tierras y creación de ejidos.
La solución la planteaba Ortiz
Mena, secretario de hacienda, a quien se adjudica gran parte del “milagro
mexicano”, y quien planteaba una reforma fiscal para corregir el modelo
económico. Perdió su propuesta y perdió la carrera presidencial. Y la ganó Luis
Echeverría, quien aparece como uno de los responsables de la masacre de
Tlatelolco.
No parece que el Movimiento
Estudiantil y su represión haya sido una oportunidad perdida para que México
accediera a la categoría de país moderno (como lo califican en la revista Nexos).
Si bien las clases medias con mayor escolaridad habían conocido un proceso de
modernización de sus conductas, que precisamente impulsaron sus protestas, como
antes la de los médicos, la cuestión democrática no aparecía en la agenda de
ningún actor social o político. Si la solución del conflicto hubiese sido el
diálogo, como era la petición del Movimiento Estudiantil, entonces tal vez se
hubieran abierto los canales para, entonces sí, una modernización de las
conductas políticas y de apertura hacia las vías de la democratización.
Los integrantes de Nexos no pasan revista al sexenio de Luis Echeverría que, después del trauma del 68,
sí constituyó una oportunidad perdida en términos de un nuevo modelo de
desarrollo, de democratización y de modernización del país. Mientras el mundo
se abría a nuevas formas de acumulación de riqueza, debido a las crisis
económicas del fin de los <<Gloriosos Treinta>>, (el boom del
desarrollo post Guerra Mundial que permitió la creación del actual Estado de
bienestar) liderados por Europa y Estados Unidos (apertura de relaciones con
China, respeto a los derechos humanos, nuevas miradas sobre los recursos
energéticos) el México de Echeverría no solo no abrió sus puertas a la creación
de un mejor futuro, sino que el presidente quiso ser una nueva versión de
Lázaro Cárdenas.
El populismo echeverrista sí
canceló una nueva forma de hacer política. Habló de apertura democrática sin
que hubiese ninguna reforma en ese campo. Manipuló a los jóvenes a los que
abrió las puertas de los presupuestos y alentó o permitió la corrupción.
Endiosó la figura presidencial y ejerció el poder de manera autocrática. Su
demagogia culminó con una severa crisis económica que canceló salidas a las
clases medias y hundió más a las clases proletarias y campesinas. Fue, pues, un
sexenio perdido en todos los aspectos.