INDAGA LA VIOLENCIA DE GÉNERO EN LA LITERATURA MEXICANA

Agencia Reforma
Ciudad de México 3 junio 2026.- La literatura no puede sustituir a un tribunal ni detener un feminicidio. Pero, frente a la incapacidad social e institucional para contener la violencia contra las mujeres, algunas escritoras mexicanas han encontrado en la ficción un espacio para recuperar la voz de las víctimas, desmontar narrativas patriarcales y ensayar una forma de “justicia poética”.
Éste es uno de los planteamientos de la académica francesa Cathy Fourez, cuyo libro Vidas de sangre. Mujeres en la narrativa mexicana del crimen, coedición de las universidades autónomas de Aguascalientes (UAA) y de la Ciudad de México (UACM), analiza cómo diversas autoras han transformado la manera de narrar la violencia de género en el País.
“No sé si la literatura puede ser una superficie de reparación, pero puede permitir una especie de reconquista hacia cierta esperanza, y la esperanza a veces pasa por la denuncia, por decir las cosas.
“Justicia poética”, aclara, “no significa dar una solución o dar con el agresor: es tratar de sondear toda la desesperanza social, de hacer hablar la desgracia -porque la desgracia es muda- y descongelar todos estos saberes que son ninguneados por la palabra prepotente, sea ésta mediática o política”.
Otra forma de contar el horror
Fourez comenzó a estudiar la literatura policiaca mexicana desde su tesis doctoral, sobre el escritor Jorge Ibargüengoitia, y posteriormente trabajó la representación del feminicidio en el Programa de Estudios de Género de la UNAM, donde coincidieron historiadores, sociólogos, antropólogos y periodistas.
El punto de inflexión llegó al analizar la representación de los crímenes de mujeres en 2666, del chileno Roberto Bolaño.
“Me di cuenta de que Roberto Bolaño contribuía al mismo tiempo a denunciar el feminicidio y también a caricaturizarlo.
“Cuando digo caricaturizarlo, quiero decir que participaba en una revictimización, porque la mujer solo aparecía como campo de batalla, cuerpo conquistado y una correa de transmisión entre estos hombres que practicaban la hegemonía masculina”.
Para una segunda tesis doctoral, dedicada a la representación de las mujeres violentas y víctimas de violencia en la narrativa criminal, Fourez buscó, con la guía del fallecido escritor mexicano Sergio González Rodríguez, “otros relatos posibles sobre el feminicidio”.
Los encontró en escritoras alejadas entonces de los grandes circuitos editoriales, pues muchas publicaban en editoriales independientes o en antologías.
Orfa Alarcón, Iris García Cuevas, Ivonne Reyes Chiquete y Cristina Rivera Garza son algunas de las autoras incluidas en el estudio, junto con Alejandro Almazán y el propio González Rodríguez.
“Quería encontrar voces capaces de sondear de otra manera el pulso de la realidad y demostrarnos que la realidad era más compleja que esa versión monolítica de los hechos”, dice la hispanista francesa.
Esa versión, resume, suele reducirse a “una mujer tumbada y un agresor de pie”.
Fourez explora las “violencias sordas”: formas cotidianas de misoginia que deterioran la vida de las mujeres mucho antes del crimen extremo.
“Eso es interesante, porque el primer acto de violencia es verbal, y muchas veces la gente tiene tendencia a relativizar, pero esta violencia verbal es un indicador de esta enorme violencia capaz de derivar en el feminicidio”.
Buscando entonces, dice, no forzosamente crímenes horribles, ostentosos, sino todos los mecanismos que participan en la construcción progresiva de la violencia feminicida.
“Y eso aparece en particular en los textos escritos por las mujeres, porque sus propios cuerpos, desgraciadamente, se ven expuestos todos los días a este tipo de violencias sordas”.
Subvertir el género
Durante mucho tiempo, reflexiona Fourez, la literatura policiaca fue monopolio de escritores, y la aparición de nuevas voces femeninas ha modificado tanto el género como la manera de aproximarse a la violencia.
“Tratan de problemas que los hombres ignoraban porque eran violencias no dirigidas contra sus cuerpos o porque no tenían conciencia de toda esta violencia sexista, machista y misógina, ya que ellos mismos formaban parte de este sistema”.
La entrada de las mujeres en la literatura policiaca, añade, “permite perturbar y alterar nuestra mirada sobre lo que un cuerpo femenino puede aguantar, sufrir, soportar, hasta lo incomprensible, lo impensable”.
El libro también distingue entre distintas estrategias narrativas.
Algunas autoras, como la mencionada Alarcón, optan por una escritura frontal y descarnada que entra “en las entrañas de la brutalidad”. Otras, como Rivera Garza, trabajan una violencia implícita y omnipresente.
En esos relatos, explica Fourez, la violencia penetra lentamente el ámbito doméstico, invade el cuerpo y la mente de los personajes y termina instalándose en su intimidad sin necesidad de mostrarse de manera frontal.
“Eso también tiene su virtud, porque participa en una desestabilización del lector, genera una especie de corto circuito y lo coloca en una situación incómoda”.
La literatura que explora temas dolorosos, advierte, no busca tranquilizar, sino inquietar: “recordarnos la capacidad que tiene el ser humano para vandalizar al otro”.
La investigadora también aborda la violencia ejercida por mujeres. Aunque reconoce que ellas pueden reproducir mecanismos violentos, establece una diferencia fundamental.
“Las mujeres, cuando violentan a otros seres humanos, no los violentan por razones de género”.
A partir del corpus analizado, Fourez identifica dos tendencias principales: mujeres que reproducen dinámicas de violencia heredadas de estructuras masculinas, y mujeres que recurren a la violencia para defenderse, especialmente de la violencia ejercida por hombres.
“Eso es lo que me dice la literatura. No es un estudio sociológico, pero creo que este punto de vista es bastante interesante”, puntualiza.