LA BANALIDAD DEL MAL Y EL PROBLEMA DE NO PENSAR POR SÍ MISMO

Pareciera que a veces somos dos caras de una misma moneda. Sin embargo, la experiencia humana es demasiado compleja para definirla en términos absolutos, ni somos completamente buenos ni completamente malos. Entre ambos extremos existen matices, zonas grises y ambigüedades. En esa complejidad se presenta un problema profundamente humano: cómo ejercemos nuestra libertad y qué responsabilidad asumimos sobre nuestros actos.
La idea filosófica que vale la pena examinar es inquietante: alguien puede cometer actos atroces sin ser, necesariamente, un “monstruo”.

El caso mediático de 1962 de Adolf Eichmann resulta ilustrativo. Como funcionario del régimen nazi, fue responsable de la logística de los trenes que transportaban judíos a los campos de concentración, una figura directamente vinculada a uno de los mayores horrores de la historia. Sin embargo, durante su juicio en Jerusalén, lo más desconcertante al momento de ser interrogado, fue que él respondió como justificación: “Yo solo estaba siguiendo órdenes”.
¿Es una excusa válida?
La reacción inmediata sería acusarlo como delincuente, psicópata, sádico o perverso. Pero Hannah Arent, filósofa alemana que cubrió el juicio, observó algo más perturbador: Eichmann no encajaba en la imagen del villano demoniaco. Era, más bien, un burócrata mediocre, perfectamente integrado en un sistema.
De ahí surgió el concepto de la banalidad del mal, Arent plateó que cualquier persona puede participar en los crímenes más terribles, basta con dejar de pensar El mal no siempre se ejecuta desde la monstruosidad, sino desde la normalidad, la obediencia, el deber y la renuncia al juicio propio. Lo atroz puede coexistir con la normalidad social. El mal, muchas veces, circula cómodamente dentro de la vida cotidiana.

El caso de Jeffrey Epstein resulta perturbador precisamente por ello. Tampoco encajaba en la figura tradicional del criminal marginal o socialmente aislado. Se movía con naturalidad en círculos de poder, rodeado de figuras influyentes, integrado en la élite económica, política y de la cultural pop. Durante años, su presencia no desentonó. No era un villano evidente, se camuflajeada en la normalidad, en la apariencia de éxito y estatus.
No se trata de comparar los crímenes de Eichmann y Epstein, sino de observar un rasgo en común: eran figuras que entran en los parámetros de una persona normal, tan banal que es posible pasar desapercibido. El mal no siempre se presenta con un rostro grotesco, ni como fue imaginado en las caricaturas, ni como se nos dijo, prejuiciosamente, que lucían las personas malvadas. A menudo, el mal habita en lo cotidiano, incluso pueden estar entre nosotros.
Piénselo así: la gente que escribe con caca en las paredes de los baños públicos… está entre nosotros.
Lo verdaderamente inquietante del caso de Epstein, es su red de cómplices. Y a quienes se dejaron influenciar, los señalo explícitamente, como gente que tontamente no pudieron pensar por sí mismos, sobre el impacto de sus actos. Pues es más tonto el que sigue y obedece sin cuestionar, que quien propone.
Porque la banalidad del mal no describe monstruos. Le basta con personas que prefieren no pensar.