LA EVOLUCIÓN DEL BALLET DE MONTERREY

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Monterrey, NL 4 julio 2026 .-El Ballet de Monterrey ha transitado un camino largo, complejo y, a menudo, sinuoso.

 Desde su fundación, ha sabido lo que es resistir: ha sorteado crisis económicas profundas, transiciones de dirección y procesos de redefinición artística.

 Sin embargo, el valor de su trayectoria no radica en la mera permanencia, sino en la madurez artística con la que hoy se presenta ante su público.

 Hoy, la compañía no sólo ha sobrevivido; se ha transformado. Su nivel técnico actual ha roto cualquier expectativa previa, colocándose con orgullo al nivel de grandes compañías internacionales.

 Cuando hablamos de que el Ballet de Monterrey está arriesgando, el espectador podría pensar en la espectacularidad física: un giro más, un salto más alto o una proeza atlética.

 Pero el verdadero riesgo en el arte no es cuantitativo.

 El riesgo que hoy asumen sus directivos, maestros y bailarines es, ante todo, un acto de valentía mental, física y emocional.

 No consiste en hacer más, sino en cómo se enfrenta el reto. Es la fortaleza para sostener la mirada en el escenario, habitar el movimiento con honestidad absoluta y desnudarse artísticamente ante el público.

 El sobresaliente resultado escénico que hoy presenciamos es consecuencia de esa entrega, no un fin en sí mismo. Esta evolución no la observo desde la distancia cómoda de una butaca, sino desde el conocimiento profundo de sus entrañas.

 A lo largo de los años, he tenido el privilegio de vincularme con el Ballet de Monterrey desde casi todas las aristas posibles: primero como espectadora apasionada, después como bailarina invitada, compartiendo la adrenalina del escenario, y finalmente como coreógrafa y maestra, dialogando directamente con la disciplina, el sudor y la mente de sus integrantes.

 Conocer la historia de la compañía desde el salón de ensayo me permite afirmar que el momento que vive hoy es inédito.

 Su versatilidad actual no es casualidad. Es el resultado de una madurez en la que sus bailarines han aprendido a dominar el repertorio clásico más exigente, mientras se lanzan con absoluta solvencia a nuevos y arriesgados lenguajes contemporáneos.

 Aquí es donde la ecuación debe completarse.

 Monterrey tiene la compañía que se merece, una que está empujando los límites del arte. Ahora toca preguntarnos: ¿está la sociedad regiomontana dispuesta a corresponder a ese esfuerzo? El Ballet de Monterrey nos está invitando a un juego de espejos. Si ellos se atreven en el escenario, nosotros tenemos que atrevernos en la butaca.

 En una comunidad que a menudo prioriza lo pragmático y lo medible, es urgente atrevernos a ser sensibles, a abrirnos sin prejuicios y a conmovernos con sus propuestas.

 Corresponder al riesgo físico del bailarín con nuestro propio riesgo emocional es el mínimo acto de reciprocidad cultural que nos toca asumir. El público de Monterrey debe apropiarse de su ballet, disfrutarlo con orgullo y dejarse sacudir por él.

 El arte es un diálogo y hoy el Ballet de Monterrey está lanzando una propuesta valiente. A nosotros nos toca responder con la misma valentía.

 Aceptemos la invitación: que el riesgo en el escenario sea el motor que despierte nuestra propia capacidad de emocionarnos.