LA OTRA DEVASTACIÓN

Walter Olivera Valladares / @WalterOliverav
Mientras recibimos datos mixtos en medio de una guerra que parece haber caído en punto muerto, lo cierto es que la atención sigue puesta en Medio Oriente donde continúan las negociaciones con miras a una desescalada del conflicto.
Aunque no han ocurrido grandes variaciones desde la última semana, el entorno global es de alta fricción, tema delicado por los cuatro costados considerando la cantidad de víctimas civiles inocentes dejadas por los ataques; los multimillonarios costos de la conflagración, su impacto en la economía mundial, el desequilibrio en las cadenas de suministros y valores de mercado por la inestabilidad de la industria petrolera; y el gravísimo saldo en daños al patrimonio histórico-cultural.
Hasta finales de abril, la propia UNESCO no había logrado precisar el número de sitios con valor histórico dañados, pero los registros indican entre 130 a 149 construcciones afectadas entre universidades, museos, sinagogas, mezquitas, puentes y otras edificaciones emblemáticas.
Los impactos directos de los bombardeos o las ondas expansivas de los mismos, provocaron destrucción incluso en cinco sitios de la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, organismo que sigue sin poder cuantificar el monto de las zonas devastadas, pero alerta que muchas de ellas son irremplazables.
Teherán, Isfahán, Sanandaj, Kermanshah, Qom y Khansar aparecen entre las ciudades más arruinadas y monumentos como los palacios de Mármol, el de Golestánel y el de Chehel Sotoun, la mezquita Masjed-e Jame, y el complejo de Saadabad registran estragos irreversibles.
En 1954 fue establecido en la Convención de La Haya que atacar bienes culturales durante un conflicto bélico podría tipificarse como un “crimen de guerra”, lo que no es nada menor si atendemos al hecho de que la vida de las personas está estrechamente ligada a su patrimonio cultural. Es la herencia histórica, tangible o intangible, la que les aporta ciudadanía, dignidad e identidad.
Los bombardeos de Estados Unidos e Israel además de violar el tratado del 54 destruyeron el tejido social de una nación, sus narrativas históricas, tradiciones y vestigios que habían perdurado durante siglos.
Las condiciones van más allá del daño colateral, arrasaron con monumentos de alto simbolismo para la cultura islámica. El daño no sólo es material, no afecta únicamente a Irán, implica la pérdida de la memoria colectiva mundial.
La República de Irán tiene 29 sitios inscritos en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. Medios internacionales confirman ataques a varios de ellos principalmente en la capital iraní, Teherán y en la ciudad de Isfahán. Por ejemplo, al Palacio Chehel Sotoun, del siglo XVII, en el Jardín Persa; el Palacio de Golestán, el Palacio Ali Qapu, el Bagh-e Fin, jardín persa que data del año 1590; la Ciudadela Falak ol Aflak, o castillo Shapur Khast,
construido en el siglo III, en la zona Khorramabad. El complejo prehistórico del Valle de Khorramabad, conjunto de cuevas con evidencias de ocupación humana de hace 63 mil años.
Por la intensidad de las operaciones militares la UNESCO continúa acopiando y verificando información para una evaluación completa y mejor validada. Sin embargo, el propio gobierno iraní denunció que Estados Unidos arrasó la histórica sinagoga de Rafieinia, en el corazón de Teherán.
En otros reportes también señalan la destrucción de 149 inmuebles históricos en 20 provincias, que incluirían al menos 54 museos. Las regiones más impactadas serían Teherán, con 70 construcciones dañadas; Isfahán con 27 y Kurdistán con 13.
El pasado 7 de abril, el presidente estadounidense Donald Trump, a través de su plataforma Truth Social, amenazó a Irán: “una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”. Así exigía el libre tránsito por el estrecho de Ormuz, en el que se había recrudecido el conflicto y donde parece estar concentrado hasta ahora.
El tono genocida generó la condena mundial unánime, que finalmente resultó en una frágil tregua y el aparente alto al fuego. Pero lo cierto es que el dedo sigue tembloroso en el gatillo e Irán en la mira.
El resto del mundo nos enfrentamos a la otra devastación, a la que ya hemos visto anteriormente en conflictos como los de Siria e Irak; la ruptura de la continuidad histórica, la interrupción de la vida académica y educativa en la región, el exterminio del patrimonio histórico monumental y peor aún la extinción de la memoria colectiva.
En la Convención de la Haya de 1954 y sus dos protocolos se señala que los sitios culturales deben ser protegidos incluso en escenarios de guerra porque “el daño al
patrimonio cultural no solo afecta a un país, sino a la historia compartida”. Irán podrá perder la guerra, pero una vez más la derrota es para la humanidad.