LA REVOLUCIONARIA TORTILLA CONTRA EL DESPOTISMO

KAIRÓS
Francisco Montfort Guillén
El pasado no puede repetirse. Las condiciones que lo hicieron posible han desaparecido. Sobre todo, si se trata de un pasado prehispánico. Sin embargo, del pasado se pueden extrae lecciones que nos ayuden a pensar el presente y construir el futuro inmediato. De nuestra historia, casi siempre pensada en blanco y negro, sobre todo cuando es pensada desde la política, podemos recoger experiencias que nos sirvan para pensar el progreso y en gobiernos no despóticos. Porque nuestro pasado no se circunscribe a la existencia de los aztecas. Existieron otras civilizaciones en lo que ahora es nuestro territorio nacional, mucho más extenso, gracias al Virreinato de la Nueva España, que el denominado Imperio Azteca circunscrito a la zona lacustre del llamado Valle de Anáhuac.
Comúnmente se asocia la elaboración de la tortilla a la domesticación del maíz en la zona lacustre. En realidad, la modificación por proceso de selección natural del teocintle o teosinte se remonta a 10,000 años en la gran zona de Mesoamérica, cuando se produce la revolución de la agricultura en el mundo. Otros arqueólogos, etnólogos e historiadores sitúan la aparición del maíz hace 5,000 años y su consumo asado o cocido en las mazorcas. Pero la hipótesis de su consumo como tortilla ha sido fechada en el año 500 a.C. en la zona del Valle de Oaxaca, en donde se preparaba la masa. Se presupone esta fecha y este lugar de la aparición de la revolucionaria tortilla porque ahí han sido descubiertos los comales más antiguos. Y este alimento es fruto a su vez de otras exigencias para los pobladores de esa enorme extensión y como resultado de otros procesos revolucionarios.
En ese valle, la población de San José Mogote tuvo la primera población realmente urbana (primera revolución) con mil habitantes y la aparición de tres grupos rivales en centros urbanos: Yeguih, al oriente; y Tlacolula y San Marín Tilcajete hacia el sur del valle. Hablaban versiones de lo que ahora se denomina zapoteco (palabra procedente del náhuatl, “habitantes del lugar del zapote”); tenían como símbolos el rayo, los terremotos y el jaguar. En el medio del valle, hoy la ciudad de Oaxaca, no existían poblaciones, hasta que apareció Monte Albán, construida por la unión de las tres comunidades antes mencionadas. Surgió un nuevo Estado (otra revolución) que dirigía una población estimada en siete mil personas. Antes de que hubiera agua en esta zona de montaña, el líquido era acarreado y también el maíz era transportado desde las regiones originales de los tres asentamientos originales para poder alimentar a cerca de 16 mil personas que llegó a tener Monte Albán.
Lo relevante de la formación de este Estado es que no se debe a la <<voluntad de poder>> de un gran líder o grupo de lideres fuertes. Las tres poblaciones originarias que dieron origen al Estado de Monte Albán I tardío ya eran fuertes y sus élites reconocieron la necesidad de contar con un Estado centralizado, pero sin que cada una de ellas perdieran su autonomía. Las investigaciones demuestran que no tienen evidencias si existieron reyes, sus nombres y sus dinastías. Pero sí que floreció una cultura basada en un gran comercio, e invenciones, pues era más fácil transportar los granos de elote y por supuesto las tortillas que las mazorcas. Tampoco tuvieron un gran sacerdote o un grupo de personas que sacara provecho de la deidad Cocijo, la representación del “rayo/nube/lluvia”. No hay testimonios de “reyes/dioses” como tampoco existen para Teotihuacan, a pesar de sus enormes dimensiones, no existen representaciones que hagan alarde del poder. Pareciera que, como en el caso de Monte Albán, pareciera que predominaba una cultura en contra de la dominación férrea del Estado.
Inclusive para entender mejor la rivalidad de aztecas, con sus dioses únicos y atemorizantes con sus gran y especializada casta de guerreros y reyes/sacerdotes omnipotentes, en Tlaxcala existen testimonios suficientes para saber que desde el siglo XIV hasta la conquista española contó con instituciones republicanas de participación popular, es decir, todo lo contrario del Imperio de la Triple Alianza. Hasta aquí las referencias de este pasado prehispánico, desconocido e ignorado por nuestras élites políticas actuales, empeñadas en confundir o simplificar y reducir toda la era precolombina al enfrentamiento de los aztecas con los conquistadores españoles, tomadas todas del libro de Daron Acemoglu y James A Robinson, El pasillo estrecho, Deusto, Barcelona, 2019.
El partido Morena, más allá de sus falsos delirios de grandeza de renovación moral y de sus reales miserias narco terrenales, ha operado para construir una nueva versión del Estado despótico, que casi siempre ha dominado la vida institucional de la nación mexicana, cerrando las vías a la vida democrática del país. También ha cancelado las expresiones libertarias para que la modernización, la invención permanente y la crítica continua reinen en el país. Todo a cambio de una recentralización del poder en las sienes seniles de un tropical cacique y una enflaquecida regenta de reducidas capacidades intelectuales para impulsar el crecimiento económico, regalar dinero en vez de otorgar servicios públicos de primera calidad a toda la población.
Pero el desarrollo económico y el bienestar público para toda la sociedad no florecen con un Estado despótico. Sin libertades para la sociedadno habrá innovaciones, premios a la audacia emprendedora de las personas, calidad educativa, justicia de calidad legal y legítima, funcionamiento del Estado sin corrupción, seguridad pública en todos los rincones del país. Su apuesta por el despotismo en una sociedad internacionalizada apenas dará dos pasos antes de derrumbarse, y será más grande el estrépito por la caída debida a sus alianzas con la criminalidad. En verdad que las obras de amlo y sus seguidores quedarán registradas en la historia de la desmesura de la estupidez humana.