LA SOLEDAD DE ADÁN AUGUSTO: ENTRE PORRAS FINGIDAS Y APLAUSOS QUE NO LLEGAN
El Regional Coatepec 28 de julio de 2025
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En política, como en
la vida, los silencios dicen más que los gritos. Y en la reciente convención de
Morena, la verdadera nota no estuvo en los vítores ensayados ni en los
porristas de ocasión, sino en las ausencias que retumban. Cuando desde el
templete se coreó el ya rancio “¡No está solo!” en favor de Adán Augusto López
Hernández, fue imposible no mirar —con atención quirúrgica— a dos figuras clave
del movimiento obradorista: Rocío Nahle García, gobernadora de Veracruz, y
Javier May Rodríguez, su homólogo en Tabasco. Ambos optaron por la quietud, el
desmarque y la prudencia política, que no es otra cosa que una forma elegante
de decir: “a mí no me metan en sus líos”.
Y es que la sombra
que persigue a Adán Augusto no es menor. El escándalo que lo vincula, directa o
indirectamente, con el grupo criminal conocido como “La Barredora” no se disipa
con arengas ni aplausómetros. Se trata de una losa que no se sacude con
propaganda. No basta con gritar que no está solo cuando las acusaciones pesan
más que los respaldos. En esta coyuntura, el mutismo de Nahle y May no es una
casualidad: es una declaración política de independencia, de cálculo
estratégico… y de memoria.
Porque hay historia
entre Nahle y Adán Augusto. Una historia que no comenzó con fraternidad política
ni terminó en buenos términos. Cuando ella era secretaria de Energía, él
—entonces secretario de Gobernación— no solo no le tendió la mano, sino que
intentó torcerle el brazo. Las intrigas palaciegas de Adán Augusto en alianza
con Octavio Romero Oropeza, el otrora poderoso director de PEMEX (y hoy
reciclado en el INFONAVIT), intentaron convertir a Rocío Nahle en blanco de
desgaste interno. Fueron varias las veces que pretendieron minar su
credibilidad, frenar sus proyectos, desacreditar su liderazgo. Pero, como bien
se dice en Veracruz: el que se mete con la Nahle, se topa con la terquedad de
Palacio Nacional.
Y es precisamente
esa protección, la del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador, la que
hizo la diferencia. Frente a los intentos de sabotaje, el respaldo presidencial
fue clave para que Rocío Nahle no solo sobreviviera a los embates, sino que
emergiera como una figura fuerte y viable dentro de la 4T. Hoy, desde el
gobierno de Veracruz, tiene claro que no debe lealtad a quienes ayer quisieron
dinamitar su carrera.
Por eso, su silencio
ante el “¡No está solo!” de Adán Augusto no es tibieza, sino claridad política.
No hay que confundir la institucionalidad con el sometimiento, ni la disciplina
partidaria con la ceguera cómplice. En momentos en que la legitimidad se mide
no solo por los votos sino por la congruencia, Rocío Nahle hizo lo correcto:
guardar silencio frente al escándalo, y no prestarse a liturgias populistas que
buscan lavarle la cara a quien debería estar rindiendo cuentas, no recibiendo
ovaciones.
La figura de Adán
Augusto López Hernández, otrora presidenciable y hoy reciclado en el Senado,
arrastra más sospechas que apoyos reales. Lo que vimos en la convención no fue
respaldo auténtico, sino una coreografía forzada. Y lo que no vimos —la fría
indiferencia de algunos actores clave— es lo que en realidad define el nuevo
mapa interno de Morena.
Javier May, por su
parte, también entendió el mensaje: su cercanía con López Obrador no lo obliga
a cargar con el equipaje ajeno. Su silencio no fue simple omisión, sino una
toma de postura en medio de una tormenta que apenas comienza. Porque el caso
“La Barredora” no es humo mediático, sino una señal de alerta que, si se
confirma judicialmente, puede sacudir los cimientos morenistas.
Morena vive un
momento de definición. No basta con apelar a la unidad cuando esa unidad se
pretende construir a costa de la impunidad. La lealtad no debe confundirse con
sumisión, y la política no puede seguir funcionando como un pacto de
encubrimientos.
Así, lo verdaderamente
relevante en esta convención no fue lo que se dijo, sino lo que se omitió.
Porque en política, como bien sabía Maquiavelo, el aplauso más sincero es el
que no se da. Y en esta ocasión, ni Rocío Nahle ni Javier May quisieron
prestarse al espectáculo. Hicieron bien. Porque en tiempos de definiciones,
guardar silencio también puede ser un acto de valentía.
La política
mexicana, con su larga historia de intrigas y alianzas, nos enseña que cada
gesto, cada silencio, tiene un significado profundo. Al no aplaudir, Nahle y
May no solo se distancian de Adán Augusto, sino que también envían un mensaje
claro: la lealtad incondicional no es una moneda de cambio en su
administración. Este acto de resistencia puede interpretarse como una
reafirmación de su autonomía y de la necesidad de poner en primer lugar el
bienestar del pueblo veracruzano y tabasqueño, más allá de las lealtades que
puedan imponerse desde el centro del poder.
La situación es aún
más compleja si consideramos el contexto actual, donde la Cuarta Transformación
se enfrenta a desafíos significativos, no solo en términos de gobernabilidad,
sino también en la percepción pública ante escándalos que amenazan con empañar
su imagen. El vínculo de Adán Augusto con ‘La Barredora’ es un recordatorio de
que la lucha contra la corrupción no es solo un discurso, sino una exigencia de
la ciudadanía que demanda transparencia y honestidad.
Históricamente, el
Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha sido acusado de tolerar la
corrupción en sus filas, y resulta irónico que el partido que prometió
erradicar estas prácticas se vea envuelto en situaciones similares. La postura
de Nahle es un indicativo de que, a pesar de las presiones y las expectativas,
hay quienes dentro de Morena están dispuestos a poner en jaque su propia
carrera política por principios firmes. Este acto de firmeza es un llamado a la
reflexión sobre la ética en la política. En un entorno donde el aplauso parece
ser el único indicador de éxito, es refrescante ver a líderes que priorizan la
verdad y la responsabilidad sobre la popularidad.
El silencio de Rocío
Nahle y Javier May en la convención de Morena no es solo una anécdota más en la
narrativa política del país; es un símbolo de resistencia ante la tentación del
aplausómetro. En un escenario donde los intereses personales y los escándalos
amenazan con desdibujar los ideales de la Cuarta Transformación, es hora de que
la política vuelva a ser un espacio de diálogo, honestidad y, sobre todo, de
compromiso con la ciudadanía.