LA UV AUSENTE: UN MOTOR REGIONAL APAGADO
El Regional Coatepec 25 de junio de 2025
LA UV AUSENTE: UN MOTOR REGIONAL APAGADO
· Renuncia
la Universidad Veracruzana a su responsabilidad social
· A
su papel como impulsora del desarrollo regional
· Es
un síntoma de un modelo universitario centralista, elitista y desconectado de
la realidad
Por Miguel Ángel
Cristiani G.
En un estado tan
vasto y diverso como Veracruz, resulta inadmisible que, después de casi dos
décadas, la Universidad Veracruzana —la máxima casa de estudios del estado— no
haya ampliado significativamente su cobertura territorial. El Informe de
Labores 2023-2024 presume presencia en 27 municipios a través de cinco regiones
universitarias; sin embargo, el dato se revela engañoso cuando se constata que
sólo 21 municipios cuentan con instalaciones reales de la Universidad
Veracruzana Intercultural (UVI), mientras que el resto apenas dispone de “Casas
UV”, sin oferta académica regular ni planta docente estable.
Lo que estamos
presenciando, y lo digo con todas sus letras, es la renuncia deliberada —por
negligencia, comodidad o desinterés institucional— de la Universidad
Veracruzana a su responsabilidad social y a su papel como impulsora del
desarrollo regional. Esta omisión no es solo un problema administrativo: es un
síntoma de un modelo universitario centralista, elitista y desconectado de la
realidad rural e indígena veracruzana.
Decir que la UV
“cubre” 27 municipios cuando en realidad atiende solo el 24.5% de los
municipios del estado es, en el mejor de los casos, una exageración
propagandística. En el peor, una estrategia institucional para maquillar el
estancamiento. Veracruz tiene 212 municipios, muchos de ellos en zonas rurales
y marginadas que claman por oportunidades educativas como única vía posible de
movilidad social y progreso económico.
Y es que, a pesar de
los discursos sobre “equidad”, “interculturalidad” y “acceso universal”, la UV
ha apostado por fortalecer sus centros urbanos: Xalapa, Veracruz-Boca del Río,
Orizaba-Córdoba, Poza Rica-Tuxpan y Coatzacoalcos-Minatitlán. Ahí se concentra
la infraestructura, el personal, la inversión, las oportunidades. Las zonas
rurales —como históricamente ha sucedido— quedan otra vez al margen, como si su
juventud no mereciera educación superior pública, gratuita y de calidad.
El doctor Rafael
Vela Martínez, en su libro recientemente presentado, sobre la Universidad
Veracruzana, su pasado inmediato y sus retos actuales hace un muy detallado
diagnóstico: Este abandono tiene efectos reales, profundos y duraderos. No se
trata solo de cifras en un informe, sino de vidas truncadas, talentos
desperdiciados y regiones condenadas al rezago perpetuo.
Primero, el capital
humano de las regiones se ve diezmado. Al no contar con opciones educativas
locales, los jóvenes deben migrar —si pueden costearlo— o resignarse a empleos
mal remunerados o a la economía informal. Se genera una “fuga de cerebros”
silenciosa y constante.
Segundo, la economía
local se asfixia. La universidad debería ser semillero de innovación, ciencia
aplicada y soluciones concretas a los problemas de cada región. Pero sin
presencia institucional, no hay proyectos de vinculación, ni desarrollo
tecnológico, ni impulso a sectores estratégicos como la agroindustria, la
biotecnología o las energías renovables.
Tercero, se
profundiza la desigualdad. Quienes viven en zonas urbanas acceden a la UV;
quienes nacen en el campo, en la sierra o en la selva veracruzana, no. Así se
perpetúa el círculo vicioso de exclusión social y se dinamita cualquier intento
de cohesión territorial.
Cuarto, se inhibe la
generación de soluciones locales. En ausencia de centros universitarios, no hay
foros, ni observatorios, ni diagnósticos regionales. La comunidad pierde su
derecho a pensar, cuestionar, investigar y proponer desde su realidad.
Nos comentó el
doctor Rafael Vela que la falta de crecimiento en la cobertura territorial
universitaria no es fortuita. Responde a un modelo de gestión anquilosado,
burocrático, cómodo en su zona de confort. A pesar de los recursos públicos que
recibe, la UV no ha planteado una expansión realista, gradual y comprometida
hacia las zonas que más lo necesitan. El discurso intercultural queda en los
documentos; en los hechos, la Universidad Veracruzana continúa siendo una
institución para las ciudades medias y grandes, no para el estado entero.
Y no es que falten
diagnósticos. Desde Gonzalo Aguirre Beltrán hasta los estudios actuales sobre
desarrollo regional, se ha señalado con claridad que el abandono universitario
en regiones marginadas genera dependencia, sometimiento y reproducción de la
pobreza. La falta de presencia universitaria alimenta la “causación circular
acumulativa” que describiera Myrdal: a menor infraestructura, menor inversión;
a menor inversión, menor desarrollo; a menor desarrollo, más pobreza.
No puede aceptarse
que la Rectoría, después de tantos años en el cargo, siga culpando a las
condiciones presupuestales o a la complejidad territorial del estado. La
planeación estratégica, la gestión de recursos, la concertación con gobiernos
locales y la voluntad política podrían —si se tuvieran— haber permitido ampliar
significativamente la presencia de la UV. Pero no ha sido así.
Peor aún: en lugar
de promover un sistema de educación superior policéntrico y equitativo, se han
fortalecido sedes centralistas con servicios y campus de “primer mundo”,
mientras que las regiones con alta población indígena y rural siguen sin aulas,
sin bibliotecas, sin docentes, sin futuro.
Si la UV quiere
recuperar su papel histórico como agente de desarrollo regional, debe
transformar de raíz su lógica institucional. No se trata de abrir más oficinas
o de repartir propaganda: se trata de llevar educación donde no la hay. Se
trata de formar profesionales para y desde las regiones. Se trata de crear
centros de investigación que respondan a las problemáticas locales, de impulsar
carreras adaptadas al contexto rural e indígena, de descentralizar presupuesto,
poder y toma de decisiones.
En suma, se trata de
devolverle a la Universidad Veracruzana su carácter de bien público, no de
privilegio urbano.
Cerrar los
ojos ante la exclusión territorial de la UV es aceptar que hay jóvenes
veracruzanos que valen menos que otros. Y eso, en una democracia que se precie
de justa, es simplemente inaceptable.
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