
LOS ATAQUES CONTRA VANIA LÓPEZ
· Tratar
de revictimizar a quien se atreve a romper el silencio
· Cuando
el escarnio recae sobre quien denuncia y no sobre el presunto violador
· La
justicia no puede ser un instrumento de coyuntura, ni la violencia de género
Por Miguel Ángel
Cristiani G.
En un país donde la
violencia de género se ha normalizado al grado de volverse paisaje, cada vez
que una mujer se atreve a denunciar una agresión sexual enfrenta no sólo al
sistema jurídico, sino a un tribunal mucho más cruel: el del linchamiento
público. Tal es el caso de Vania López, la joven que denunció al ex regidor
noveno del Ayuntamiento de Córdoba, Eduardo “N”, hoy vinculado a proceso por el
delito de violación agravada, según la causa penal 680/2024.
Y sin embargo, no es
el acusado quien está siendo linchado en redes sociales y en algunos pasillos
del poder. Es ella, la denunciante. La víctima.
Desde el pasado 18
de octubre, cuando la Fiscalía General del Estado informó sobre la detención de
Eduardo “N”, se activaron las cloacas del descrédito: campañas sucias, rumores
maliciosos, insinuaciones miserables que buscan pintar la denuncia como un montaje,
una venganza, una invención. La vieja estrategia de siempre: revictimizar
a quien se atreve a romper el silencio.
¿Qué clase de
sociedad hemos construido, cuando el escarnio recae sobre quien denuncia y no
sobre el presunto violador?
No se trata de prejuzgar
ni de condenar sin sentencia —porque el debido proceso es un pilar de la
democracia—, pero tampoco se puede ser neutral frente a una realidad que
arrastra siglos de impunidad y silencios forzados. Vania López, al presentar su
denuncia, asumió no sólo el peso judicial, sino la lapidación mediática. Eso
habla más de nosotros que de ella.
La conducta
delictiva atribuida al ex regidor no es menor: violación agravada. Y el
contexto agrava todavía más: era un funcionario público. Un representante
popular. Un servidor del pueblo que, si se confirma su culpabilidad, habría
traicionado su encargo con el acto más brutal de poder sobre otra persona: la
violencia sexual.
Frente a esto, ¿dónde
está la solidaridad institucional del Ayuntamiento que encabeza Juan Martínez? ¿Dónde
el pronunciamiento firme a favor de la verdad y la justicia? El silencio
cómplice, el mutis de quienes deberían alzar la voz en defensa de los derechos
humanos, resulta igual de preocupante que la agresión misma.
Pero hay algo aún
más inquietante: el uso político de la violencia. Lo que debería ser una
investigación seria, autónoma y estrictamente judicial, ha sido secuestrada por
intereses que buscan sacar provecho de la desgracia ajena. Sectores del poder
—algunos incluso al interior del propio Cabildo— aprovechan la situación
para ajustar cuentas, vengarse, desacreditar. No por empatía hacia Vania, sino
por cálculo.
Y es aquí donde como
periodistas, ciudadanos y demócratas, debemos marcar una línea clara: la
justicia no puede ser un instrumento de coyuntura, ni la violencia de género un
campo de batalla electoral.
Hay una historia
larga detrás de todo esto. La impunidad histórica de agresores sexuales, la
desconfianza en las instituciones, la falta de perspectiva de género en
ministerios públicos y tribunales. Pero también hay un presente que exige
responsabilidad: cada vez que una mujer denuncia una agresión, y el
sistema le responde con descrédito, estamos abonando a la continuidad del abuso.
Se necesita valor
para denunciar una violación. Se necesita aún más cuando quien la comete tiene
poder, cargos públicos y aliados. Vania López tuvo ese valor.
No sabemos aún si el
ex regidor es culpable o inocente. Eso lo determinarán los tribunales. Lo que
sí sabemos —y debemos afirmar sin ambigüedades— es que ella no es culpable
de denunciar. Que tiene derecho a la justicia, a la verdad, a la protección
institucional, y sobre todo: al respeto público.
Porque si permitimos
que quienes alzan la voz sean aplastados por el lodo de la difamación, no sólo
estamos fallando como sociedad: estamos alimentando el ciclo de la
violencia.
Hoy es Vania. Mañana
puede ser tu hija, tu hermana, tu colega. No es una causa personal, es una
causa pública. Callar frente al linchamiento moral de una víctima no es
neutralidad: es complicidad. Y en un estado de derecho, la única complicidad
aceptable es con la verdad y con la justicia.
“Lo contrario
a la justicia no es sólo la injusticia: es la indiferencia.”
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