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Sáb, 1 ago

LOS COLORES DE LAS DIECK

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Agencia Reforma

Monterrey, NL 8 noviembre 2026.- La muchacha estaba a punto de casarse cuando un cambio de imagen estuvo cerca de arruinarle la boda.

Había acudido a un salón de belleza para hacerse unos rayos, pero el procedimiento salió tan mal que terminó perdiendo parte del cabello. Desesperada, una tía llamó a Evelyn Dieck.

“Me hablan: ‘Eve, ¿puedes ver a mi sobrina? Se casa el fin de semana y le hicieron unos rayos y se le cayeron’. Pues mándamela. Yo creí que se le habían desaparecido, que no tenían color. ¡Se le cayó el pelo! Quemado, quemado”, recuerda Evelyn.

Eve, como le dicen, y su hermana gemela, Guadalupe, a quien cariñosamente llaman Lupita, hicieron cuanto pudieron. Le aplicaron un tratamiento y le recomendaron cortarse el cabello. Había que salvar lo que quedaba.

“Le dijimos: ‘Con el velo no se te va a ver. Y ya en tu luna de miel, pues usas cachucha o algo’. Ese pelo tiene que crecer”, relata Eve.

No fue la única emergencia que atendieron. Una medianoche recibieron a dos jovencitas que, después de experimentar con tintes, terminaron con el cuero cabelludo lleno de ampollas.

“Hasta ampollado el cráneo”, recuerda Eve. “Una cosa que yo nunca había visto. Me duele hasta decirlo todavía. También a medianoche, de emergencia. ‘Sí, pues tráetelas’. No les podemos hacer nada, traen ampollado el cráneo”.

En 35 años, las hermanas Dieck han visto prácticamente de todo en cuestión de cabellos. Pero también de vidas.

Por su pequeño salón de belleza, instalado en una habitación de su casa en la Colonia del Valle, en San Pedro, han pasado generaciones de mujeres que encontraron mucho más que un lugar para teñirse las canas.

Ahí se han compartido noticias de bodas, nacimientos, divorcios, enfermedades y muertes. Se han intercambiado recetas de cocina, consejos familiares y confidencias que nunca salieron de aquellas paredes.

“Vienen a platicar más que el tinte. Que tú las escuches. Que las escuches. Que ellas hablen, que se desahoguen. Ese es el oficio del salón”, explica Eve.

El establecimiento se llama Colors, aunque casi nadie lo sabe. No tiene anuncio exterior ni lo ha necesitado. Cuando alguien preguntaba quién les había teñido el cabello, las clientas respondían simplemente: las Dieck.

Ahora, a los 81 años, Eve y Lupita han decidido cerrar definitivamente en diciembre. Lo hacen con tristeza, pero convencidas de que llegó el momento de descansar.

“Todo tiene su tiempo. Sí duele, porque es como un hijo. Eso es como un hijo”, expresa Eve.

UNA VIDA JUNTAS

Las gemelas llevan toda una vida haciendo cosas juntas, aunque el salón llegó cuando ambas habían recorrido caminos muy distintos.

Nacieron en Monterrey el 27 de abril de 1945, pero su padre las registró hasta julio. Por eso, bromean, tienen dos fechas que recordar.

“Sí, el cumpleaños y el no cumpleaños. Todos estamos mal registrados”, dice Lupita, entre risas.

Son hijas de José Elías Dieck y Victoria Elena Talamás Dieck, descendientes de familias palestinas.

Su padre llegó de Palestina siendo adolescente, acompañando a una hermana que venía a casarse. Pensaba regresar a su tierra, pero nunca lo hizo. En una boda celebrada en Saltillo conoció a Victoria, cuyos padres se habían establecido en Chihuahua.

El abuelo materno, Antonio Talamás, tenía un negocio de encajes franceses. El padre de las gemelas se dedicó al comercio en Monterrey, donde abrió una mercería y bonetería cerca del desaparecido Mercado Colón.

Las niñas, que forman parte de una familia integrada por nueve hijos, crecieron en una casa de la calle Juárez, entre Espinosa y M. M. del Llano. Desde pequeñas acompañaban a su padre a la tienda para ayudarle a arreglar los aparadores en las celebraciones patrias y la Navidad.

“Nosotros íbamos a arreglarle los aparadores, porque antes te exigían que arreglaras el aparador del 16 de septiembre, de Navidad, de la Revolución”, recuerda Lupita.

Pero no todo era trabajo. También eran unas niñas terriblemente traviesas. Corrían por las calles, tocaban los timbres de las casas y escapaban antes de que alguien abriera. Cuando sus padres estaban en la tienda, quedaban al cuidado de Angelita, una mujer que las obligaba a cumplir con las tareas escolares.

“Era la dueña del chicote. Mi mamá no nos pegaba, pero ella, ¡qué tal! ‘¡Vengan para acá! A ver, ¿ya hicieron la tarea? Léeme… A ver cómo lees’”, recuerda Lupita.

Muchos años después descubrieron algo sorprendente: aquella mujer que tanto les exigía en sus estudios no sabía leer ni escribir. Lo descubrieron cuando Nazarena, hermana de las gemelas, doctora, la atendió en el Hospital de Zona, y una de las enfermeras le pidió llenar una autorización.

“¡Angelita no sabía leer ni escribir! Y bien que nos decía: ‘Estás leyendo muy mal. Vuelve a leerla. Siéntate, ahora tú’”, cuenta Lupita, todavía maravillada.

Las travesuras llegaron a tal extremo que, cuando estudiaban en el Anglo, una religiosa pidió a sus padres que separaran a las gemelas.

“Yo no las quiero a las dos. Déjenme a una y llévense a la otra”, recuerdan que les dijo.

Una permaneció en el colegio y la otra fue enviada al Internacional. No duró mucho la separación. Más adelante volvieron a estudiar juntas.

Desde pequeñas, aseguran, aprendieron a entenderse sin necesidad de hablar.

“Así, con los ojos, como ahora. Puras miradas. Desde la mente. Pero sí es verdad, ¿eh? Sí es verdad. El que no lo crea, ni modo, pero sí piensas lo mismo”, explica Lupita.

Y aseguran algo todavía más extraordinario: nunca han tenido una pelea que las distancie.

“Nos decimos una sola vez las cosas. Nunca nos estamos diciendo: ‘Es que hiciste esto’”, afirma Lupita.

Esa manera sería clave para trabajar juntas. Pero antes, dicen, cada una hizo su vida.

Eve comenzó a trabajar a los 16 años enseñando mecanografía. Después fue directora administrativa del Instituto Técnico Comercial y trabajó en una constructora, en Anderson Clayton y en Cervecería.

En esta última empresa llegó a colaborar en la Dirección General de Ventas. Eran jornadas agotadoras, recuerda, que podían prolongarse hasta la madrugada.

“Ahí quieren tu vida. Había días sin regresar, porque había que presentarle algo a don Eugenio y clavados todos ahí para que saliera bien”, cuenta Eve.

Después de 14 años en esa dirección decidió cambiar de rumbo. Pensó en abrir un gimnasio, pero terminó inclinándose por un salón de belleza.

Se estableció una condición: aprender el oficio a profundidad.

Junto con una antigua compañera de trabajo se inscribió en una escuela que ofrecía clases nocturnas. Además, los fines de semana viajaban a Laredo, Texas, para capacitarse con especialistas de la empresa Matrix.

“Al principio nos íbamos en autobús. Y en las bolsas de cada quien nos traíamos tintes, champús y todo, porque como con eso estudiábamos, nos traíamos para nuestras clientas de aquí”, recuerda Eve.

Las primeras clientas fueron compañeras de Cervecería, que acudían los sábados y domingos.

El salón nació en un cuarto de la casa que servía para guardar objetos.

“Entonces desocupamos, pintamos y Lupe nos prestó un espejo y una silla. Y luego, casualmente, saliendo de la casa, me encontré un folleto de muebles de salón”, relata Eve.

Después compraron muebles y comenzaron a ampliar el pequeño espacio. Pero cuando su socia decidió retirarse para dedicarse a las demostraciones de productos, Eve creyó que todo había terminado.

“Pues ya, se acabó el salón. ¿Qué voy a hacer yo sola?”, recuerda que se preguntó. Entonces intervino Lupita.

“No, los negocios no se cierran. Tú dime las mezclas, yo vengo y te apoyo”, le respondió, según recuerda Eve.

Lupita se había casado con Heriberto Hinojosa Ruiz y dedicado buena parte de su vida a criar a sus hijos, Miriam y Heriberto. Ya conocía algo del oficio porque acompañaba a su hermana a las capacitaciones en Estados Unidos.

Sin embargo, Eve le puso otra condición: debía estudiar formalmente.

“El título”, le dijo su hermana. “A la gente no se le engaña. Tenía que aprender ella. Tenía mucho que aprender”.

Lupita regresó a las aulas cuando rondaba los 45 años. En su primer examen obtuvo cero.

“Pero cero, así. ¡Cero! Y dije yo: ‘¿Qué me pasa? Si están las muchachitas tan jovencitas, que hay unas que salen de la primaria y se van a eso para poder trabajar’. Yo era la más grande. Dije: ‘No, voy a ser el primer lugar’”, recuerda Lupita.

Se empeñó tanto que terminó dominando una materia que de niña nunca había comprendido: los quebrados.

“Entonces salí buena en quebrados”, dice, orgullosa. “Tuve que hacer partes de qué pongo para arreglarte el cabello”.

AÑOS DE COMPLICIDAD

Hacia 1993, las hermanas ya trabajaban juntas de manera definitiva. Se especializaron en colorimetría, decisión que les permitió tener una clientela permanente.

Nunca tuvieron empleadas en el salón. Ellas mismas preparaban los tintes, los aplicaban, lavaban el cabello y atendían las citas. Así, con el tiempo llegaron a tener unas 120 clientas.

Las Dieck aprendieron a complementarse de una manera que ellas mismas consideran “casi telepática”. Basta una mirada o una indicación desde el lavabo para que una comprenda lo que necesita la otra.

“No nos decimos nada delante de la clienta porque nos telepateamos. Me habla del lavabo: ‘Eve, fíjate en esto, fíjate en esto’. Y ella ya sabe qué”, explica Lupita.

Esa complicidad que data de la infancia esa una de las señas de identidad del salón.

Primero llegaron las compañeras de Eve, después sus madres, sus hijas y las amigas de todas ellas. Las recomendaciones personales hicieron el resto.

Durante la pandemia, cuando muchas dejaron de acudir, las hermanas preparaban mezclas para que las clientas se las aplicaran en casa.

“Teníamos 120 clientas que manejábamos. Con la pandemia bajaron casi a la mitad, sobre todo las señoras grandes, que ya no las dejaron que vinieran. A las otras clientas les hacíamos el tinte porque ellas nos lo pedían”, recuerda Eve.

Las mujeres llegaban con cubrebocas y entregaban el dinero en sobres desinfectados. El salón sobrevivió a aquella etapa.

“Se hizo como una familia”, explica Eve. “Es increíble. Decidimos que ese ambiente se generara en el salón”.

Las clientas de los sábados son particularmente alegres. Hablan de sus trabajos, de la Navidad, de recetas para preparar tamales o de las fotografías que colocarán en sus altares de muertos.

“Ahora en la mañana se pasaron la receta de los tamales, cómo congelarlos para que de una vez los hagas. Y pues ahí las oyes y te ríes”, cuenta Lupita.

El salón también ha sido refugio para quienes atraviesan momentos difíciles.

“Vienen a relajarse, vienen a desprenderse de alguna cosa. Y les ayudamos indirectamente”, explica Eve.

Miriam Hinojosa Dieck, hija de Lupita, dice que ambas son orgullo y ejemplo.

“Ante lo que han logrado, no queda margen para el miedo o la tristeza”, comenta. “Hay un único camino: el que pasa por el sentido del deber, la pasión por el trabajo y, sobre todo, la entrega amorosa a los demás”.

Eve y Lupita han acompañado innumerables preparativos de bodas. Precisamente por eso no pudieron cerrar en octubre, como originalmente planeaban.

“Íbamos a acabar en octubre, pero resultó que teníamos a un montón de ellas que son amigas, con una boda”, explica Lupita.

Trabajar en casa también permitió a las gemelas acompañar a sus familiares durante enfermedades y momentos difíciles.

Su madre, Victoria, vivió cerca de un siglo y hasta edad avanzada continuaba participando en las actividades del hogar. También cuidaron a sus hermanas Conchita y Nazarena.

Esta última fue médica del Hospital de Especialidades 21 del IMSS, donde una unidad de terapia intensiva lleva su nombre, según recuerdan las gemelas.

Nazarena tenía una discapacidad motriz desde pequeña, pero estudió Medicina y desarrolló una carrera que sus hermanas evocan con admiración.

Con el tiempo necesitó una silla de ruedas y asistencia respiratoria. Eve aprendió a manejar el equipo que utilizaba, mientras Lupita ayudaba en los cuidados.

A veces, en medio de la atención a una clienta, alguna de las mujeres que colaboraban en la casa les hacía señas para avisarles que necesitaban ayuda.

“El salón nos dio la oportunidad de trabajar, de tener buenas personas y poderles colaborar, poderles ayudar. Que no se sintieran abandonadas, que no se sintieran solas. Total, las de adentro de la casa y las de afuera de la casa, una comunidad completa”, dice Eve.

Claudia María Fernández, clienta por más de dos décadas, dice que las hermanas Dieck, con más de 30 años al servicio de la belleza, las define “su profesionalismo, empatía y gran calidad humana”.

“Gracias Evelyn, Lupita y Nancy por su vocación y entrega, son ejemplo de inspiración para nuestra comunidad”, comenta.

El cierre comenzó a plantearse con mayor seriedad este año, cuando Lupita empezó a enfrentar un cáncer por segunda ocasión. A eso se sumaron el cansancio y la edad de ambas.

“Hoy en la mañana yo terminé muy cansada”, dice Eve. “Dije: ‘Lupe, hoy estoy cansada’. Y yo creo que todo llega a su tiempo. Más vale retirarse a tiempo, que nos recuerden bien”.

La decisión ha provocado una reacción que las conmueve. Algunas clientas les han ofrecido comprarles los productos o llevarles los tintes para que continúen trabajando. Otras simplemente les piden que no cierren.

“De todo nos han propuesto. No se cansan de proponer”, cuenta Lupita.

Las gemelas, sin embargo, ya comenzaron a recomendarles otro salón donde podrán seguir atendiéndose. Quieren dedicar más tiempo a la casa y a su hermana mayor, Nancy, de 85 años, quien vive con ellas.

Eve, que nunca se casó ni tuvo hijos, asegura que esa fue una elección personal.

“Yo toda la vida decidí no casarme. Yo quería ser una mujer famosa. Y no sé si lo alcancé o no lo alcancé. Al menos con cien gentes sí lo alcancé”, dice.

Lupita, por su parte, mira hacia los años que vienen con una mezcla de alivio y nostalgia.

“Sí, a vivir en la casa, que nunca vivimos adentro de la casa. Siempre estamos en el salón. Ahora vamos a vivir en la casa”, expresa.

Después de 35 años, las hermanas saben que cerrar Colors no significa despedirse de las mujeres que han formado parte de sus vidas.

Eve está convencida de que bastará una invitación a merendar para volver a reunirlas.

“Las necesitamos, pero las entendemos”, cuenta Lupita que les dicen. “Ya es justo que descansen”.

Las Dieck se retiran del oficio que aprendieron juntas, como tantas otras cosas desde que eran niñas. Por eso, cuando les preguntan cuál ha sido el secreto de una vida compartida, responden con la misma naturalidad con que una termina las frases de la otra:

“Siempre nos complementamos”, dice Eve y Lupita añade: Siempre, siempre”.

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