LOS MOTIVOS DE LA MARCHA: CRÓNICA 8M EN XALAPA

Por Jennifer Rodríguez Pacheco
Este domingo 8 de marzo iba en camino hacia el punto de encuentro de la marcha: el Teatro del Estado. Eran 3:30 de la tarde. La primera señal del 8M en la ciudad, fue una lona colgada en el Palacio Municipal: “Todos los derechos, todos los días, todas las mujeres”. Pensé: ojalá para ellos fuese cierto. Sin duda es una premisa que idealmente sostiene la igualdad, pero que en la práctica muchas veces no se cumple.
El motivo de mi cobertura era conocer cuáles eran las razones de lucha de las mujeres que ese día iban a manifestarse.

La gran ola de marchas feministas, tanto en Xalapa como a nivel mundial, se intensificó en 2019. Recuerdo lo controversial que fue al principio. Si bien no era la primera vez en la historia que las mujeres se manifestaban para exigir sus derechos, esta vez se sentía distinto. Eran los problemas de nuestra era: la incomodidad frente a una sociedad injusta y el señalamiento directo a sus estructuras. Esto también trajo consigo rechazo hacia el movimiento feminista, cargado de estigmas por las “formas” en que las mujeres exigen sus derechos.
En el Teatro del Estado, muchas vestían pañoletas moradas, creaban pancartas, se reunían con sus colectivos o tomaban fotos. También se veía algo característico de estas marchas: mujeres que llegaban solas y eran inmediatamente adoptadas por otros grupos. Todas parecían preparadas para la movilización.

Comencé a observar los carteles cuando una chica me ofreció un panfleto. Quería denunciar la violencia ejercida contra su abuela. En el documento acusaba a los responsables como parte de una “organización familiar delictiva”. Me detuve a preguntarle algo que me llamó la atención: no había denuncia legal.
Me explicó que no pudieron continuar con el proceso porque no tienen dinero para pagar un abogado penal. Ahí apareció un problema recurrente: cuando no hay recursos para llevar un proceso jurídico, queda la manifestación pública como forma de denuncia. Casos como ese se repiten con frecuencia, no solo por dificultades económicas, sino también por factores psicológicos como el miedo.
Más adelante me encontré con Priscila, una amiga de Agua Dulce acompañada de su amiga Virginia. Entusiasmada por la primera marcha de su compañera. me dijo que estaba orgullosa de ella, por haber vencido el miedo de estar ahí y que esperaba que nunca más se abstuviera de sentir —a flor de piel— lo que representa la lucha feminista.

La Facultad de Filosofía estuvo presente. Primero un encuentro agradable, Aquetzali del Pilar, una estudiante elocuente de la licenciatura. Me confesó que al inicio del auge del movimiento feminista se mantenía escéptica. Le parecía que algunos argumentos no estaban bien fundamentados. Sin embargo, con los años algo cambió: la experiencia. Había vivido situaciones similares a las de otras mujeres. Su postura intelectual se vio atravesada por la empatía. Comprendió entonces que las marchas feministas también son espacios para construir comunidad. Las luchas parecen dispersas —me dijo—, pero hay algo que las une: el ruido de querer ser escuchadas. Quizás muchas mujeres presentes no hayan leído teoría feminista, pero han vivido algo, y el movimiento les permite expresarlo.
El otro lado turbio de la Facultad de Filosofía, se encontraba en una pancarta, una acusación a un egresado acusado de violencia. Desafortunadamente, no fue ninguna sorpresa, pues durante la carrera ya tenía esa reputación. Heydi, de 18 años, denunció a su exprofesor de bachillerato por abuso. Cuando ella tenía 16 años y él 30, abusó de su posición de poder. Mientras me contaba su historia, sus ojos se llenaban de lágrimas; su rostro y su voz transmitían terror. Tampoco denunció en su momento. Tenía miedo: él la había amenazado con matarla a ella y a su familia si hablaba. Hoy existen varias carpetas de investigación abiertas y, según me dijo, al profesor ya le retiraron su cédula profesional.
La variedad de motivos

La marcha reunía a mujeres muy distintas entre sí. Encontré un colectivo de mujeres mayores de 50 años que participaban pensando en las futuras generaciones. También hablé con Alana, una mujer brasileña cerca de 30 años, quien me contó que, como extranjera, ha sido sexualizada por ese motivo; asimismo mostró una postura muy crítica respecto a la marcha, que ve mal que se ataquen a las policías por el propio hecho de que sean mujeres, y que la lucha feminista va más allá de la marcha 8M, sino que deben haber más espacios de reflexión.

En un momento la marcha se detuvo frente al Parque Bicentenario. Al otro lado de la calle estaba una iglesia cristiana. Sus miembros observaban al batallón de mujeres que pasaba frente a ellos. Me acerqué a Abigail, de 26 años, para preguntarle qué pensaba sobre la marcha.
Me dijo que respetaba la manifestación y que incluso estaba ahí para escuchar su lucha. Su respuesta, explicó, partía del amor y del perdón de Dios como una forma de sanar de sus experiencias. Aseguró que su religión también promueve la dignificación de la mujer y que su iglesia está dispuesta a escuchar a quienes lo necesiten.
Las historias seguían apareciendo. Incluso escuché la de una perrita llamada Tomasa: su dueña contó que la rescató de unos vecinos que la habían rechazado por ser hembra.

También se recordaban otros casos: la maestra Martha, de Agua Dulce, asesinada por su propia hija; Irma, de Álamo, quien jubilada se volvió taxista y luchaba contra la extorsión en el gremio, motivo por el cual fue asesinada; Abi, una joven maestra de Actopan que sigue desaparecida. La maestra Gabriela, del CBTIS 3, marchaba para exigir justicia por sus colegas.
Cerca del túnel comenzó a verse más iconoclasia: pintas en los muros. Una chica me explicó el término y le pregunté su postura. Me dijo que era neutral. Su familia siempre le había enseñado que rayar era incorrecto, pero ahora entendía que esas acciones tocaban una fibra sensible en el gobierno, a veces más que otras demandas.

Me encontré con Fanny, también de Agua Dulce, ahora una politóloga de 24 años. Le pregunté por su postura política frente a la movilización. Me respondió que consideraba las marchas necesarias, porque —según sus palabras— “pidiendo favores no se logra nada”. Señaló que muchas de las leyes que hoy existen surgieron gracias a la presión social, y mencionó como ejemplo la “Ley 3 de 3 contra la violencia”, que busca impedir que agresores accedan a cargos públicos.
Durante la conversación tocamos un punto que me seguía resonando como problema: la dificultad de denunciar. Le pedí, como especialista, alguna posible alternativa para quienes quieren iniciar un proceso legal. Entre sus sugerencias mencionó acudir a centros de apoyo como el Centro de Investigaciones de Equidad de Género, además de considerar la vía legislativa, por ejemplo, acercarse a diputados que integren comisiones relacionadas con derechos humanos.
El momento de mayor tensión ocurrió dentro del túnel. Al entrar, las paredes ya estaban cubiertas de nombres, manos pintadas de rojo y olor a aerosol. El mural, creado como un espacio para las mujeres, estaba siendo intervenido por la protesta.

Akari, artista de la Escuela de Arte de Coatepec, expresó su inconformidad: “Si es un mural feminista, ¿por qué lo rayas? Respétalo”. Al mismo tiempo resonaba una consigna: “Al que no le guste, que se joda”. Dicha artista sugería que la parte de abajo del mural fuera el espacio para manifestarse. Diferentes posturas coexistían en el mismo espacio.
En ese momento se convocó a un minuto de silencio. Sonó Canción Sin Miedo, de Vivir Quintana. La piel se erizaba. Algunas mujeres lloraban. Algo dolía profundamente y se estaba manifestando. Luego llegó un grito colectivo, un grito de tribu. No era un espacio salvaje, sino organizado. No hubo caos ni miedo.
A las seis de la tarde sonaron las campanas de la catedral. La marcha había llegado a la Plaza Regina para su cierre.

Fernanda, compañera del colectivo Picnic Literario, comentó que este año parecía haber más gente y una presencia notable de jóvenes. Fanny, politóloga de 24 años, también notó algo distinto: algunos hombres acompañaban a sus parejas dentro de los colectivos. Lo veía como un gesto de apoyo, no de protagonismo.
El cierre, sin embargo, fue distinto al de otros años. Según Isabel Sánchez, también integrante del colectivo, faltaron algunos momentos simbólicos que antes eran comunes, como los bailes o la lectura de nombres de mujeres desaparecidas. Probablemente —concluimos— la remodelación de la plaza dificultó tomar el espacio como antes.
Hasta aquí lo que ese día observé.
Después de escuchar tantas historias, me permito una conclusión personal sobre los motivos que impulsan la marcha del 8M: la impotencia frente a la impunidad en México. Existe una gran dificultad para que las instancias jurídicas atiendan los casos de violencia. A eso se suma el miedo a denunciar por posibles represalias.
Cuando no hay justicia institucional, se toma la calle. La colectividad vence el miedo muchas veces impone la denuncia individual.
Ojalá fuera cierto que todos los derechos se ejercen todos los días para todas las mujeres. Que la respuesta ante la injusticia fuera inmediata. Que vivir en un país con un sistema de justicia funcional no fuera una utopía.
