MARÍA ENRIQUETA Y LA RECOLECTORA


“La justicia de género no sabe de sustituciones”
Este 8 de marzo de 2026, las campanas de la Parroquia de San Jerónimo no solo llamarán a misa; resonarán en Coatepec como el resto de México y el mundo. Es un llamado a reflexionar sobre la larga lucha y el sinuoso camino por la dignidad e igualdad sustantiva. Pero este año, el aroma a café de nuestras mañanas trae consigo una nota amarga, las dudas de las autoridades municipales y su intención de retirar el busto de nuestra insigne poetisa, María Enriqueta Camarillo, para sustituirlo por el de una mujer recolectora de café. Bajo una supuesta bandera de “justicia social“. Lo que en realidad se nos proponen es un falso dilema, elegir entre la intelectual y la trabajadora, entre la pluma y el tenate.
Para entender por qué esta decisión es un error histórico, debemos recordar las raíces del 8M. La conmemoración nació en 1911, regada por la sangre de 146 mujeres que murieron quemadas en una fábrica de Nueva York porque los dueños cerraron las puertas para “evitar robos”. Aquella tragedia no fue un accidente, fue el síntoma de un sistema que veía a la mujer como una pieza de recambio, un objeto de producción sin voz ni derecho a la seguridad. Desde entonces, la lucha feminista ha sido una labor arqueológica de rescatar los nombres de las que fueron borradas por el machismo imperante.
Aquí es donde la figura de María Enriqueta cobra una dimensión heroica que a menudo se simplifica. Se nos ha enseñado a verla como la autora de los tiernos versos de “Rosas de la Infancia“, pero se nos olvida la valentía de una mujer que tuvo que “hacerse hombre” para ser escuchada. En el México de finales del siglo XIX, las niñas tenían vedado el acceso a la educación formal y el mundo de las letras era un club exclusivo de varones. María Enriqueta, con una astucia y un intelecto fuera de serie, se infiltró en ese mundo.
A su llegada a la Ciudad de México, para que los círculos intelectuales de la Revista Azul no desecharan su obra por el simple “pecado” de haber nacido mujer, adoptó el seudónimo de Iván Moszkowski. Bajo ese nombre varonil y extranjero, obligó a los críticos a juzgar su métrica, profundidad y su genio, despojados de los prejuicios de género. Solo cuando el respeto estaba ganado, reveló su rostro. Esa mujer, que sobrevivió a un mundo que le pedía silencio, fue la que en 1951 puso el nombre de Coatepec en la terna del Premio Nobel de Literatura.
Retirar su busto hoy, en pleno 2026, es cometer un segundo “borrado”. Es decirles a las niñas que caminan por el Parque Hidalgo que el espacio público es limitado, que solo hay lugar para una representación femenina a la vez. La lucha de las mujeres no es una carrera de relevos donde una tiene que bajarse para que la otra suba; es una construcción colectiva de memoria. Es imperativo visibilizar a la mujer recolectora de café. Ella es la columna vertebral de nuestra tierra, la que con sus manos curtidas sostiene la economía de las fincas. Ella merece un monumento propio, un lugar de honor que reconozca su esfuerzo histórico. Pero erigir ese reconocimiento sobre el vacío que deja María Enriqueta es una simulación de progreso. Es enfrentar a dos hermanas de lucha, la que conquistó el pensamiento y la que conquista la tierra.
En este 8M, Coatepec tiene la oportunidad de ser ejemplo de paridad sustantiva. No permitamos que el Ayuntamiento nos venda la idea de que para honrar el presente hay que exhumar el pasado. María Enriqueta, desde su “Casita Blanca”, seguramente sonreiría al ver que hoy entendemos el sacrificio que le tomó ser “Iván”. Defender su busto es defender la idea de que la mujer coatepecana es múltiple, puede cargar la canasta de café por la mañana y alcanzar las estrellas de la literatura universal por la noche.
No aceptemos el intercambio. Exijamos la permanencia y la suma. Porque una historia que mutila a sus ancestros para “adornar” su presente, es una historia condenada a la amnesia.
En nombre del “progreso”
Si el Ayuntamiento desea honrar al pueblo cafetalero, la vía no es el ornato, sino la política pública. La verdadera justicia para las cortadoras de café radica en mejorar sus salarios, hoy miserables, y en blindar las fincas frente a la tentación de convertirlas en fraccionamientos que las sustituyan, frutos por cemento. Conservar nuestra identidad requiere voluntad política para frenar un crecimiento urbano que arrasa con la historia en nombre de la globalización en tiempo del café instantáneo.

Las “amigas de María Enriqueta” ganaron una batalla el pasado martes en el Palacio Municipal. Fue un acto de dignidad ver a figuras como Doña Margarita Pérez Jácome defendió con vehemencia la historia de nuestro pueblo. Así se protege la “patria chica”, con la herencia de la poetisa y la determinación de quienes saben que la cultura no se negocia.
La guardia no debe bajarse. Existen intereses que podrían pesar más que la razón histórica. No es tiempo de fisuras entre nosotras, sino de exigir el reconocimiento de todas las mujeres coatepecanas.
Este 8M se debería reconocer a las coatepecanas del 2026 … ¿Para cuándo?
María Enriqueta es inmortal; las administraciones son, afortunadamente, de paso.
Por hoy hasta aquí