¿QUIÉN SE BENEFICIA CUANDO TODO PARECE ESTAR MAL?

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Cuarto de Guerra

¿QUIÉN SE BENEFICIA CUANDO TODO PARECE ESTAR MAL?

Por: Alejandro García Rueda

 

Hay quienes quieren que todo se vea peor de lo que es. Y no es casual. Alterar la percepción de la realidad es una táctica tan antigua como efectiva. Se benefician de la confusión, del descontento, de la fragmentación emocional de la comunidad. Porque mientras todos pelean con todos, ellos avanzan.

 

Y cuando decimos “ellos”, no hablamos de un enemigo abstracto. Hablamos de quienes apuestan a que el caos destruya lo que no han podido construir. Quienes no saben crear, pero sí saben manipular. Quienes no tienen autoridad moral, pero usan su voz para gritar más fuerte. Quienes no tienen proyecto, pero sí estrategia de guerra sucia.

 

En los últimos tiempos, pareciera que el parque más importante no está en los pertrechos, sino en los lápices, en las libretas, en los escritorios… en las escuelas. Porque ahí, en las aulas, es donde realmente se libra la batalla por el presente y el futuro de una comunidad. Y por eso mismo, es donde más intentan meter ruido, sembrar desconfianza y descomponer lo que funciona.

 

Pero para entender lo que pasa en nuestro municipio, en el estado, en el país, e incluso en el mundo, hay que partir de una premisa: una cosa es lo que sucede, y otra muy distinta es lo que conviene que parezca que sucede. Ahí está el truco. Porque cuando los hechos no favorecen a quien quiere poder, se fabrican narrativas. Se distorsiona. Se invierte la carga moral.

 

De pronto, conceptos complejos como la gentrificación, la xenofobia o el racismo se usan como etiquetas para enmarcar disputas personales o estéticas. Y el debate, que debía ser profundo, plural y con altura, se vuelve un “todos contra todos”. Si no estás de acuerdo, entonces eres enemigo. Si cuestionas, te cancelan. Si te mantienes firme, te atacan. ¿Quién gana con eso? El que no tiene nada que ofrecer, pero quiere ocupar el lugar de quien sí construye.

 

Porque sí: todavía hay quienes quieren dar un manotazo al tablero de ajedrez. No porque estén jugando mal, sino porque ya no saben cómo ganar sin hacer trampa. Algunos despliegan su rabia con desesperación, apostando todo a una última jugada que destruya lo que otros han construido con años de trabajo. Pero hay un problema para ellos: el pueblo ya despertó. La gente sabe distinguir entre un error humano y una campaña orquestada.

 

Hoy vivimos un choque entre liderazgos morales y liderazgos perversos. Los primeros no buscan fallar. Luchan por ser mejores. Los segundos calculan reacciones, manipulan audiencias, empujan noticias falsas y ponen en escena tragedias que no les duelen, pero que les sirven. Porque su objetivo no es mejorar nada, sino ganar algo.

Y aunque su narrativa funcione en ciertos nichos, no penetra en el fondo del tejido social, porque la gente ya reconoce los trucos. Porque el melodrama se agota. Porque la constante exageración visibiliza el vacío: el desatino, la falta de propuestas, la ausencia de visión. Lo suyo es puro efecto, puro humo. Pero el humo no construye escuelas ni mejora la vida de nadie.

 

Ahora bien, llevemos este análisis a un escenario más cercano, más concreto: las escuelas públicas. Una vez terminadas las ceremonias de fin de ciclo, queda claro que la motivación del magisterio está agotada. No porque falte vocación, sino porque sobran obstáculos. Al cansancio natural se suman presiones burocráticas, tareas duplicadas, exigencias que cambian según el viento. Los docentes, administrativos y personal de apoyo caminan como si cruzaran un campo minado. No exageramos. Las consecuencias psicológicas son reales: ansiedad, desánimo, hipervigilancia, incluso parálisis emocional.

 

Y aun así, desde fuera es muy fácil señalar, juzgar, desinformar. Porque hay una apatía creciente… pero no es casual, ni gratuita. Es consecuencia de un sistema que exige sin valorar, que demanda resultados sin ofrecer condiciones. En ese clima, emergen actores que buscan colarse por la rendija del caos.

 

Sí: hay docentes que, ya en proceso de prejubilación o aferrados a viejas formas, aprovechan los vacíos administrativos para colocar sus intereses por encima del colectivo. Se rehúsan a actualizarse, pero tienen complejo de titiriteros, creen saber mover hilos. No les interesa mejorar el plantel; les interesa controlar el entorno. Y para eso recurren al chantaje emocional, a la manipulación de padres, madres, alumnos y hasta compañeros.

 

Lo más grave es que algunas de estas personas utilizan acusaciones sin sustento, disfrazadas de reclamos legítimos, para desmantelar la imagen y la dignidad de quienes les resultan incómodos. Se sirven del melodrama y de la tragedia para figurar como héroes… pero no lo son. No representan a las víctimas, sino a los victimarios disfrazados.

 

¿Y cuál es el objetivo? Que la escuela fracase. Que baje la matrícula. Que se deteriore la autoridad del director o del equipo docente. Que el caos crezca. Porque entre más precaria sea la situación, más fácil es pescar en río revuelto.

 

Peor aún: hay quienes, sin presentar evaluación ni examen, inciden en la vida pública de la comunidad para arrebatar derechos laborales y desplazar a quienes sí cumplen. Bajo el disfraz de “servidores comprometidos”, lo que buscan es el poder sin haber sido elegidos por nadie. Y lo hacen generando una imagen positiva en tiempos turbulentos, porque saben que ahí es donde más fácilmente se manipula la percepción colectiva.

 

Y luego, cuando ya se sienten fuertes, desprecian a la misma comunidad que dicen defender. En corto, descalifican al pueblo. Lo llaman ignorante. Lo ven como herramienta. Pero se sirven de él para escalar.

 

No, el pueblo no es tonto. El pueblo observa. Y ahora, como en toda escuela, es momento de evaluar: ¿hasta dónde conviene seguir dando poder a quienes han demostrado que solo están ahí cuando hay algo que ganar? ¿Qué tanto margen merece quien, llegado el momento, será el primero en saltar del barco cuando las aguas se agiten?

 

Hoy más que nunca, hace falta esculpir liderazgos con principios, no coser trajes a la medida del oportunismo. Porque como decía Unamuno: la tarea es de escultores, no de sastres.

 

Y eso, aunque algunos lo olviden, se aprende desde la escuela.

 

DISCLAIMER: Las opiniones aquí expresadas son exclusivamente responsabilidad del autor. Ningún cargo, puesto o función que desempeñe, actualmente o en el futuro, refleja necesariamente la posición institucional de la organización, dependencia o medio al que pertenece o en el que se publica este texto.