RECUERDOS DE JUCHIQUE DE FERRER

RECUERDOS DE JUCHIQUE DE FERRER
Por Rafael Rojas Colorado
En
los últimos años de los sesenta, el poblado de Juchique de Ferrer se apreciaba
tranquilo, sereno, apacible, abrazado por la serranía, ríos y una sucesión de
colinas que impedían ver más allá del horizonte. El soberbio cerro Escuingo
eterno centinela no dejaba un instante de vigilarlo.
A
este pintoresco pueblo lo escondía la espesa vegetación, como si deseara
impedir que gente extraña llegara a perturbarlo. Sin embargo, si había mucho
movimiento e inquietud entre los pobladores. En la calle principal los
comercios que pretendían abastecer a sus clientes estaban activos, allí se
distinguían los Dorantes, Don Sóstenes, los Aguirre entre otros más. Frente a
estos negocios la sencilla iglesia de san Vicente de Ferrer, abierta a los
feligreses para hacer oraciones y penitencias para desahogar los pecados
cotidianos.
Las
noches oscuras, pues el escaso alumbrado público emitía una luz muy difusa,
esto era una ventaja para los enamorados de ese ayer. A esas horas las
estrellas se notaban más brillantes, parecían lentejuelas adornando el manto
celeste. En esas noches sombrías, era fácil encontrar a don Chico Ortega, como
si fuera el sereno que rondaba esas callejuelas desiertas, le gustaba motivar a
los jóvenes para que enamoraran a las muchachas. Don Chico fue papá de Enrique,
Vidal Ortega y abuelito de Orlando, un chamaco que tenía la gracia de caerle
muy bien a la gente.
Las
mañanas se percibían más alegres con la presencia de Macrina Mújica, muchacha
alegre y amistosa, salía a repartir leche en algunas casas vecinas de la de don
Rogelio Alarcón, esposo de doña Toña. Macrina vivía en casa de esa familia, en
la que Clementina, siempre mostró su amabilidad y mucha belleza física y espiritual,
su esposo lo fue él médico Moisés González; Nicolás Alarcón, enjuto, afilado y
amigo de todos, siempre estimado por los demás y en el hogar lo esperaba su
esposa.

La
pandilla de amigos conformada por Ricardo, “El pajarito”; Cándido Campos,
“Candil” –nativo de Yecuatla–; Leoncio Cervantes, “Loncho”; Rafael Rojas
Colorado –nativo de Coatepec, Veracruz–; Celestino, “Tinaco”, Goyo, y a veces
se sumaba Hugo y “Loncho Cañón” entre otros más. Fumarse un cigarro y hasta una
cerveza o copa de licor, fueron pequeños pecadillos de juventud; el ir a nadar
a la poza “La Paila” o el “Salto”, siempre fue emotivo. Cuando alguien estaba
enamorado o decepcionado de inmediato se sabía, pues iba a dedicar un tema
musical alusivo al estado de ánimo, todo el pueblo escuchaba a través de la
bocina a quien iba dirigida la canción, los comentarios fluían como gotas de
lluvia. Cuando aparecía un señor de fisonomía delgada y claro de su piel, con
sombrero y camisa de manga larga se le gritaba “Pulecho polín”, él contestaba
de la misma forma y se ponía a platicar amenamente. Como olvidar a los
profesores Gerardo y José Franco, el primero director de la escuela, de origen
chiapaneco y el segundo impartiendo conocimiento a los alumnos, oriundo de
Misantla.
Buen
servicio la tiendita de don Abraham Barradas, la atendía su esposa, la señora
Inés. La zapatería de don Isidoro, “Chilolo”, rumbo a la salida al panteón,
invitadora a adquirir buen calzado. De Miahuatlán llegaba don Ezequiel, cruzaba
la sierra de Chiconquiaco con sus mulas cargadas de botines, se le decía
Ezequielito, tenía clientes en el pueblo y le iba muy bien en su comercio. Muy
joven Socorro, el sastre, siempre atento y abría las puertas de su casa para
mirar por la televisión en pantalla blanco y negro las peleas sabatinas de box.
Como olvidar al médico Roberto, llegó con su esposa procedentes del estado de
Michoacán, venía en busca de un porvenir, lo acompañaba su única herramienta
que poseía, el conocimiento de la medicina. Era aficionado a tocar su acordeón
y a menudo abstraía el tema “Extraños en la noche”, las notas musicales se
esparcían a lo largo del barrio y se escapaban los suspiros de quienes las
escuchaban. El doctor Roberto fue vecino de doña Baldomira Ortega, mamá de
Antonio y el mudo, este último gustaba disfrutar el crepúsculo de la tarde, se
sentaba bajo el alero de concreto de su casa, hasta que un mal día se derrumbó
estando él fumándose un cigarro, de milagro el mudo se salvó y jamás volvió a
su lugar favorito. Como olvidar a Salvador Marín y su esposa Paz, la familia
Aguirre, Armenta, Barradas, Ortega, Dorantes, Castellanos, Báez, Fernández,
Alarcón Indoval y muchas más que el tiempo se roba sus nombres, pero el
recuerdo los mantiene presentes.
En
la esquina, frente a los Ortega y los Alarcón, vivía la señora Catalina, mamá
de Paco, fue activa en la política, al igual que Augurio, cuando se enfrentaron
“Los Gavilanes” contra “Los Chorreados”. En esos años May Aguirre y Ramiro
Dorantes estaban muy jóvenes, Vichi, un niño blanco de piel y cabello ensortijado
y con mucha gracia. Parecían flores silvestres las muchachas que con su
presencia embellecían las calles; en la bruma emerge la silueta de Odilia y
Vianey, hijas de don Leo y Juanita. Joaquina Hernández, Rita González, Elsa
Aguirre, Chelo Barradas, Rosario –Charo–, ayudaba a su mamá en su fonda que por
el patio daba a la iglesia, y entre muchas más, María Luisa, parece que tenía
un apellido Rojas, piel blanca y cabello debajo de los hombros, vivía o
trabajaba con su mamá frente a un costado de la panadería de Ricardo.
En fin, fueron tantos
los rostros que conformaron aquella comunidad que parecía dormida en el
laberinto del pasado, pero hoy con mucho respeto, aprecio y gratitud a la
amistad, los despertamos para hacerlos presentes, porque aún viven en el corazón
de quienes los recordamos, además sirva para que las nuevas generaciones, den
un paseo por los andenes del pasado de Juchique de Ferrer, pueblo que sigue
ahondando sus huellas hacia el futuro.