Mónica Polanco
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Por Rafael Rojas Colorado

            A 154 años de su natalicio los coatepecanos siguen evocando y homenajeando la memoria de la escritora y poeta María Enriqueta Camarillo y Roa.

Una mujer que solo vivió siete años de su existencia en la tierra que la vio nacer. Las circunstancias de la vida le marcaron otros senderos que transitar. Fue la ciudad de México la que le abrió los brazos de la adolescencia y se desarrolló biológicamente en un entorno afrancesado, ese fue el matiz que le daba a la ciudad el general de generales y presidente de presidentes, señor Porfirio Díaz Mori. Fue México donde comenzó a conocer y experimentar el llamado del amor, de las primeras ilusiones, los primeros excesos, y a cultivarse intelectualmente. En pocas palabras a conocer un estilo de vida que solo se ofrece en una ciudad que juega a convertirse en cosmopolita.

            Su estancia en nuevo Laredo también fue corta, la desposó el abogado, historiador y político Carlos Hilario Pereyra Gómez, a quien acompañó hasta el final de su existencia. Antes de partir a Europa, vino Coatepec para visitar a familiares y algunas amistades, incluso aquí se encontraba cuando estalló la Revolución Mexicana. La gran aventura europea estaba a la vuelta de la esquina.

            María tenía cuarenta años cuando partió al viejo mundo, acostumbrada ya a la buena vida, Bélgica sería su nueva morada, conocer nuevas costumbres y formas de vida, Más poco le duraría esa alegría de emparentar con las buenas familias de los embajadores del mundo y de la misma ciudad belga. El destino le tenía reservad una nueva realidad que la pondría a prueba en su misión en la vida. La primera guerra mundial y el recrudecimiento de la Revolución Mexicana, hizo a la pareja emigrar a Suiza y con ello, ya desprotegidos del gobierno de México, demostrar la fortaleza espiritual para salir adelante. Y fue María Enriqueta la que asoma ese ímpetu para salir adelante. Comenzaron a vivir por sus propios medios, y aunque Carlos Hilario era un buen político e intelectual, un tanto débil para los escenarios de la vida.

            España, hospedó a los Pereyra-Camarillo, y en ese país iluminó su potencial literario y poético, salió adelante en lo económico y en la fama, pero no en lo familiar, pues de uno en uno perdió a sus seres queridos, también la lozanía de su cuerpo y piel y se convirtió en una anciana, aunque la vida jamás le robo su fortaleza espiritual. Marchita regresa a su patria con los restos de su esposo, y a pesar del cansado viaje por el océano Atlántico, sigue su peregrinar en tierra para entregar el cuerpo de su compañero de vida en Saltillo, Coahuila, allí pertenecía y en ese lugar debería de descansar. Misión cumplida.

            A su regreso a en 1948, decide radicar en México, se entiende el por qué, una ciudad con matices de la arquitectura española y, aunque todavía provinciana, tenía mucho más que ofrecer que su pueblo natal en el que no estaba habituada, pues su prematura estancia no le alcanzó para amar al pueblo que pertenecía, aunque si le cantó con sus versos y poemas, quizá por cierta lealtad.

            Cuando volvió de Europa, solo vino a Coatepec en dos ocasiones, y fue por invitación de sus paisanos que le admiraban su trayectoria literaria, es decir vino por compromiso ¿Por qué no visitó a su pueblo en más ocasiones? La pregunta queda en el aire. Se le dieron las facilidades para vivir aquí y no las aceptó, como se dice líneas arriba, estaba acostumbrada a una vida europea y Coatepec todavía era una provincia que no le ofrecía lo que a ella le agradaba, bueno, solo son pensamientos propios, pues nadie posee el poder de penetrar en los sentimientos de otras personas.

            María solo vuelve cuando la traen inerte a descansar para siempre en Coatepec, mientras que su familia está sepultada en la ciudad de México ¿su espíritu se sentirá a gusto?

            Los años pasan y María Enriqueta sigue en el imborrable recuerdo de Coatepec, Veracruz.

rafaelrojascolorado@yahoo,com.mx