Transfiguraciones
Juan A. Morales.
Con su cabello ensortijado, frente amplia, ojos de miel y labios llenos, Zahorí Pitzotl cruza hacia la calle perpendicular al Malecón, entra al “Salsa Club” y ocupa la mesa más apartada, entonces ve llegar al marinero que ordena dos tarros de cerveza y la busca con la mirada. Es alto y fornido, comparado con su complexión menudita, muy velludo para su cuerpo lampiño y adusto para su bullanguero carácter. La localiza —pues venía siguiéndola— va hacia ella y cuando coloca los tarros en la pequeña mesa, la morocha extrae, de un compartimento en su anillo, tres comprimidos ambarinos que agrega a la cerveza del nauta y brinda sonriente, porque él está perdido en la ávida mirada que lo incita a beber. Al tercer trago el brebaje hace efecto y el hombre siente como invade su cuerpo el espíritu lujurioso de un Demonio.
Las luces de colores acentúan las columnas de humo que ascienden hasta los ventiladores de abanico que ronronean en el techo y el bullicio en florecimiento afecta la percepción del Marino que vive una sensación de irrealidad. En la mesita redonda los tarros chorean el lúpulo, la gente habla atropelladamente y la orquesta “Diapasón” mantiene apretujada la pista donde un arrogante mulato y una morocha de pollera corta que deja ver sus atributos, roban la atención de todos; pero él observa con cuidado los rasgos cambujos de Zahorí quien coscolina como es, sonríe a los jóvenes que discretos lanzan besos que ella agradece, pero el nauta recela, aunque infiere que los muchachos lo envidian y eso le halaga.
Un buque brama, pero en el “Salsa Club” no es posible distinguir si entra o sale del puerto, pues en el Malecón la romería de los turistas que compran recuerditos, ya cesó; y fue ahí, una hora antes, que Joao Do Santos buscaba urgentemente una cerveza —pues traía la empapada playera pegada al cuerpo y no podía contener la traspiración— y columbró a Zahorí Pitzotl contoneándose entre los vendedores ambulantes y alargó la zancada para alcanzarla, pero la menudita morocha se sintió observada, le coqueteo y un guiño bastó para que la siguiera hasta el “Salsa Club”. “Después de seis meses de travesía, pensó el nauta, puedo tontear un poco con esta mexicanita”.
El “Son de la loma” suena contundente y él —que ha recorrido mundo— la saca a bailar y forman parte de la Rueda Cubana donde las chicas cambian de bailador hasta que, al final de la vuelta, regresan con su pareja original y todo ello, sin detener el torbellino del son. El Marinero la aparta del grupo, aplica unos pasos “cariocas”, se acopla al meneo sensual de la morochita que le embarra su cuerpo voluptuoso, él la levanta en vilo y abre el compás para ahorcajarse en la cintura del lobo de mar, quien después la planta con suavidad en el suelo para que termine la tanda con tres giros inversos que dejan ver sus columnas morenas y armoniosas. Agitado —con la sudoración copiosa y la sangre galopando en las venas de sus cienes— la pasión le llega repentina, la besa para que conozca sus intenciones y ella lo toma de la mano, lo conduce manso hasta la barra para que pague la cuenta y luego hacia el pórtico <<En el Hotel Desliz hay un bar>> aconseja él nauta y la encamina hacia allá, pero ella ríe divertida porque tiene otros planes.
Antaño, cada correría de Zahorí Pitzotl terminaba en la habitación más cara del Hotel Desliz, entonces la consideraban la más bella del Puerto y fue Reina del Carnaval, pero hace mucho que no lleva a un hombre a su lecho porque ahora, el placer consiste —dice ella— en percibir el deseo irrefrenable del macho, llevarlo hasta el delirio, disfrutar de esa felicidad efímera, perderlo en la pasión y desecharlo. Abraza al marinero, percibe su olor salvaje y cuando el hombre pierde la compostura y la excitación lo vuelve torpe; orgullosa de su pasado zapoteca y zulú, sale contoneándose de “Salsa Club”.
Los faroles iluminan el húmedo adoquín del malecón y proyectan una sombra que conduce al hombre —aturdido todavía por los comprimidos— y le susurra <<No me sigas. Vendré por ti>>, pero su voz se confunde con el oleaje que se rompe en la escollera y del Hotel Desliz, en la esquina contraria, salen dos mujeres ebrias que encuentran al navegante y lo siguen, pero no ven a la morocha que corre y detiene su carrera cien metros adelante porque se cae y permanece encorvada, como si los años se le vinieran encima y gatea hasta la puerta para desaparecer tras el vano en ruinas. El marino la busca en los escombros del caserón pero solamente hay lodo y una marrana chillona. El brasileño desea comprender qué sucede; pero la dama que festeja su cumpleaños lo toma del brazo y su compañera le dice: —¿Quieres seguir con nosotras? —al tiempo que se enganchan a los recios brazos del hombre, que ve el barrial pútrido y una marrana que berrea, entonces se deja llevar, a fin de cuentas, nunca ha escuchado hablar de cambujos, nahuales ni transfiguraciones.