UNA HUMANISTA EN ACCIÓN

Agencia Reforma
Monterrey, NL 12 abril 2026.- En un entorno cada vez más orientado a la técnica y la productividad, Inés Sáenz apostó por algo más profundo: las Humanidades como una herramienta para formar pensamiento crítico, empatía y sentido social. Desde ahí forjó su trayectoria en el Tec de Monterrey.
A su regreso en los años 90, tras cursar la maestría y el doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Pensilvania, en Filadelfia, Inés recuerda que llegó a un Departamento de Humanidades del campus regio muy distinto al actual: no había posgrado.
“¡Necesitábamos abrir espacios para el posgrado si queríamos hacer investigación!”, expresa.
“Poco a poco se fue creando un andamiaje para poder ser profesora e investigar, y dar clases en licenciatura y posgrado. Participé en un programa de formación humanística y ciudadana como parte de la educación general de todos los estudiantes”.
No sería su única aportación. Como Decana de Humanidades -responsable de dirigir y desarrollar una escuela o área a nivel institucional- el mayor reto fue crear y dar forma a una entidad que no existía, pues la estrategia buscaba crear escuelas nacionales de posgrado e investigación. “En esa época yo vivía en la CDMX y desde allá empecé a formar un equipo que procedía de diferentes campus”, cuenta. “Fue muy interesante arrancar con grupos de investigación, y fortalecer los posgrados de Educación y Humanidades”.
La humanista reconoce que fortaleció habilidades de liderazgo.
“Aprendí enormidades”, afirma. “Ser parte de una tribu humanista me llena de alegría”.
De ahí que su retiro del Tec tras 35 años de labor, anunciado por el Rector y Presidente Ejecutivo David Garza el 19 de junio del año pasado, haya sido importante para Inés, cuyo último cargo fue Vicepresidenta de Inclusión, Impacto Social y Sostenibilidad.
“Se retira, dejándonos un gran legado y con una trayectoria que ha impactado a nuestra comunidad, a través de su incansable labor y compromiso”, afirmó Garza en un comunicado.
“Es una figura emblemática que ha sido parte integral del Instituto”.
CON LOS LIBROS PRESENTES
Hija de Federico Juan Sáenz Larriva e Inés Negrete, Inés nació en Torreón, Coahuila, en el seno de una familia comerciante por su padre y agrícola por su madre. Sin embargo, los libros estaban presentes.
“Me fui de Torreón a los 16 años, sin regreso definitivo”, afirma, afable y sencilla. “Sin embargo, reconozco la huella profunda que me dejó mi infancia y adolescencia en esa ciudad. ¿Cuáles son esas huellas? El teatro y la literatura”.
Cuenta que vienen a su mente poemas que declamaba en primaria con motivo de alguna conmemoración. Por ejemplo, sabía de memoria “La raza de bronce” una lira heroica que Amado Nervo escribió en honor de Benito Juárez.
“Recité ese poema -con grandilocuencia, supongo- en uno de los festejos de mi primaria. Recuerdo que una prima que vivía en mi casa, cuando no se podía dormir, me pedía que le recitara el poema para arrullarla, y yo lo hacía con gusto. Recitaba las 20 estrofas, que tenía el efecto de dormirla”, expresa.
Para aquella niña, que disfrutó de las bibliotecas de sus abuelos Luis Sáenz y Manuel Negrete, le resultaban entrañables las clases y puestas en escena de poesía y teatro. De aquella época recuerda participar en obras como “Bodas de sangre” y “La fierecilla domada”. Ya en la prepa participó en “Las preciosas ridículas”, de Molière, y en “El circulito de tiza”, de Sastre.
“En esa época, Rogelio Luévano fue un gran maestro. Era profesor de estética y director de teatro de la prepa del Tec en Torreón”, recuerda. “Aprender de sus ensayos y puestas en escena tan profesionales fue un paso definitivo a mi madurez.
Fue la época, enfatiza, de la indagación existencial, y evoca las lecturas de Gibrán Jalil Gibrán y Hermann Hesse. “Aún me queda la curiosidad por saber qué entendía esa adolescente que -echada en el jardín- leía El lobo estepario”.
A inicios de los 80 llegó a la carrera de Letras Españolas del Campus Monterrey de apenas 9 mil estudiantes, donde encontró maestros “fantásticos, rigurosos, críticos”, entre ellos Dora Esthela Rodríguez, Nora Guzmán y Fidel Chávez.
“Recuerdo también la Biblioteca Cervantina, custodiada por Ricardo Elizondo, pues trabajaba para una profesora que me pedía que fuera a investigar unos libros que me parecieron mágicos: los confesionarios de los misioneros en diferentes lenguas indígenas, las gramáticas”, señala. “Nunca dejaré de agradecer esos momentos en la biblioteca que hoy siguen teniendo un fondo bibliográfico importante”.
Durante la carrera, Inés pudo seguir en teatro, además de llevar sus clases.
“Uno de los directores memorables fue Manuel Fernández. Para mí, Manuel era muy especial. Acababa de llegar de estudiar teatro en Londres, yo lo había visto actuar, era un actor espléndido, y la experiencia de trabajar con él en “Tovarich” y “Una curiosa dama” fue grata, y exigente.
“Con Fidel Chávez, formamos un grupo de teatro aparte y montamos obras espléndidas de dramaturgos mexicanos: Luisa Josefina Hernández, Oscar Liera. Fidel nos dirigía, era exigente, y al final de la representación nos invitaba a su casa a comer pastel”.
Nora Guzmán describe a la Inés de aquellos días: una estudiante de “ricitos de oro” que iluminaba el salón, siempre atenta y pensativa.
“Fue mi alumna en el curso de Literatura mexicana contemporánea”, comenta. “Inés destacó desde el primer día: su inteligencia y juicio crítico delataban a una joven profundamente informada, proveniente de un entorno familiar donde la cultura era el referente diario”.
LA DOCENCIA
Inés decidió dedicarse a la docencia cuando se propuso hacer la maestría y el doctorado en Literatura Hispánica en la Universidad de Pensilvania, en Filadelfia. Lo hizo, cuenta, porque quería compartir el mundo que vivían sus maestros.
“En realidad, elegí esa universidad por otras causas ajenas al estudio, la más vital: por amor, pues mi novio (Mario Alanís) estudiaba allá su doctorado. Cuando decidimos casarnos, yo solicité entrada a ese mismo lugar sin saber que estaba tocando la puerta de una universidad fundada por Benjamín Franklin en 1740.
“Tuve la gran fortuna de entrar y aprender muchas cosas. Por ejemplo, me impresionaba mucho el activismo de los estudiantes, que llenaban los pasillos de la universidad pidiéndonos firmar peticiones para muchos temas de justicia social con los migrantes, los que pizcaban fruta, etc. Ver esa atmósfera vibrante contagiaba. Había mucha conciencia social”, dice.
Recuerda que eran los tiempos de la amnistía Simpson Rodino, que permitía a personas que habían entrado sin documentos a Estados Unidos pudieran regularizar su situación, por lo que ella y Mario se involucraron en una ONG para ayudar en lo que fuera posible, además de vivir una gran riqueza cultural.
Al término de esa época llegó al Tec y fue cuando promovió espacios de posgrado.
Inés persistió en esto porque es una convencida de que, si se quieren democracias fuertes, las humanidades juegan un rol esencial.
“No lo digo yo, lo dicen filósofos, intelectuales y escritores. ¿Qué se puede esperar de una persona que no lee, que no sabe leer entre líneas? ¿De una persona ajena a una visión compleja del mundo, de la historia, la filosofía y la literatura?”.
Esta postura se enriqueció al vivir en París representando al Tec hace unos años. Ahí, dice, aprendió del sistema educativo europeo, en particular del Proceso de Boloña – acuerdo entre países para armonizar sus sistemas de educación superior- y pudo observar la capacidad discursiva de profesores, investigadores y intelectuales.
“Viajé buscando oportunidades para el Tec en diferentes universidades. Fue un trabajo lleno de certezas en el sentido de que los europeos no se andan con rodeos: si te dicen que están dispuestos a colaborar con tu institución, lo hacen sin chistar.
“Pudimos hacer alianzas interesantes con diferentes universidades que siguen vigentes hasta la fecha”. Antes de su partida, Inés fue dos años directora de la Cátedra Alfonso Reyes. Su actual titular, Ana Laura Santamaría, recuerda que al llegar le dijeron que siempre tendría una “línea punteada con Inés”, es decir que ella siempre sería una referencia y una brújula para orientar su trabajo.
“Desde entonces Inés y yo nos decimos cariñosamente ‘línea’. Una línea suave abierta a la escucha y a la conversación.
“Inés no siempre tiene todas las respuestas, pero sabe hacer las mejores preguntas. Es una lectora incansable y una humanista convencida y perseverante. Conversar con ella es construir ideas, cuidar el pasado, imaginar el futuro y resguardar la esperanza”.
TIEMPO PARA ALUMNOS
Raúl Verduzco, director asociado del Departamento de Estudios Humanísticos del Tec, fue su alumno y describe a Inés como una persona generosa que siempre se daba tiempo para escuchar a sus alumnos y enriquecerlos, incluyendo en sus clases lecturas de acuerdo con los intereses de los estudiantes.
“Era muy de regalar ideas, de mandarte mensajes diciendo: ‘Oye, me quedé pensando en esto y veo estas otras cosas’ o ‘No te puedo ver en la oficina porque tengo tal cosa con las niñas (tiene cuatro hijas). Siempre se daba muchos huequitos de tomarse un café y dar la asesoría con mucha voluntad de escuchar, de orientar”.
Inés dice que nunca escatimó tiempo para preparar sus clases.
“Para mí, ser profesora es un privilegio, y no tiene nada que ver con la jerarquía, pues quienes hemos estado en las aulas sabemos que estar allí es también aprender”, expresa la catedrática, quien participó en la creación de la especialidad en Humanidades de la Maestría en Educación, la Maestría y el Doctorado en Estudios Humanísticos y el proyecto de la Maestría de Periodismo y Medios Convergentes de la Universidad Virtual.
Además, dirigió el Doctorado en Estudios Humanísticos del Campus Ciudad de México.
Su último cargo antes de su retiro fue la Vicepresidencia de Inclusión, Impacto Social y Sostenibilidad, que ocupó durante cinco años, donde diseñó e implementó, entre otras tareas, la estrategia de diversidad, equidad, inclusión y pertenencia, así como el plan de sostenibilidad y cambio climático.
Así, luego de 35 años en el Tec, Inés habla de su adiós a la institución que le dio un lugar como humanista.
“Creo que tuve múltiples ‘últimos días’, en el sentido de que internamente me fui despidiendo de los lugares, las personas y los eventos que organizábamos y a los que asistía. Eso -al menos para mí- fue excelente, pues le quitó drama al último día.
“Recorrí el campus múltiples veces siendo consciente del tiempo que se agota, dejándome llevar por los sonidos, cobijándome en la sombra de los árboles, observando la fauna ajena a mis emociones”.
Mario, su esposo, dice que compartir la vida con Inés ha sido convivir con una persona divertida y en constante reflexión.
“En lo que respecta a mi visión de Inés como madre de cuatro hijas, siempre ha buscado que sepan que ellas son lo más importante y que lo que más quiere es que sean felices y libres”, comenta. Inés seguirá en el campo de las humanidades. Actualmente colabora en un proyecto de la editorial Vaso Roto y es probable verla seguido en otras tareas, porque es una convencida de que la empatía se educa a través de la imaginación narrativa.
“Advertimos la otredad gracias a otras historias que brotan de entornos muy diferentes a los nuestros. Esto que es profundamente humano es inaccesible para la inteligencia artificial. En ese sentido, somos irremplazables, por ahora”, señala.
“Por ello, es importante cultivar lo humano en la educación de los niños, adolescentes y adultos jóvenes. Sin los recursos mínimos que nos da el discernimiento, la imaginación, el lenguaje, la empatía, estamos perdidos”.