VIOLENCIA FAMILIAR Y ADICCIONES: DOS PROBLEMAS QUE SUELEN IR DE LA MANO

SALVADOR FARFÁN HORIZONTAL (1)
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Salvador Farfán Infante

Hace no muchos años, existió una jovencita que gozaba de muchas cualidades; era una niña bonita, atenta y obediente a las órdenes de sus padres; nunca protestaba por nada y, por lo mismo, los padres siempre delegaban en ella tareas que les correspondían a ellos, por ejemplo, hacer la comida, cuidar a sus hermanos o trabajar después de la escuela para ayudar con el gasto de la familia. Esta jovencita era Esperanza. Como no protestaba, su madre delegaba en ella sus propias frustraciones con su marido. Sus hermanos también aprendieron rápidamente a “cargarle la mano” y pronto terminaron pidiéndole que planchara sus camisas, les sirviera su comida, recogiera sus cuartos y cosas así, como si fuera su sirvienta. Su mamá le decía que era por su bien, que un día se iba a casar y tenía que ser buena esposa y que además ellos eran hombres. En el fondo, Esperanza sentía que estaba viviendo una vida que no era la suya, que alguien en algún momento se había equivocado y estaba viviendo con una familia que no era la suya y que, algún día, alguien vendría a rescatarla. Pero mientras eso pasaba, seguía fregando los platos sucios de casa. Muchas veces quiso hablar sobre su malestar con su madre, pero a cambio sólo recibía regaños y más tareas por andar de rezongona.

Cualquier intento de protesta fue callado, se le reclutó para obedecer y ser servil. Un día que, por accidente, se le tiró la leche en la estufa, su madre le gritó y la reprendió de tal manera, que hasta la golpeó. Esperanza se asustó tanto al ver la reacción de su madre, que se preguntó por qué no la quería, ya que sus hermanos hacían cosas peores y nada pasaba. Más tarde, como si nada, su madre la abrazó, la besó y le dijo que ella era lo más importante en su vida, y que lo hacía por su bien. ¿Cómo protestar contra alguien que le dice a una que la trata así por su propio bien? Así que aprendió a callar su enojo, lo cual no significaba que le gustara vivir así; por el contrario, desarrolló una serie de sentimientos encontrados contra su madre, que la hacían sentir un lío en su cabeza y cuando quería hablar con alguien, no podía porque sentía como un nudo en la garganta.

Sus secretos sólo eran confiados a Ramona, su muñeca, con la que jugaba a escondidas para que su madre no la cachara y le encomendara más quehacer; así eran sus juegos, silenciosos e invisibles, a solas con su mona. Cuando su padre tomaba, eventualmente se quejaba de su esposa con Esperanza. Así que cuando un día él abandonó a la familia, Esperanza culpó calladamente a su madre de que su padre se hubiera ido; muy dentro de sí se hizo la promesa de que ella iba a ser diferente con su marido, que ella sí lo iba a tratar bien para que no se fuera, porque siempre albergaba la ilusión de que algún día iba a llegar un buen hombre que la rescatara de esa situación… hasta que empezó a perder las esperanzas y su corazón se fue llenando de miedo.

Al otro lado de la colonia vivía Salvador, un jovencito cuya madre tuvo problemas para traerlo al mundo. Después de tres hijas, el padre, un hombre que abusaba del alcohol, se empezaba a impacientar y le decía a su mujer: “Yo no sé cómo le vas a hacer, pero a mí me tienes que dar un varón.” Así que en su cuarto embarazo ella se encomendó al santo de su devoción y el día de san Salvador nació el tan esperado niño. Ese día hubo fiesta en la casa, todos estaban muy contentos, menos las hijas– y el papá bebió por tres días, ya que al fin tenía a su hombrecito.

Nota: Ninguno de los personajes de esta historia está tomado de la realidad.

Fuente: Violencia Familiar y Adicciones. CIJ