Ciudad de México 21 octubre 2026.- El violinista canadiense Kerson Leong cuenta que su padre, un físico aficionado a la música clásica, le mostró un video en súper cámara lenta de una cuerda vibrando. Al ver ese movimiento cíclico, entendió que el arco debe introducir energía para luego liberarla.
Aquella lección sobre la física del sonido, cuando aún era un adolescente, tuvo una influencia enorme y duradera en su forma de tocar.
“Eso me enseñó que un sonido pleno o amplio no se consigue con fuerza bruta, obligando al instrumento a responder, presionándolo, sometiéndolo o dominándolo.
“La presencia, la calidad tímbrica y la plenitud del sonido se obtienen al permitir que salga la energía que has puesto en él, al lograr que cada movimiento del arco libere el sonido.
“Y cuando tienes un violín feliz, esa felicidad también se escucha”, expresa en entrevista.
Leong (Ottawa, 1997) debuta en México este sábado a las 19:00 horas en el Palacio de Bellas Artes con el Concierto para violín No. 1 de Niccolò Paganini (1782-1840), con la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY), bajo la batuta de Alfonso Scarano.
Con esta misma obra se presentará por primera vez, en febrero próximo, en la histórica Concertgebouw de Ámsterdam.
Según ha dicho, Paganini exige una mentalidad distinta a la de Johannes Brahms, en la que hay que dejarse llevar.
A su entender, la clave está en la naturaleza misma del violín.
“Es un instrumento que, por su propia esencia, recompensa el riesgo, el peligro y la valentía”, sostiene. “Puede llegar tan lejos como lleguen tu imaginación y tu voluntad de aproximarte a lo que te imaginas”.
El violín puede aproximarse a la voz humana, o producir “sonidos completamente vanguardistas, de otro mundo”.
“Es un instrumento que refleja los límites, o más bien la ausencia de límites, de tu imaginación. Te desafía constantemente a perfeccionar tu manera de tocar y de producir el sonido”, recalca. “Todo eso aplica especialmente a Paganini”.
Pero Leong, de 29 años, se niega a reducir su música a la categoría de “técnicamente muy exigente”, llena de notas, escalas y arpegios, que impresionan en la partitura.
“Si uno piensa en Paganini sólo como una serie de ejercicios técnicos, podría quedarse en eso, en un sentido casi matemático pero no basta.
“Porque en Paganini hay ópera, hay un sentido narrativo, casi de recitativo. Uno puede encarnar la experiencia de contar una historia mediante recursos expresivos elevados, apropiándose de esa cualidad cantabile propia del bel canto”, argumenta.
Por supuesto que están los aspectos técnicos, admite, “pero también hay drama, espontaneidad, pasión y estallidos de expresividad” que, a su juicio, “encarnan el espíritu italiano”.
No se trata, aclara, de renunciar a la contención.
“Siempre debes saber exactamente lo que quieres decir, ni menos ni más”.
Pero con Paganini, añade, la expresión brota de manera más espontánea y emocional: “Para mí, tocarlo es una explosión de pasión espontánea, donde de verdad cantas o hablas desde el corazón”.
Leong tocará la cadencia del violinista francés Émile Sauret (1852-1920), que, quizá, dice, sea una de las más célebres por su dificultad y también una de las más abordadas: figura en muchas de las grabaciones de referencia de la obra.
“A veces uno simplemente decide vivir al borde del riesgo. Desde luego, su dificultad es monstruosa. Pero al mismo tiempo brinda muchas oportunidades de revelar distintas facetas expresivas”, plantea.
Es como una prolongación del propio concierto, pero llevada al extremo.
“Además de los estallidos, los torbellinos de pasajes veloces, las escalas, los arpegios, las dobles cuerdas y todos esos recursos, hay momentos de una intimidad extraordinaria en los que realmente puedes explorar los límites del lirismo del instrumento”, añade. “En ese sentido, creo que el virtuosismo opera en ambas direcciones”.
El violinista llegó a comparar el desafío de tocar en una sola noche las Seis sonatas para violín solo del belga Eugène Ysae, por cuya grabación ganó el Diapason d’Or Découverte (Descubrimiento), con el de interpretar los 24 Caprichos para violín de Paganini.
“Cuando abordé las sonatas de Ysae como proyecto discográfico, lo hice sencillamente porque me parecían una música de una belleza increíble. Me conmovieron en un lugar muy profundo, despertaron mi imaginación de una manera personal y pude reconocerme en ellas.
“Eso te lleva a buscar una relación con la música. Entonces, el riesgo se convierte en una parte aceptable del proceso, porque la obra tiene una sustancia que lo justifica”, explica.
Algo semejante le ocurrió con Paganini, añade, a quien con frecuencia se considera, sobre todo, desde la dificultad técnica.
“A mí, sin embargo, no me importa atravesar todas esas exigencias técnicas ni asumir el riesgo, porque esta música me permite cantar con plena libertad y hablar a través del violín, casi a la manera de un recitativo, pero también como si interpretara un aria, con la voz elevándose y expresando cada intención, ya sea a plena voz o a media voz.
“Frente a esa dimensión más amplia de la música, el riesgo deja de intimidarme tanto e incluso pierde importancia”.
Guarneri del Gesù
Leong se presentará en México con su Guarneri del Gesù, violín con el que toca desde hace casi una década. Construido hacia 1741 en Cremona, Italia, salió del mismo taller que construyó el célebre “El cañón” de Paganini.
“Era un violín capaz de producir un sonido que impactaba al público, que llegaba verdaderamente a las personas. Es la misma razón por la que me enamoré de este instrumento. Tiene una potencia particular, una capacidad de penetrar hasta lo más hondo del oído del oyente”.
El sonido, ha dicho, es profundo, “casi de contralto”, equilibrado entre la cuerda grave y la aguda, con algo “ligeramente lacrimoso, algo sombrío”.
Características que responden a la “cualidad más humana” que el violinista canadiense pondera en los Guarneri frente a la elegancia y belleza impecable de los Stradivarius, el otro gran nombre de la laudería.
En sus últimos años, Guarneri parecía más interesado en la experimentación acústica que en la perfección del acabado. Hacia el final de su vida, agrega, no hacía dos instrumentos iguales.
“Cuando toco Paganini con este violín, siento una especie de resonancia, de afinidad entre ambos. Es como si el propio violín me ayudara a adentrarme en la música y a transportarnos, tanto a mí como a los oyentes, a otra época, a un espacio y un tiempo muy lejanos”, afirma.
En su presentación del sábado, la OSY reestrenará también la Sinfonía de las Américas del compositor yucateco Daniel Ayala (1906-1975), en homenaje por 120 años de su nacimiento.
Ayala perteneció al llamado Grupo de los Cuatro, con José Pablo Moncayo, Blas Galindo y Salvador Contreras.
Su sinfonía volverá a escucharse en Bellas Artes donde se interpretó en 1995, estrenada en Mérida en 1948.
Completa el programa una selección de las suites de Romeo y Julieta, de Serguéi Prokofiev.








