Por Ramón Durón Ruíz (†)

Me siento afortunado por los cientos de milagros que diariamente Dios pone a mi disposición, entre ellos los correos de amables lectores comentando mis artículos o enviándome ilustrativos mensajes. A continuación parafraseo uno recibido de mi amigo Derly Rivas Alvarado, “Cargando el venado (anónimo), el cual está lleno de esa sabiduría extrema que sólo el pueblo posee:
“Estaba un hombre sentado en una piedra, bajo la sombra de un frondoso huanacaxtle. Triste, meditabundo, cabizbajo, casi a punto de soltar el llanto. Así lo encontró su compadre, quien al verlo en tales fachas, le preguntó qué ocasionaba estuviera en esa situación.
–– ¡Ay, compadre, a tu comadre! Esta noche la mato o “la suicido” pero de que se muere, se muere.
–– No la amueles, platícame, quizá te puedo ayudar a encontrar una mejor solución al problema.
El desdichado enjugó sus ojos, limpió su nariz moquienta y empezó con su relato:
–– Tú sabes que somos muy pobres y sólo acompañamos los frijoles con un pedazo de carne que consigo yendo de cacería, paso días de sufrimiento y penalidades salvándome de los peligros del monte, esquivando las víboras, al tigre y a la onza; soporto la terrible comezón que me producen las guiñas, garrapatas y moscos, y por si esto fuera poco, aguantar el frío y la soledad.
Si la suerte me socorre, logro cazar un venado y tengo que cargarlo al rancho y subir con él la loma donde está mi casa. Cuando llego, todavía no alcanzo resuello y aparece mi señora, cuchillo en mano y empieza inmediatamente a repartir el venado entre vecinos y familiares. Que una pierna pa’ doña Juana, que otra pa’ doña Cleo, que este lomito pa’ mi’amá, que esto pa’llá, que esto pa’cá y a los dos o tres días, ahí va su tonto otra vez de cacería. ¡Pero ya me cansé y esta noche mínimo la “desmechoneo”!
–– Invita a tu mujer a cargar el venado.
–– ¿Qué?
–– Sí, mira, nomás no le digas las madrizas que te pones, píntasela bonito. Dile que la invitas a la cacería para que disfrute de los bellos paisajes, del esplendor de las estrellas, de los manantiales cristalinos, de sus exquisitas aguas, del aire fresco del monte, del dulce canto de los grillos y los pajarillos, en fin.
El compadre siguió el consejo, la mujer, entusiasmada, iba con la falda larga, que al cruzar un “aguamal” se redujo a minifalda porque quedó desgarrada entre las púas y la blusa toda “chiruda”; las espinas la sangraron; las “guinas” y “guachaporis” los traía por todo el cuerpo. El sol le quemó la piel, las manos se le ampularon, estuvo a punto de sufrir un infarto al toparse con una víbora, muerta de hambre, parecía sacada de ultratumba. Por fin, encontraron al venado, el hombre, sigiloso, se acercó a su presa y localizó el blanco justo para liquidarlo ¡Bang! el venado cayó muerto. La mujer no cabía de júbilo pensando que su sufrimiento había terminado, pero no era así.
–– Ahora, mi amor, carga el venado para que veas lo bonito que se siente llevar la presa.
La mujer cargó el venado hasta su casa. Jadeando y casi muerta, depositó el animal en la sala de su casa. Los niños que jugaban con los vecinitos recibieron a sus papás y siguiendo la costumbre comenzaron la repartición:
–– Mamá, ¿qué pedazo le llevo a mi tía?, ¿una pierna pa’ doña Cleo?
La señora, exhausta, agarrando aire hasta por las orejas, les gritó:
–– ¡Este venado no me lo toca nadie!…Y tú, Pepito, ve con tu mamá y ¡los dos vayan mucho a *#$&%!”
Moraleja: para valorar el esfuerzo ajeno y respetar en su real dimensión el trabajo de los demás, debemos aprender a ‘CARGAR EL VENADO’. La experiencia adquirida con el paso de los años nos enseña a valorar aquello que se consigue como resultado de nuestro trabajo. Sólo cuidamos aquello que nos ha costado esfuerzo, sudor y sacrificio.

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