CASCADA LA SOLEDAD

CASCADA LA SOLEDAD

CASCADA
LA SOLEDAD
Nuestro Coatepec es un prodigio natural, aún hay mucho
que descubrir y explotar en esta región tan conocida por su paisaje montañoso,
bellas colinas, ríos y arroyos que zigzaguean bajo la sombra de los bosques.
El viernes 19 de agosto del
presente año, con la curiosidad de conocer físicamente la cascada que armonizan
las aguas del río Pixquiac y el Suchiapa a la altura de la localidad El Grande,
nos aventuramos con mi esposa a ese encuentro con la naturaleza. El sol se
situaba en el cénit. La fortuna nos acompañó, pues un joven de nombre Enrique
Martínez se acomidió a acompañarnos. Tomando la carretera como punto de
partica, tal vez caminamos trescientos metros y a la vista apreciamos en la
lejanía la cascada en toda su expresión, solitaria, serena, presumiendo su
belleza y brindando su singular espectáculo a la nutrida vegetación y al viento
que manso se paseaba de un lugar hacia el otro en suave vaivén. Solo el
melódico murmullo de sus aguas irrumpía aquella virginal tranquilidad que
inspiraba a soñar despierto.
Comenzamos a descender, un angostísimo y sinuoso camino
escondido por la zona selvática. Enrique iba adelante, amablemente, haciendo a
un lado los bejucos y largos tallos con anchas hojas verde oscuro. El camino no
está visible, pues la yerba y la maleza lo ocultan, pero se respira profundo
aroma a vegetación y se oxigenan todas las células del cuerpo humano. A un lado
del estrecho camino amenazan los desfiladeros, también tupidos de plantas
silvestres en el que se apreciaba el color verde en todos sus matices; algunas
flores de color blanco y amarillas respiran en esa atmósfera vegetal, en la que
vuelan algunas mariposas que entrelazan sus colores con los de la maleza y
enormes y milenarias rocas que flanquean el camino. Después de media hora de descenso
en ese abrupto terreno, al fin nos vimos frente a ese torrente de agua
cristalina, los dorados rayos del sol se expandían desde un cielo azul
imperturbable. Desde una altura, tal vez de 15 metros, se ve una caída libre de
miles de partículas de agua formando una catarata, al llegar al río forman un
sereno remanso de aguas que se deslizan hacia la orilla en forma de diminutas
olas que acarician las yerbas de los bordes. El murmullo de la cascada es como
uno de esos adagios que creaba Joan Sebastián Bach cuando dirigía su música a
los ángeles para que la condujeran a Dios.
En sí, la cascada embelesa y enamora a quien la observa,
hace vibrar las emociones, es un sagrado ritual que se brinda a sí misma la
naturaleza y, quizá, en su silencio deseara comunicar que no la profanen, que
no la perturben, que la deje el hombre ejercer su libertad para la que fue
creada por la inspiración de la naturaleza y, por supuesto, de la divina.
Milenarios peñascos manchados de musgo la abrazan y dejan correr sus aguas que
con ansia las espera el mar.
Desde el siglo XIX, el presbítero Antonio Mateo
Rebolledo, en sus apuntes geográficos de Coatepec, describe esta caída de agua
de una manera muy discreta sin dejar de reconocer su original belleza, tal vez
por esta razón no ha sido tan visitada por la curiosidad del hombre, salvo los
naturales que viven en esos caseríos de remotas épocas. Algunos artistas de la
lente ya la han aprisionado con sus cámaras fotográficas para acercar su
belleza a la sociedad. Estás aguas corren en un terreno de la familia Jácome y,
es probable, que pueda llegar a ser un centro turístico si se emplea una
logística bien estructurada e incluso el deporte extremo sería un atractivo que
acercaría a los aficionados y visitantes en general a pasar un momento
agradable para expulsar el estrés. Ante esta imagen de partículas de agua, en
esa apacibilidad del monte y mi silencio interno, algo convocó a mis emociones
e invoqué la sabiduría de la naturaleza y, sin agua bendita ni padrino, me di a
mí mismo el derecho de bautizarla, la llamé “CASCADA LA SOLEDAD”. Muy cerca de
este paraje se encuentra una cueva, dicen los abuelos que en ella se oficiaban
misas en tiempos de las guerras cristeras, cuando el culto estaba prohibido por
el gobierno. Quizá hay mucho que investigar de este lugar, algún posible
misterio se encuentra perdido en esa cañada.
El retorno no fue placentero, en una pequeña pendiente
resbalé y me fui de espalda, no conseguí guardar el equilibrio, mi esposa venía
detrás y la arrollé, ambos nos deslizamos en ese lodazal como siete metros de
cabeza, afortunadamente no pasó a mayores, aunque si me asusté porque muy cerca
estaba un profundo desfiladero.
Espero les agrade el nombre “CASCADA LA SOLEDAD”, lo más
seguro es que lo van a cambiar, pues principalmente los dueños de la propiedad
se les ocurra otro y poseen todo el derecho, sin embargo, expreso mis más
hondas emociones y ya me adelanté con ese nombre como aportación, inspirado
entre la maleza, la brisa del agua, rocas, matas de plátano y dorada hayas en
donde el tiempo parece detenerse y el corazón palpita con lentitud.