CUANDO LAS DICTADURAS SE CANSAN DE GUARDAR LAS APARIENCIAS

Walter Olivera Valladares / @WalterOliverav
Si pudimos pensar que la izquierda latinoamericana perdía terreno, pues justo llegó el anuncio que puso en el punto de mira al régimen autoritarista de Daniel Ortega en Nicaragua precisamente cuando ha reafirmado sus alianzas con China y Rusia.
De tal forma que mientras los conflictos en Ucrania, Oriente medio, Venezuela y Cuba distraían la atención de Donald Trump, otra dictadura le florece en el patio trasero con el respaldo de Pekín y el soviético que llevan tiempo instalándose en ese flanco con inversiones, acuerdos militares y tecnología de vigilancia.
Aprovechando el acto por el aniversario 47 de la Revolución Sandinista en Managua, el mandatario nicaragüense de 80 años aseguró que no permitirá nuevos comicios: “Que se olviden, aquí no volverá a haber elecciones”, dijo Ortega. Según él, para evitar que la oposición intente “atrapar el gobierno, atrapar el poder”.
El anuncio de abolir las elecciones en Nicaragua cala hondo y no es porque antes las hubiera de verdad, pues durante al menos dos décadas -desde que Ortega regresó al poder en noviembre de 2006- todos los comicios han sido controlados por este guerrillero vuelto dictador vitalicio.
Ha sometido y tiene bajo su poder al sistema electoral, los tribunales, la Asamblea Nacional y las fuerzas de seguridad. Desaparecieron los contrapesos constitucionales, inhabilitó, desapareció o llevó al exilio a candidatos y líderes opositores, e incluso encarceló a los aliados que dejaron de serle útiles.
Pero decíamos, cala profundamente, porque la supresión del voto consolida el despojo absoluto de los derechos civiles. Reafirma el modelo totalitario de gobierno y anula el pluralismo; ocasiona el rechazo de otros países y provoca aislamiento…
Así que Ortega se cansó de guardar las apariencias, se quitó la careta y con la cancelación de los comicios le apuesta a la sucesión dinástica, al sistema de partido único como en Cuba, China y Corea del Norte.
La condena no se ha hecho esperar y el propio secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, señaló que “el gobierno de Trump y la comunidad internacional no se quedarán de brazos cruzados mientras la dictadura de Murillo y Ortega intensifica la represión interna y genera inestabilidad”.
Cabe preguntarnos ¿por qué el líder sandinista, que ya tiene todo el poder del Estado y controla el aparato electoral, además que ha borrado a sus opositores, necesitó acabar con las votaciones?
Pues el principal argumento de analistas es que Ortega y su esposa Rosario Murillo, le temen al rechazo acumulado contra su gobierno. Saben que la situación social, política y económica en Nicaragua están en un alambre.
Por lo que organizar nuevos comicios podría repercutir y desencadenar una situación similar a la de Venezuela, donde no bastó suprimir a los principales opositores; el descontento ciudadano fue tal que incluso respaldaron a un personaje insospechado como Edmundo González Urrutia y ese fue el principio del fin para el absolutismo de Maduro.
Tras las más recientes reformas constitucionales, el octogenario Ortega se aseguró de nombrar a su esposa como copresidenta para ponerla directamente en la línea sucesoria de poder al igual que a su hijo Laureano Ortega. Aunque en los hechos ninguno de estos dos tendría legitimidad electoral, cualquier posibilidad de rechazarlos desaparece con la cancelación de las votaciones.
Hagamos un ejercicio de agilidad visual: Control de tribunales, sistema electoral viciado, eliminación de contrapesos institucionales, acoso judicial, desmantelamiento democrático, despojo de los derechos civiles… Mientras en Nicaragua anunciaban la erradicación del voto, acá proclamaban multas y censuras a medios bajo modalidad de protección a los derechos de las audiencias. ¿Alguien ve las semejanzas?