DE CHINA A MÉXICO: DEJAR TODO ATRÁS TAMBIÉN ES APRENDER Y AGRADECER

Cecilia enfrentó el idioma y el choque cultural, y encontró en la gratitud una forma distinta de mirar su nueva vida.
Por Jennifer Rodríguez Pacheco
Hace casi dos años, llegó a Xalapa Cecilia Cai Wu, con 15 años. Junto con su familia, dejó atrás Fujian, China, para comenzar una nueva vida en México. Como estudiante de bachillerato, se enfrentó a grandes retos para poder adaptarse a su nueva vida. La pérdida de su entorno, de su lengua materna, y con ello, perder la seguridad de poderse comunicar; además del encuentro constante con una cultura distinta.
Recuerda con claridad su primer día de escuela. Hoy lo cuenta con una sonrisa, pero en ese momento estaba aterrada. No entendía lo que sucedía a su alrededor, apenas reconocía algunos números en la clase de química, pero las palabras y las dinámicas de clase, le resultaban completamente ajenas. Fue ahí cuando una idea apareció con fuerza: “tengo que estudiar mucho”. Sabía que tenía que esforzarse para estar al nivel de exigencia al que estaba acostumbrada.
Las dinámicas más comunes en el aula, como trabajar en equipo, la desconcertaban. No solo porque no estaba habituada —cuenta que en China no es común—, sino que no conocía a nadie, y con su bajo nivel de español, pensaba no podría integrarse. A esa dificultad se sumaba la soledad. Durante meses, su cuerpo estaba en México, pero su mente permanecía en China.
Hubo muchos momentos en los que sintió la añoranza de regresar. El Año Nuevo Chino de 2025 intensificó esa nostalgia, y comenzó a extrañar a sus amigos. Aunque mantenía el contacto con ellos, la diferencia de horarios no le permitía una comunicación continua, esto hacía más evidente la separación.
Tomar clases sin entender el idioma la llevó a depender del traductor todo el tiempo. A través de él hacía tareas e intentaba comunicarse. Pero había algo que esa herramienta no podía hacer: expresarse con naturalidad. “No tiene sentido del humor”, dice ahora entre risas. Todo era de manera muy lineal cuando se quería expresar. Recuerda esto con humor, pero en su momento fue difícil.
Con el tiempo, algo empezó a cambiar. Sus tutorías de español dieron resultados rápidamente. Cecilia dejó de apoyarse únicamente en la traducción y comenzó a hablar, incluso aceptando que se equivocaba. En este proceso no solo ganó fluidez, también seguridad. Hoy se expresa con soltura, y su lenguaje —verbal y corporal— transmite confianza. Su actitud es muy positiva, se muestra abierta y habla con gusto sobre su cultura. Está muy feliz porque ahora puede comunicarse mejor en español.
Ella reconoce que las diferencias culturales no son murallas, sino puentes que se recorren paso a paso. En ese camino, dice, hay personas que lo hacen más fácil. Por eso, la gratitud se ha convertido en uno de los ejes más importantes de su aprendizaje.
Hay un proverbio chino que tiene muy presente: “una gota de agua se agradece como si fuera un manantial”. En su historia, cada gesto —por pequeño que pareciera— tuvo ese peso.
Piezas fundamentales en este proceso han sido sus tutores y maestros, quienes han emprendido una labor fuera del aula, gestos que nunca va olvidar. Compañeros que le explicaban en voz baja cuando no entendía. Le hacen darse cuenta de que había gente que se preocupaba por ella.
Fuera de la escuela también encontró apoyo. En el restaurante de sus padres, donde trabaja los sábados, una empleada joven se detenía a explicarle palabras y significados, aun en medio del trabajo. Son esos pequeños actos los que Cecilia más agradece.
Esta experiencia la llevó a cuestionar el sentido común. Comprendió que no es universal, sino que está atravesado por la cultura. Lo que en un lugar resulta natural, como beber agua caliente, comer con palillos o mostrar distancia al saludar; en otro puede ser completamente distinto. Y que muchas veces, desde esa aparente normalidad, surgen prejuicios.
Liberarse de ellos le permitió abrirse al mundo. Entendió que su mundo no solo es China, y que hay muchas cosas bellas que conocer. Para explicarlo, pone de ejemplo a la rana que vive en un pozo, y que cree que ese pequeño fragmento de cielo es todo lo que existe.
Mirar hacia atrás le permite reconocer que el miedo inicial no provenía solo de lo desconocido, sino de la falta de comprensión. Aprender español fue importante, pero no fue lo único. También aprendió lo importante que es tener paciencia para que las cosas sucedan. Y que en este proceso el miedo a una nueva cultura, en realidad se debe a la falta de aceptación.
Hoy, Cecilia avanza paso a paso, sin murallas que la limiten. Al salir de “su mundo”, descubrió que hay mucho más allá, y que a veces solo nos limitamos por no querer vencer el miedo o creer demasiado en nuestros prejuicios que no nos atrevemos a cuestionar.
La historia de Cecilia me parece digna de compartirse porque no solo habla de aprender un idioma, sino la experiencia de una joven que se enfrenta a cuestionar sus propias creencias, y a atravesar procesos de aprendizaje a los que todos estamos expuestos.
Para tener una verdadera apertura ante el mundo, es necesario reconocer que, aunque las diferencias nos parecen más evidentes, en realidad hay más cosas que tenemos en común. Aquellas que compartimos por nuestra condición humana: miedo a lo desconocido, la nostalgia, la añoranza, la fortaleza y la necesidad de comunidad. Y, sobre todo, el deseo de ser comprendidos.
