DE TOROS, ASESINOS Y SADICOS
DE TOROS, ASESINOS Y SADICOS
René
Sánchez García
“Antes de una corrida de toros, me frotan
los ojos con vaselina para empañar mi vista. Me insertan algodón en mis fosas
nasales para dificultar mi respiración y me colocan una aguja en medio de mis
genitales. Además, me frotan una sustancia corrosiva entre mis piernas para que
pierda el equilibrio. Todo esto también evita que me acueste en el suelo, debo
permanecer sostenido por muchas horas con mis cuatro patas. Para desorientarme
me guardan antes de mandarme a la arena en un espacio estrecho y oscuro durante
unos días. Cuando me liberan, corro desesperado hacia la luz como si saliera de
un largo túnel. En ese momento pienso que mi sufrimiento finalmente ha
terminado y seré liberado para volver con todos mis hermanos al campo. Pero no
es así, corro totalmente desorientado a la arena para enfrentarme a unos
hombres a caballo que me lastimaran, a un maldito asesino llamado torero que
tiene como misión quitarme la vida y a una multitud de sádicos espectadores que
aplauden sin cesar”.
Cientos o miles de
situaciones parecidas a esta narración de Jairo Torres (encontrado en una
página de Facebook), sirvieron para hacer conciencia, primero entre algunas
cuantas personas, mismas que se extendieron formando numerosos grupos, los
cuales unidos realizaron protestas y denuncias ante las autoridades que
autorizan este tipo de espectáculos sangrientos. Más tarde se agruparon todos
ellos, formando asociaciones legales ante la ley, que lucharon por años para
incorporar estos reclamos de defensa a los animales y la desaparición de dicha
fiesta brava, no sólo en modificaciones a reglamentos, sino llegando incluso a
crear leyes que finalmente se lograron incluir en nuestra Constitución Política
de los Estados Unidos Mexicanos. De esta manera ya se prohíbe ahora las
corridas de toros, no sólo en la ciudad de México, sino en varios otros
lugares.
Este nuevo mandato, como
era de esperarse, no fue bien visto por los ganaderos que se encargan de criar
animales finos de lidia. Se disgustaron también todas esas empresas que forman
parte de la organización de los eventos taurinos. No pudo faltar la indignación
de los toreros y picadores, al igual del público asistente que llenaba las
plazas, mismos o todos que hacen posible lo que más interesa de la tauromaquia: el dinero. A pesar que ha pasado un
poco tiempo, se siguen escuchando aun los lamentos y las protestas. Y es que, a
decir verdad, de un tiempo para acá, la fiesta brava en México dejó de ser todo
un arte para convertirse en un comercio, tal y como hoy le sucede al Futbol
Mexicano de la primera división.
Bien dice Leonardo Páez
en su columna Mea culpa taurina: “La
tragedia de la fiesta brava es, en el fondo, una comedia. Y como en toda buena
comedia, los personajes han seguido su guion con admirable precisión. Ahí están
empresarios, ganaderos, toreros y aficionados, cada uno representando su papel
con tal maestría que al final nadie sabe quién es el héroe y quien el villano;
lo único cierto es que todos son enterradores”. En este entierro no hay villanos
externos, sólo cómplices internos. No hay asesinos, solo enterradores
diligentes. Ahora que la fiesta ha muerto, sólo queda una pregunta: ¿quién se
atreverá a resucitarla?, finaliza.